Evangelio Joven, Jóvenes SS.CC., PJV

Comentario al Evangelio Joven del 11 de mayo de 2025, IV Domingo de Pascua ciclo C

Autor: Tomás Esquerdo ss.cc.

Lectura del santo evangelio según san Juan (10,27-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.»

Vida eterna

La vida eterna es el tesoro más procurado de todos los tiempos. Desde los poemas épicos de Gilgamesh, uno de los primeros textos literarios de la historia, hasta los Piratas del Caribe, la muerte de un ser querido siempre ha despertado la pregunta por el más allá y la posibilidad de vencer los límites de la muerte. Es también un premio perseguido todos los domingos por los futbolistas, que buscan llegar a la eternidad con sus jugadas y con el amor de la afición, que en los «tifos» (esas grandes pancartas usadas en las gradas de los estadios) venden barata la eternidad.

En todos estos ejemplos la supuesta fuente de la vida eterna es alcanzada, el dilema que surge entonces tiene que ver con cómo tiene que ser vivida la vida para realmente trascender la muerte. Los principales intentos de los griegos, sabios estudiosos de estos temas, tenían que ver con alcanzar la gloria. Esta permitía la superación de esas barreras de finitud humana y una aproximación, a veces literal, al Olimpo, el hogar de los dioses. Véase la historia de Aquiles y su conflicto entre el honor personal y el deber del héroe. Todas estas interpretaciones tienen detrás el mismo paradigma, ¿Cómo voy a salvar la propia vida?

Es un esquema de pensamiento que atraviesa los siglos y llega hasta nuestros días con formas nuevas y renovadas. La cultura de hoy, al ejemplo de los estadios de fútbol, nos intenta vender la salvación de la propia vida, como algo que nosotros mismos tenemos que conquistar. Pero en el evangelio de este Domingo el Señor nos ofrece la respuesta a esa misma pregunta. El no nos dice como salvarnos a nosotros mismos, nos promete directamente que nos salva. No por méritos propios, por conquistas personales, o por trabajos realizados, no se trata de un trofeo que tenga que ser conseguido, sino que la eternidad nos es dada porque somos las ovejas del Pastor.

Ese es el Buen Pastor, el que salva a sus ovejas, no por lo que han hecho, sino porque las conoce íntimamente. Este es el verdadero Pastor el que da la Vida Eterna a sus ovejas, pero no solo da la vida, la entrega para salvarlas. Esta es también la verdad de la Pascua, es el tesoro que se esconde detrás de la pregunta acerca de la eternidad, que por siglos ha sido buscada y hoy nos es entregada nuevamente. El secreto no está en escalar el Olimpo para hacernos un hueco entre los dioses, se trata de confiar en la promesa que el Señor nos hace, «nadie las arrebata de mi mano», pues es en sus manos que somos introducidos en el seno del Amor de Dios. El amor que venció a la muerte.