Sábado santo

La mañana del Sábado santo es la mañana del “gran silencio”. Calla la tierra porque calla Cristo, que yace en el sepulcro. Como calla el silencio de los muertos en vida, que no pueden alzar su voz y solo esperan su liberación.

Jesús ha muerto y está solo. La soledad de la muerte se pega también a los suyos. Y el miedo, el terror de que les pase lo mismo que a Él. Pero Dios no lo ha abandonado. La cruz no tiene la última palabra. Ni el pecado, ni el sufrimiento, ni el abandono. Algo germina en la médula del universo. Algo que estalla con el primer sol de la nueva semana.

Y hay un torbellino entonces: mujeres que van a embalsamar al muerto, estupor del encuentro con el Resucitado, lágrimas de alegría, carrera loca para anunciar lo inaudito, encuentro con los discípulos encerrados en su dolor, incredulidad, carrera de nuevo y gozo indecible. ¡Hemos visto al Señor! ¡HA RESUCITADO! Muerte, ¿dónde está tu aguilón, dónde tu victoria? ¡Todo se ve claro ahora! ¡Se terminó la soledad!

Se anima el grupo cabizbajo en risas, palabras atropelladas, testimonios increíbles, hasta que aparece en medio de ellos el mismo Jesús, vivo. Habla con las mujeres, irrumpe en medio de sus amigos, camina con dos de ellos hacia Emaús, se aparece a muchos en distintos lugares. KOINONÍA: comunidad. Se recompone la comunidad de los discípulos y discípulas, dispersa desde la pasión, con su Maestro y Señor.

En Emaús, Cristo toma el pan, lo bendice, lo parte y lo ofrece a los discípulos, y se les abren los ojos. ¡Su LITURGIA no fue en vano!

Lleva en sus manos y pies las marcas de los clavos, en su costado la cicatriz de la herida de la lanza, pero está vivo. Todo lo dicho, todo lo hecho, todo lo padecido, cobra ahora sentido como misión liberadora. ¡Su DIACONÍA no fue en vano!

Resucitado, reúne a todos los suyos en “un solo cuerpo” que luego será conmovido por el viento y el fuego del Espíritu Santo, para lanzarse al anuncio universal del Evangelio. ¡Su KOINONÍA no fue en vano!

No hay cristianismo sin liturgia, sin servicio y sin comunidad. El valor de la misión y de la acción concreta no puede relativizar el tesoro del encuentro con Cristo en la liturgia. La riqueza de la piedad y de la vida interior no pueden nunca oponerse ni sustituir al servicio a los pobres, predilectos de Jesús. Ningún pecado de los discípulos puede borrar la voluntad del Señor de reunir un pueblo (pecador) que continúe su misión (santa) a lo largo de la historia. Para eso aseguró quedarse con nosotros para siempre, “hasta el fin del mundo”, acompañados, iluminados y fortalecidos por su Espíritu.

Que esta Semana santa nos haga más hermanos y hermanas, más comunidad. Que en las preciosas liturgias que la Iglesia nos regala en estos días nos encontremos con Jesús vivo, no con un mero recuerdo. Que renovemos nuestro espíritu samaritano, en la huella de Damián, de Eustaquio, y de todos los que entienden su vida como servicio a los crucificados de todos los tiempos.

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Guillermo Rosas ss.cc.


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