«Vendría bien»

Comentario al Evangelio del XV Domingo del Tiempo Ordinario (Marcos 6, 7-13) a cargo de Enrique Moreno Laval ss.cc.

Ciertamente, no podríamos tomar hoy literalmente las palabras de Jesús (“solo un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero”). Pero sí deberíamos tomar muy en serio esa preocupación suya que está detrás de estas recomendaciones: que sus discípulos no cayeran en el vértigo de una eficacia que no reparara en bienes y medios para lograr su objetivo. Sus discípulos no están llamados a ser unos “profesionales” de la evangelización sino unos testigos sencillos y veraces de esa experiencia que han tenido al caminar junto a Jesús. Para esto se necesita mucha convicción interior y pocas cosas exteriores, las estrictamente necesarias para hacer llegar el mensaje.

La renovación que necesita nuestra Iglesia va por este camino. No serán las grandes reformas estructurales ni los acuciosos y renovados planes pastorales, lo que permitirá a nuestra Iglesia volver a Jesús. Solo será posible a partir de cristianos convencidos que junto a sus comunidades se vayan interesando por lo que apasionó a Jesús: estar cerca de la gente, ser recibidos en sus casas y acogidos con cariño, como a quienes traen de veras una buena noticia. Esa buena noticia consistirá en mostrar en palabras y actitudes que Dios ama al ser humano, que tiene su corazón especialmente inclinado sobre la miseria humana, y que tiene un sueño: que construyamos entre todos una fraternidad universal sin fronteras.

Nuestro hermano Esteban Gumucio lo proclamaba con fuerza en su poema Vendría bien: “Vendría bien, después de tantos discursos, vendría bien para la Iglesia y el pueblo, que fuésemos embajadores de Dios. (…) Vendría bien una y otra vez redescubrir los senderos del pobre, los avergonzados caminos de la miseria y encontrarnos de repente, cara a cara, con Jesús de Nazaret. (…) Y vendría bien, te lo digo humildemente, que tú y yo simplemente nos pusiéramos a ser cristianos con la gracia de Dios”.

Todo esto se hace más urgente aún en la actual situación de vulnerabilidad en que nos encontramos como Iglesia. De acuerdo con la palabra que proclamamos hoy, deberíamos comenzar por expulsar nuestros propios “demonios” eclesiales y sanar todas nuestras “enfermedades”, como gesto de una auténtica conversión. Tan solo entonces, podremos hablar de conversión como tema de nuestra predicación apostólica.

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Redacción


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