P. Carlos Navascués, una vida educando

Carlos Navascués ss.cc. se ha jubilado como profesor del Colegio San José SS.CC. en este curso que acaba de finalizar. Ha escrito este artículo en el Anuario del Colegio que reproducimos a continuación.

Dos colegios han pasado por mi vida. Primero el Colegio de los SS.CC. de Miranda de Ebro: seis años, siendo buen alumno, fueron suficientes para sacar el bachillerato. Y segundo, el Colegio San José SS.CC. en el que cuarenta y tres años no sé si han sido suficientes para ser un buen profesor.

De mis años de crío en el cole de Miranda guardo buenos recuerdos. Allí, al ritmo de clases y recreos, oficios piadosos a montón, paseos y excursiones, penas y alegrías, me fui haciendo con ese espíritu “sagrados corazones”, esa manera de ser y llevar nuestros colegios, ese “impromptu” que tal vez nos distinga y que no está lejos de valores como espontaneidad, confianza, amistad…, dentro de una reglamentación ordenada de la vida.

Pasan unos cuantos años, noviciado, estudios de Filosofía, y en septiembre de 1962, me encuentro en Sevilla, Colegio San José, Juan Ramón Jiménez 22. Y resulta que me hacen profesorcillo de alumnos de seis y siete años (grados Elemental y Medio). El edificio del Colegio acababa de ser inaugurado el 19 de marzo de aquel año. Y sigo, un curso tras otro; muchos, muchos alumnos: les doy clase de Geografía, de Lengua, Sociales, Religión y hasta Latín…, luego llegó la Música, mi salvación. Y además, funciones de Tutor, Prefecto, Coordinador. De todo, menos director. Siempre muy cerca de los alumnos, acompañándoles en su trabajo diario, escuchando sus problemillas, motivándoles en su formación integral como personas y como cristianos, buscando la manera de estar más cerca de ellos, para entenderles, aconsejarles y felicitarles. Incluso fuera del horario escolar: unos años dirigiendo una escolanía que alcanzó cierto nivel musical, otros años organizando el deporte, otros muchos saliendo de camping los fines de semana. Luego vinieron las excursiones, cortitas o más largas, a Granada, a Jaca, Andaorra. Imposible olvidar.

Y llega la última etapa: el P. Carlos se convierte en el “profe de Música”, nada más, ya vale. Dicen que “la música eleva el espíritu”, y sí, porque esa clase de Música ha tenido momentos en que lo divino y lo humano parecía que se daban la mano. Yo he vivido con emoción esos instantes; creo que los alumnos también cuando expresaban la suya con aplausos y felicitaciones.

Algunos toques de última hora: ¿quién no se acuerda de las interpretaciones a dúo de Ana y Lucía, de Fátima y Jerónimo, o de Borja y Federico?… ¡hasta Benavides y Miguelito aplaudían! ¿Y cuando soplaba en la flauta Carlitos Alarcón? (gracias, Lucía). ¿Y cuando Rafa Palmero se traía el tambor? Lo espectacular fue el día que quiso tocar la corneta: soplaba y resoplaba…., pero el instrumento no sonaba. En los archivos queda el arte musical, la delicadeza y dulzura de las interpretaciones de Lourdes y Pilar… enchufe, decían Carlitos y Nacho. ¿Y Jaime con la guitarra? ¡Qué pesado! Y las muy buenas intenciones de Pablo, María Jesús, Teresa, Carmen, Ana, Jorge, Pedro y José Manuel, en aquellas clases de última hora. En fin, todos vuestros gestos de simpatía y admiración, queridísimos alumnos y alumnas, cuando poníamos acompañamiento de piano a las canciones más bonitas: vuestros aplausos finales que sellaban un buen trabajo. Y entre músicas y flautas, “la historia del fantasma” del Castillo de las Guardas que nos acompañó en muchas clases, y que Antoñito Chiara ha inmortalizado en un bellísimo cuento. Termina el cuento con esta frase: “al padre Carlos nunca se le volvió a ver”. Todos habéis comprobado que no, que siempre que puedo paso por el cole, os saludo, os recuerdo en aquella clase de música, de esta gran colegio que siempre será el mío… y el vuestro. “¡Ah…, que traigo caramelos!”.

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Redacción


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