Recordando al Hermano Rafael

El pasado mes de agosto fallecía en Madrid nuestro hermano Rafael Díaz de la Tuesta ss.cc. Ofrecemos a continuación esta evocación de Conrado Monreal ss.cc.

Querido Rafael: Recuerdo que decías con frecuencia: “el día que no grite, malo.” Hace pocos días fui a verte al Escorial y vi tu voz escondida en lo profundo de una cueva, malo me dije y te pregunté ¿Qué tal estás? Y tu respuesta fue, mal. Miré tu alma por dentro y vi que había entrado en tu cuerpo el enemigo, llevando en su zurrón la semilla de la tristeza. No estabas en tu “hábitat” y así es difícil que el pájaro cante porque no encuentra la rama. Sesenta y cinco años estuviste en Martín de los Heros. Cincuenta y tres que nos encontramos en el camino y un montón de años en que la amistad y la convivencia nos envolvió, pero fuiste tu el que había acertado al coger el evangelio por la mejor parte, la del servicio. Todo lo hacías a grandes voces y hoy tu vozarrón ha quedado por los aires herido y triste porque la muerte lo ha llevado lejos, muy lejos hasta llegar a los oídos de Dios, quedando aquí el eco de un religioso con atípico de adjetivo.

El Hno. Rafael fue un gran creyente y un gran religioso a su manera. No sabía ni quería saber de teologías, jamás dialogó, ni discutió sobre la esencia de la vida religiosa, leyó el pasaje del evangelio donde Jesús lavó los pies a los discípulos lo cogió con las manos y lo metió en su corazón. Ese fue su carisma y su grandeza. Jamás conocí, era cocinero todavía no lo había dicho, que la comida o la cena no estuviera a su tiempo en la mesa. Nunca dejó abandonada a la comunidad. Sentado en la mesa de la cocina con su pequeño puro en los labios meditaba, no se en qué, pero que impregnaba los pucheros y las sartenes de servicio, fuente evangélica de fe. Tuvo un gran maestro el Hno. Enrique, lo digo porque sé que le gustará al Hno. Rafael que lo dijera, el Hno. Enrique era tomillo de bondad y servicialidad y a la sombra de su aroma fue moldeando el Hno. Rafael su corazón, no como lago remansado sino como brava cascada alimentada de mando en plaza y de servicio.

Lo primero del día era para Dios. La misa muy de mañana era su primer quehacer, vestido de hábito, que guardaba después hasta la mañana siguiente, oía la santa misa cogiendo de la mano a Dios como buen compañero de fatigas para el día. El hábito fue el signo del amor a la Congregación con el que quería morir. La adoración diaria hacía que la tarde anduviera por los picachos acercando sus manos al corazón de Dios. Fue de fe rocosa amamantada a los pechos de sus padres y fortificada en su vida religiosa vivida fielmente a su estilo.

Su vida fue trabajo y servicio. Se encontraba con más anchura con la gente trabajadora que con los “curas” como llamaba a los religiosos sacerdotes. Si los “curas” eran sencillos su presencia era gustosa aunque tímida para mostrar la piel de su alma. No era fácil, él era él, aunque los años y la enfermedad le hizo buscar la acogida y el cariño de los demás, haciéndose dócil y bondadoso. Sus virtudes y pecados ocultos a la reflexión como buen discípulo de su época. Pedía perdón a su manera, si con alguien su simpatía era almendra amarga, el camino del perdón era sirviéndole aquello que él sabía que más le gustaba, sin más comentario. Yo, como superior, tocaba las castañuelas.

En la vida te encuentras con muchas personas, yo me alegro de haber encontrado al Hº Rafael, de él aprendí a servir, como la cosa más natural, aunque lo aprendiera a la sombra de las pedradas de su voz. Miserias, como siempre, las justas, para no olvidar que somos hombres, pero esas pelillos a la mar, cada cual va a Dios por su camino y el Hno. Rafael tuvo el suyo. León Felipe lo dijo mejor: “Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana, hacia Dios, por este camino que voy yo”. Adiós Hermano Rafael.

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Redacción


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