“Hago voto de castidad, de pobreza y de obediencia, según las luces del Espíritu Santo para el bien de la Obra, como celador del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, en cuyo servicio quiero vivir y morir”

Los padres fundadores de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María son Enriqueta Aymer (Poitiers, 11/08/1767) y José María Coudrín (Coussay les Bois, 1/03/1768). Durante los primeros años de su vida viven en una Francia que sufre profundos cambios, en la que persiguen a los sacerdotes y religiosos.

 

El Buen Padre fue ordenado sacerdote de manera clandestina en París, y la Buena Madre es encarcelada casi durante un año por dar cobijo a sacerdotes afines al Papa. Después de un recorrido de lucha y superación compartiendo un sueño común, la noche del 24 de diciembre de 1800, durante la eucaristía celebrada en La Grand’ Maison de Poitiers (Francia), pronuncian esta fórmula de consagración a Dios. Así nace esta obra, una congregación de hermanos y hermanas misioneros que llevarán el Evangelio a todas partes.

“Contemplar, vivir y anunciar el amor de Dios encarnado en Jesús”

El carisma de los Sagrados Corazones se ha formulado en esta frase que condensa lo mejor de nuestra espiritualidad y que es por sí misma un reto para todo religioso y religiosa de nuestra Congregación, pues expresa lo que por vocación están llamados a vivir.

El fundamento de nuestro Instituto, en palabras de Buen Padre, es “la Consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María” que le otorga una dimensión especial a nuestra vocación particular en la Iglesia. Ella envuelve dos aspectos: la fe en el amor personal, tierno e incondicional de Dios por nosotros y la forma bondadosa con que él guía nuestras vidas y la figura de María como compañía a lo largo del camino, por su fe, su silencio y su entrega de todo corazón.

Además, la vida de Jesús es el principio determinante de nuestra misión e inspiración en nuestras vidas. Nadie puede agotar la riqueza y plenitud de Cristo. Vivimos con celo para proclamar la buena noticia del Amor de Dios, especialmente a los pobres. De ese amor fluye nuestra preocupación por las personas, en especial por los débiles y los oprimidos. Este celo, que brota del amor que Jesús nos tiene, nos libera para responder a las necesidades de la Iglesia y del mundo.

Para los hermanos y hermanas de los Sagrados Corazones la centralidad de la Eucaristía en la comunidad es fundamental. Y la Adoración Reparadora se presenta como una actitud permanente y como forma específica de oración que prolonga la celebración de la Eucaristía en nuestras vidas.

Tal y como fuimos fundados, somos una única Congregación de hermanos y hermanas. Una realidad significativa y permanente que da identidad a nuestro Instituto. Los hombres y mujeres que se incorporan a la Congregación desde siempre estuvieron dedicados a la misma misión apostólica y así sigue siendo en la actualidad.

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