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Comentario al Evangelio Joven del 26 de octubre de 2025, XXX Domingo del Tiempo Ordinario ciclo C
Autor: Alberto Gaitán sscc
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Todo lo que soy
En este Evangelio, Jesús pretende enseñarnos a través de la parábola que la verdadera relación con Dios nace de la humildad y la sinceridad, no de las apariencias.
Hoy vivimos en un mundo que premia las apariencias: las redes sociales nos empujan a mostrar solo lo mejor de nosotros, a compararnos constantemente y a esconder nuestras debilidades. Podemos parecer el fariseo cuando creemos que somos mejores por nuestras buenas acciones o por seguir ciertas reglas, o cuando usamos la fe para sentirnos superiores.
Jesús aquí es claro: no basta parecer buenos, hay que ser auténticos.
El fariseo cumple con todo: reza, da dinero, ayuna… pero su corazón está lleno de orgullo. Su oración suena más a “mírame Dios, soy perfecto” que a “Dios, ayúdame a ser mejor”. El publicano, en cambio, reconoce su fragilidad. No presume, no se compara, solo se pone en verdad frente a Dios.
El pecador ni se atrevía a levantar los ojos. Imagino que resulta difícil cuando uno se pone tal y como es, con todo lo bueno y malo, ante quien le mira con tanto cariño y misericordia como hace Dios.