Peregrinación a las fuentes congregacionales

Pablo Bernal, novicio ss.cc., nos cuenta en esta crónica de manera detallada el viaje de los noviciados de hermanos y hermanas a las fuentes congregacionales en Poitiers y París. Cada vez está más cerca la profesión de nuestros hermanos y hermanas, que tendrá lugar el 25 de agosto, en la sevillana parroquia de San Marcos.

“El noviciado ya no es lo que era”, nos decían una y otra vez hermanos y hermanas a los que íbamos encontrando en nuestro viaje. “¡Vaya suerte tienen los novicios de hoy en día!”. Y es que es cierto: Susi, Jorge, Bea y yo reconocemos con agradecimiento lo afortunados que somos, tras peregrinar a las fuentes de nuestra Congregación.

Acompañados por Jose y María, nuestro camino comenzaba el 16 de junio, en un lugar donde otras cosas buenas han comenzado: Miranda de Ebro. Nos acogieron los hermanos con ese estilo familiar y cálido que queremos que nos caracterice (¡gracias!). Ya allí pudimos empezar a empaparnos de historia Congregacional visitando la comunidad, la biblioteca y el cole, que Jorge y yo no conocíamos.

Al día siguiente poníamos ya rumbo a Francia: Jose con el GPS en mano, y María al volante del coche que nos prestaron las hermanas del colegio Paraíso (¡gracias!). Tan bien equipados no fue difícil llegar a Poitiers a media tarde. ¡Estábamos en la Grand’ Maison!

Acogidos de maravilla por las hermanas que allí viven (que hasta nos dejaron invadir su salón para ver el Croacia-España), disfrutamos de nuestros tres días en Poitiers, visitando todo lo visitable referente a nuestros orígenes: en Saint Georges de Noisné, la casa de la familia Aymer y la iglesia donde se bautizó la Buena Madre; en Coussay-le-Bois, la casa de la familia Coudrin y la iglesia de la que el Buen Padre tuvo que salir huyendo; en Usseau, el granero y el castillo de La Motte; y en el mismo Poitiers, el barrio de Montbernage (que el Buen Padre atendió pastoralmente), la iglesia de Sainte Radegonde (donde nuestros fundadores se conocieron), las sucesivas sedes de la Asociación del Sagrado Corazón, la casa de Gabriel de la Barre (ahora un banco, para decepción de los novicios), la prisión de la Buena Madre (que ahora alberga un parking de coches, para mayor desencanto “novicial”, si cabe)…

Aunque sin duda, la visita estrella de todo el viaje fue la Grand’ Maison, guiada por Marie-Sylvie y Eulogia. Tras un año leyendo sobre nuestros Fundadores con una mirada más cariñosa que académica, visitar la Grand’ Maison fue para nosotros encontrar todo el “sabor” congregacional de los orígenes. Se conservan de esa época utensilios cotidianos, ropas, retratos, por no hablar de los famosos escondites (“cachets”) o del mismísimo oratorio de los fundadores, con el sagrario ingeniosamente camuflado en una pared. En el noviciado hemos descubierto a las personas de carne y hueso que fueron Pierre y Henriette: sus sueños, sus intuiciones, sus dificultades, su amistad profunda… su vida. Pasearnos por la Grand’ Maison fue el merecido remate de ese descubrimiento.

Por eso, nuestro paso no fue como ávidos turistas, sino como peregrinos. En esa clave disfrutamos de un pequeño retiro en el granero de la Motte, e imitando al Buen Padre, celebramos la Eucaristía seguida de una pequeña adoración. Otros ejemplos de nuestra actitud de peregrinos: la adoración por turnos, de noche, en el oratorio de los fundadores; el breve canto ante la pila bautismal de la Buena Madre; o rezar en la casa del Buen Padre, repitiendo con él las palabras del salmo: “mi alma está sedienta de ti”…

Viajábamos también con la actitud de hermanos y hermanas que quieren compartir la vida. Entre nosotros, por supuesto, pero especialmente con las comunidades visitadas. Así fue con las hermanas de Poitiers, tanto las de la comunidad de acogida como las hermanas más mayores que viven en la residencia de allí. Aunque donde más desplegamos la fraternidad fue al llegar a París… ¡porque el viaje continúa!

El 20 por la noche llegábamos a la mítica casa de Picpus… Nos esperabasn tres días parisinos de lo más variado:

Trascendental para los novicios fue, sin duda, descubrir el secreto de las comunidades de Picpus: ¡su vida es un musical! Asistimos asombrados a una cantidad ingente de cantos piadosos: en la Eucaristía, en Laudes, en Vísperas… ¡en la barbacoa de fin de curso…! Incluso se arrancaron con un “túuuuu has venido a la oriiiillaaaaa”.

Tampoco estuvo mal conocer e incluso participar de sus actividades de PJV: tuvimos ocasión de escuchar al famoso coro de góspel de Picpus. Y participamos en la celebración con que 3 jóvenes terminaban su proceso de discernimiento vocacional (entre ellos, Marie, que el próximo curso comenzará allí su prenoviciado).

Encontramos allí a Ángel Viñas, que en la Eucaristía mañanera nos sorprendió con un francés mejor que el del Buen Padre, y que nos acompañó en nuestras visitas y en una buena comida. Una suerte.

Y también nos encontramos allí, con mucha alegría, a Thibaud; como sabéis, tras un año de prenoviciado el año que viene sigue discerniendo su vocación viviendo fuera de la congregación. Manda recuerdos a toda la formación inicial.

Por supuesto, la nota congregacional no faltó en nuestros días picpucianos: nuestros maestros nos reservaban una oración que empezó ante la talla original de Nuestra Señora de la Paz y que terminó ante la tumba de los fundadores. Y conocimos todos los entresijos (o casi) de la casa de la mano de Jeanne Cadiou, terminando así nuestra peregrinación.

¡Que nadie se ponga nervioso! Claro que tuvimos tiempo de visitar París (acompañados por Ángel y Christian Flottes, ¡gracias también!). Fue impresionante… ¡pero ésa es otra historia! Para los incrédulos: nuestra foto al pie de la torre Eiffel.

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Pablo Bernal Rubio, nov. ss.cc.


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