Un paraguas muy elegante

Interpelante artículo de Inés Gil de Antuñano ss.cc., en el boletín Coudrette, que editan nuestras hermanas de España, en el que a través de la historia de un paraguas nos adentra en el drama de los más pobres en Filipinas.

Llueve sin parar. Miro a mi alrededor en casa y veo un paraguas muy elegante; me asombro y recuerdo de donde viene, cómo llegó a nuestras manos. Me hace sonreír y de alguna manera me hace sentirme pequeña, no sentirme mal, simplemente admirada, más cerca de los pequeños a quienes pertenece el Reino de Dios.

Tenemos una vecina, Rea, que vive muy cerquita en una casa ruinosa que apenas tiene muros, el suelo es la misma tierra y todo en este “hogar” parece que se va a caer. Ella tiene ya 7 hijos, el último al que dio a luz, la convencimos para darlo en adopción. Ninguno de sus hijos estudia en la escuela, se dedican al “Kalakal”, que quiere decir, cartón, latas, plásticos; la riqueza enterrada en la “basura”. Los dos mayores, de 13 y 11 años, parecen no tener más de 8 años de edad, ambos empezaron la escuela pero nunca pudieron seguir las clases, “retraso”, por malnutrición o a lo mejor algún daño cerebral en los primeros meses de vida. El último bebé que Rea carga empieza solo ahora a dar sus primeros pasos con más de dos años de edad, después de estar cerca de la muerte en el hospital hace medio año. Todos sus hijos van rapados al cero, por el número de piojos y demás animales que engendran si dejan crecer el cabello. La única niña que tiene, tiene la cabeza llena de pupas con pus, probablemente por falta de higiene…por no tener ni para jabón. El marido de Rea, un desastre, borracho y vago; ella se dedica a arreglar paraguas.

En medio de tanta miseria, de no comer regularmente, de que todos la regañemos porque no se hace cargo de sus hijos, un día vino a casa y nos regaló este precioso paraguas granate con mango de madera y una especie de puntilla; un paraguas de lujo! Quizás alguien se lo regaló a ella, o lo encontró, ¿quién sabe?, lo podría haber vendido y sacarse un dinerito para poder comer, pero ella eligió regalárnoslo “en agradecimiento, Sister, porque nos habéis ayudado tanto, esto es para vosotras”.

A mí se me encogía el corazón y se me saltaban las lágrimas. Los pequeños nos enseñan, como la viuda del Evangelio. No nos enseñan sobre lo que debe ser una vida ordenada, estructurada, adecuada…como “debe ser”, como muchas veces la nuestra, pero simplemente nos sorprenden con un corazón demasiado grande, el que está lleno de agradecimiento, el que ha recibido mucho de nuestro Dios que se desborda en los pequeños.

Me encuentro en misa el domingo con Kail, otra mujer soltera que hace unos meses parecía ida, en necesidad de atención psiquiátrica, con movimientos rígidos y la mirada algo perdida o fija. Kail tiene un hijo, al que por su incapacidad de atender trajimos a “Tahanan”, al hogar que atiende nuestra hermana Anas. Ella repetía y repetía, pero ¿puedo recuperar a mi hijo verdad?, nosotras siempre le aseguramos que su hijo sigue siendo suyo “solo lo vamos a cuidar mientras tú te curas”. Ayer Kail parecía otra persona, sonriente, relajada, trabaja ahora en lo que no se puede llamar trabajo sino la explotación de la industria textil sumergida, en lugares como nuestro barrio, a destajo, todas las horas del día y la noche posibles por una miseria… pero parece haber recuperado su dignidad. Se acerca y me cuenta que fue a visitar a su hijo, ella sola, una mujer que parecía no sostenerse en pie. Y añade, Sister te he buscado varias veces para darte un “pasalubong” que quiere decir un pequeño regalo, «no es preciso» contesto, «“nakakahiya” sister, os habéis portado tan bien conmigo». Yo de nuevo me sonrojo internamente, esta mujer no está centrada en su sufrimiento, en sus necesidades, en el drama de su vida, vive centrada en los otros, en su hijo, en compartir un poquito de lo que ella percibe como bendición. Yo miro el paraguas regalo de una mujer que incluso ante mis ojos califico de “desastre”, recuerdo la sonrisa viva de Kail, una mujer que a los ojos de la sociedad no sirve para nada y siento a Jesús que también me sonríe y me enseña Evangelio, la buena noticia de la generosidad que a lo mejor no es nuestro “sentido común”, del que da todo lo que tiene, porque al dar –lo que incluso necesita- se manifiesta esa grandeza que nace en medio de la pobreza, la bondad y el misterio de Dios, que también eligió la pobreza como el medio para transmitir el Evangelio.

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Redacción


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