Violencia y reparación

En este mes de noviembre la revista 21 ha estrenado una nueva sección: “Todo corazón”. En ella se irán alternando Javier Álvarez-Ossorio ss.cc., Enrique Losada ss.cc. y José Ignacio Moreno ss.cc. En esta ocasión, el P. Javier nos ofrece la columna “Violencia y reparación”.

Hace unas semanas he estado visitando nuestras comunidades ss.cc. en Colombia. En aquel país, como en tantos otros lugares de América Latina y del mundo entero, resulta cotidianamente patente el peso de la violencia en la vida de la gente más pobre y desprotegida. Amenazas, asesinatos, matanzas de grupos, poblaciones desplazadas, miedo… El pan de cada día, un sinvivir. ¿Cómo puede darse tanta crueldad? A muchos de los nuestros les cuesta ir a los lugares más conflictivos. Es comprensible.

Me tocó predicar un domingo en que el evangelio hablaba del perdón. Las familias que me escuchaban, prácticamente todas, contaban con algún muerto o algún desaparecido que reclamar al ejército o a la guerrilla o a los paramilitares. ¿Cómo hablar del perdón?

Pienso también en la violencia que existe en nuestra propia comunidad, en la Iglesia. Los abusos de menores son una muestra especialmente feroz. Pero está también a menudo nuestra manera áspera de tratar a la gente, nuestros abusos de poder, el desprecio más o menos solapado de los otros, de los diferentes, de los torpes, de los que estorban, de los humillados. Todo eso es violencia, hace daño, entristece el Espíritu. La violencia desfigura la obra del primer artesano, del Creador que nos hizo imagen suya, con una misma e inalienable dignidad.

El amor de Dios repara constantemente la dignidad olvidada de sus hijos e hijas. El amor hace de restaurador de la obra de arte que es cada ser humano. Creo que un principio básico de nuestra acción debe ser siempre el respeto absoluto, amoroso, delicado, reverencial, a cada persona. Ese respeto será más “reparador” cuanto más se dirija hacia los más pequeños, los más abusados, los más sufrientes. Así recuperamos nuestra propia dignidad. Y también la verdadera alegría, como esa alegría que Jesús encontraba entre los humildes (Lc 10,21).

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Redacción


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