Pistas para mejorar las Primeras Comuniones

En este artículo Antonio Oviedo ss.cc. ofrece algunas pistas para mejorar las celebraciones de las primeras comuniones.

El mes de mayo nos trae, además de la Feria de San Isidro en Las Ventas, la celebración de las mal llamadas Primeras Comuniones. Con las líneas que siguen pretendo aportar algunas sugerencias para mejorar unos actos que a menudo nos dejan un sabor agridulce. Quiero animar a algunas acciones que podemos realizar nosotros mismos, los presbíteros y los catequistas; “los de casa”, por decirlo mal y pronto. Cesemos de lamentarnos, por el momento, de las actitudes de niños, padres y adultos en general, y centrémonos en algunas cosas que sí podemos hacer nosotros.

Estas propuestas que hago proceden de la experiencia propia y ajena. Las expongo, claro, de forma positiva, aunque se han originado en la observación de defectos que aquejan con frecuencia a las celebraciones de la Primera Eucaristía.

No voy a entrar aquí, por supuesto, en la iniciación cristiana, institución en que se debe situar y realizar el comienzo de la celebración plena en la Eucaristía (la así bien llamada Primera Comunión). Pero no estorba animar a los párrocos y sacerdotes encargados para que conozcan bien cómo plantea hoy la Iglesia la iniciación cristiana, de manera que los catequistas dispongan de los medios necesarios para su formación.

Tampoco quiero referirme a “Jesús es el Señor” el nuevo catecismo de la Conferencia Episcopal para los niños de esa edad, junto con su Guía y sus materiales auxiliares. Sólo apuntaré, elogiosamente, que algunas diócesis no han hecho un simple cambio de libro sino que han aprovechado para llevar a cabo una renovación integral de la catequesis.

Entrando ya en las sugerencias, la primera podría ser que se acentuara más la preparación de los niños para vivir la Eucaristía entera, no sólo el momento de la comunión. Hay que ayudarles a desarrollar las actitudes que va pidiendo la celebración: “juntos”, “perdona”, “te escucho y te respondo”, “creo en ti”, “me ofrezco”, “gracias”, “ven conmigo”… A lo largo de los años hay tiempo para esa tarea, tanto en las catequesis como en las celebraciones que acompañan a éstas.

Lo aquí señalado es bastante más que “preparar una buena ceremonia”. Pero, ¿acaso no hay que preparar ésta? Pues depende. Ante todo, donde hay que centrar el esfuerzo es en la ayuda para que los niños vayan iniciándose en la Eucaristía “normal”, dominical. La preparación para el acto de la primera de ellas quizá debería ser más sencilla y centrarse más en lo esencial, para provecho de los niños… y de todos los demás.

Por aquí llegamos a las cuestiones “escenográficas”, que en buena medida dependen de nosotros. La vestimenta, por ejemplo, causa de tantas preocupaciones y tan inútiles. Un pequeño “impulso profético” podría conducirnos a proponer y a apoyar, con tiempo suficiente, una sencilla vestimenta de calle, festiva a la vez que reutilizable, o, al menos, una túnica. En este asunto como en otros (regalos…) nos encontramos con cosas que no sólo desenfocan la Eucaristía sino que van en contra de su sentido.

Parece bueno que en la celebración los niños un lugar algo destacado, ¿pero cuál? Conocí a varias niñas que no hicieron la Primera Comunión porque les daba vergüenza “subirse allí arriba a hacer teatro” y, además “disfrazadas”. Por otra parte, tampoco favorece la concentración y la tranquilidad de los niños el hecho de que tengan que intervenir individualmente en muchos momentos: lecturas, ofrendas, preces… ¡llevar una rosa a las madres! Ese trajín no sólo pone nerviosos a todos sino QUE tiende a infantilizar la Eucaristía, mal ejemplo para tantos adultos que sólo acuden ese día.

También podría encauzarse la malhadada y extendida manía de hacer una retahíla de agradecimientos después de la comunión (¿al Padre? ¿a Jesús? ¿a la Patrona?) De hecho, ya hemos dado gracias en la plegaria eucarística, tan desaprovechada, por otra parte, en la catequesis. Sería muy oportuno, sin embargo, que alguien, sacerdote o catequista, estuviera discretamente al quite para ayudar a que los neocomulgantes conversaran un poco con el Señor después de recibirlo.

¿Bajo las dos especies? Hay un detalle muy básico: tener en cuenta la repugnancia que suelen sentir los niños hacia el vino, que nunca han probado (¡al menos por ahora!). Y otro detalle: hace falta que los niños hayan tomado alguna vez el pan (ellos dicen “la galleta”), probar su sabor, sentir su textura… He conocido la inquietud de muchos niños porque no habían ensayado un punto tan sencillo, aunque para ellos se hubiera convertido en un “mysterium eucharisticum”.

Al sacerdote que preside le incumben también algunas cosas que no deben dejarse para última hora y que no consisten sólo en “prepararse el sermón”: elegir una plegaria eucarística apropiada, como las de las Misas con niños; aligerar los ritos iniciales, para no llegar ya extenuados a las lecturas; tener en cuenta también a los adultos; cuidar las oraciones presidenciales…

Una última sugerencia, por el momento, podría ser que los catequistas propusieran a los padres algunos regalos que vengan al caso, como la Biblia, libros infantiles buenos sobre la misma o como ayuda para orar, DVDs apropiados, etc.

En resumen, he querido presentar algunas acciones para que los presbíteros, junto con los catequistas, mejoremos la calidad de las Primeras Comuniones. Son cosas sencillas y que dependen de nosotros; aquí no nos vale excusarnos en las familias.

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Redacción


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