Pentecostés: la fiesta del envío misionero

Mensaje del P. Elías Royón sj, Presidente de CONFER, con motivo de la Fiesta de Pentecostés.

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo…

y seréis mis testigos …hasta el confín de la tierra» (Hech 1,8).


Queridos hermanos y hermanas:

Cuando nos disponemos con toda la comunidad cristiana a celebrar la solemnidad de Pentecostés, me complace enviaros mi saludo fraterno y desearos que el Espíritu prometido por el Resucitado, os inunde de sus dones que abren a una esperanza viva y creativa, hacen eficaz la Promesa del Padre para comprender la Palabra revelada, para imitar los gestos de bondad y compasión de Jesús, y ser sus testigos hasta los confines de la tierra (cf Hech 1,8).

Pentecostés es la gran fiesta del nacimiento de la Iglesia; comienza su peregrinar a través de la historia y de los pueblos, engendrando y formando a Jesucristo en los corazones de todos los hombres, de todas las culturas, sin distinción (cf LG 65). La Iglesia, como Jesús, es constituida «enviada» del Padre: «Como el Padre me envió, también yo os envío. Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,21-22), Y en la Iglesia la Vida Religiosa nace como un don del Padre por medio del Espíritu (cf VC 1) también para ser enviada en misión: «la misma vida consagrada, bajo la acción del Espíritu Santo se hace misión, como lo ha sido la vida entera de Jesús» (VC 72).

Esta ha sido siempre nuestra historia, la historia de ayer y la multiplicidad de presencias en la Iglesia y en el mundo de hoy; y ésta es nuestra identidad más genuina y perenne: hacer presente a Jesucristo entre los hombres. Por eso ante los desafíos de la Nueva Evangelización, «es necesario recordar que todos los grandes movimientos de evangelización, surgidos en dos mil años de cristianismo, están vinculados a formas de radicalismo evangélico» (Lineamenta n.8), es decir, están vinculados a la historia de la vida religiosa.

Pentecostés es un momento oportuno para hacer memoria que la misión es el corazón mismo de nuestra vocación de seguidores de Jesús; que sin ella nuestras vidas de consagrados están vacías y carecen de sentido. El Espíritu nos empuja a descubrir y hacernos presentes allí donde las necesidades humanas y espirituales de nuestro tiempo son mas urgentes, donde la humanidad se siente más huérfana de Dios y más abandonada de fraternidad. Nos inspira, desde la creatividad de nuestros carismas y su modo peculiar de evangelizar en la comunión eclesial, cómo responder a cada necesidad, a cada hombre y cada mujer, a cada pueblo, a cada nación; cómo mostrarles la imagen de Jesús misericordioso y abierto a la compasión. El desafío de la Nueva Evangelización que el Espíritu lanza a la Iglesia y en ella a la Vida Religiosa, no permite gastar energías en cuestionamientos internos, ni distraernos en la mera realización de diagnósticos, o en la espera de reconocimientos por la tarea pastoral realizada. Menos aún ese permanecer satisfechos con respuestas pastorales que proporcionan seguridad aparente, mientras estamos ausentes, por miedo a los «peligros» y a las dificultades que encarnan, del diálogo con la cultura y la sociedad contemporánea a la que hemos sido enviados. Mientras «la nueva evangelización indica la exigencia de encontrar nuevas expresiones para ser Iglesia dentro de los contextos sociales y culturales actuales, en proceso de continua mutación» (Lineamenta n.9). Nuestros Fundadores y Fundadoras nunca permanecieron «dentro» por miedo a las dificultades, siempre estuvieron «fuera» empujados por la fuerza y la libertad del Espíritu.

Ese mismo Espíritu es el que nos urge hoy a nosotros a ser «buscadores de Dios en los hombres y en la mujeres de nuestro tiempo a los que somos enviados…» , como nos recordó Benedicto XVI (26 noviembre 2010). Es decir, «buscadores de Dios en medio del mundo», de nuestro mundo, al que la vida religiosa es enviada, y en el que Dios mismo se ha encarnado. Pero solo le “hallaremos” si arde en nuestro corazón una gran pasión por Jesucristo, porque en esta misma experiencia, y no fuera de ella, llegamos a apasionarnos por la humanidad. Es una única pasión. Es necesario recorrer continuamente el camino de la fuente de donde brota la misión, y constatar, en un proceso circular, que la misión no está deshabitada sino llena de Jesucristo que nos envía.

La misión será siempre la terapia para nuestra desilusión y ensimismamiento. Nos saca de nosotros mismos, de nuestra «intimidad» narcisista y nos lleva «fuera», donde no siempre hay acogida y cordialidad, ni luz y seguridad, pero es el ámbito de la viña, donde Jesús envía. El Resucitado siempre «envía» en misión: a dar testimonio, a llevar consuelo, a proclamar que el Crucificado ha resucitado, a confortar a los débiles en la fe y a crear comunidades, que con la fuerza de su Espíritu sean signos de que es posible «una comunión capaz de poner en armonía la diversidad» (VC 51).

Que esta solemnidad del nacimiento de la Iglesia y de su manifestación al mundo, nos encuentre a los religiosos y religiosas unidos en comunión orante con María, la Madre de los Apóstoles, esperando la fuerza del Espíritu para ser testigos de la esperanza de Jesucristo en nuestro mundo.

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Redacción


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