«Mi primer viaje en tren por África»

Como no sé muy bien cómo comenzar a escribir, lo haré por el principio, es decir, presentándome. Soy Alicia y pertenezco a la parroquia de San Víctor de Madrid. Desde hace ya unos años estamos hermanados con la parroquia Beata Clementina Anuarite de Boane, en Mozambique. Este hermanamiento me ha permitido ya en varias ocasiones visitar este país desde el que os escribo y conocer el trabajo que los hermanos y hermanas SSCC realizan en estas tierras. Como sé que Joaquín Garre (con el que he tenido la suerte de coincidir) está escribiendo una crónica de su estancia aquí, me limitaré a compartir con vosotros (espero no aburriros) una de las que por el momento es de las más impresionantes que he vivido.

“Hoy, 14 de julio, me he levantado a las 6:50. Bastante tarde, por cierto, para los horarios africanos, pero hoy es domingo y no tenemos oración de la mañana. A las 8 celebramos al Eucaristía. Leemos el evangelio del Buen Samaritano. La verdad es que a veces cuesta un poco entender lo que quiere Dios decir, pero hay evangelios como el de hoy que son claros meridianos.

Voy corriendo a la estación de tren, que hay que comprar el billete y parece que hoy viene temprano. Tras pasar unos días en la misión de Inhaminga toca ahora volver a la ciudad de Beira, desde donde tomaré un avión a la capital Maputo. Vamos a buscar a mi acompañante- cuando el padre Amado se enteró de que tenía que viajar yo sola en tercera clase fue corriendo a buscar a alguien que viajara conmigo. Aunque teníamos la esperanza de que hubiera poca gente, cuando llegamos hay un montón de gente a ambos lados de la vía esperando el comboyo (el tren). Madre mía. Si os dijera que no estoy un poco nerviosa os mentiría. Así que decido no pensar y obedecer (como diría el Principito: “Cuando el misterio es demasiado impresionante, es imposible desobedecer.”). Me cuelgo la maleta al hombro y me pego cual lapa a mi protectora.

Ya no hay sitio sentado porque el tren viene de Marroneu. La gente empieza a empujar y hay que subir 4 escalones muy altos; yo estoy agarrada a la barandilla sólo con la mano izquierda, una niña se mete entre mis piernas y pasa; en la puerta arriba un militar con fusil nos dice que no empujemos (siempre hay militares en los trenes, pero en días anteriores parece que hubo alguna revuelta por la zona y se ha multiplicado la presencia militar). Momentos de cierta tensión, al menos para mí, porque para ellos parece el pan de cada día. Creo que el hecho de que sea blanca hace que algunas personas al verme me dejen pasar (o al menos empujen menos), y consigo llegar al vagón. Respiro hondo. Primera parte de la prueba superada. Un conocido ha conseguido un sitio para mí sentada. Miro por la ventana y le enseño a Amado mi asiento. Ahora él también se queda más tranquilo. Por delante quedan unas 5 horas de viaje hasta Dondo, cerca de la ciudad de Beira, donde me espera el diácono Silvestre.

Hace mucho calor pero en cuanto el tren empieza a andar la cosa cambia y mucho. El vientecillo que entra por las ventanas es muy agradable y hace que el olor no sea nada intenso. Ahora ya no sólo respiro sino que consigo relajarme y el resto del viaje, hasta el momento de bajar, es una maravilla. Viajo con una familia de 3 personas y 3 hombres más en mi asiento. Enfrente va una mujer con una niña que no creo que llegue a 2 años que se pasa casi las 5 horas comiendo. Calculo que en el interior del vagón vamos aproximadamente unas 5 personas por metro cuadrado, y la velocidad media del viaje, la he calculado, es de 32 km/h. Mis compañeros de viaje me hacen alguna pregunta pero en general vamos callados. La primera hora solo puedo contemplar a la gente. Me parece alucinante estar ahí. Casi os puedo asegurar que soy la única blanca en el tren. Los misioneros me comentan que en general pocos blancos viajan así, porque los que tienen dinero viajan en coche. Hoy leíamos en el evangelio la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Estando ahí en ese momento la respuesta viene sola. Doy gracias a Dios por esta nueva oportunidad que me da de acercarme a sus preferidos. Y me alegro de haber tenido que viajar en el tren de tercera clase, porque de otro modo no habría podido estar cerca (muy cerca, creedme) de ellos. Y me gusta.

Luego me dedico otro rato a mirar el paisaje bien bonito que tengo. Según voy sentada la carretera Beira – Inhaminga queda a mi izquierda. El paisaje es el mismo que cuando vas en coche, aunque como hice el viaje de ida de noche no lo pude disfrutar esta vez. Parece que hay menos árboles. Me comentan que una compañía china ha conseguido permiso para llevarse madera, y están dejando esto un poco pelado en algunas zonas. Cada vez que el tren para un montón de personas se acercan a las ventanillas vendiendo mandioca, huevo, panes, bebida, carne,…, aquí todo el mundo (menos yo) ha traído comida y cuando la saca siempre coge una parte y el resto lo ofrece hasta que se termina. ¡Qué imagen esta de los mozambicanos ofreciendo comida a la extranjera! Amado me ha dicho muy serio que no puedo comer nada abierto, así que no acepto nada aunque algunas cosas seguro que podría.

Después saco mi libro y me pongo a leer. Ahora me estoy leyendo un libro sobre un artista español que quedó atrapado en Rusia durante la revolución del 17 y cuenta todo lo que vivió. Consigo así que el viaje no se me haga demasiado pesado sobre todo al principio. Como a eso de la hora 3- 4 comienzo a encontrarme un poco mal y empieza a dolerme la cabeza. La noche anterior había decidido que, para intentar evitar la experiencia de usar los baños de los trenes mozambicanos, no iba a tomar nada líquido hasta llegar a Beira. Error. Con todo lo que estoy sudando por el calor y la tensión creo que me estoy deshidratando un poco. Menos mal que el padre Amado me compró un refresco de lichies mozambicano que bebo poco a poco. Mis vecinos me deben notar agobiada porque me ofrecen un plátano que acepto gustosa (esto es seguro de comer) y otra chica me ofrece una mandarina que también acepto. Ahora el evangelio cambia de sentido y soy yo la que necesita del otro (casi diría que este ha sido siempre el sentido correcto. Creer lo contrario sería sólo la típica superioridad con que en general nos acercamos a los africanos).

Llegamos a Dondo y me preparo para la bajada, que se me antoja igual de complicada que la subida, y así es aunque esta vez afortunadamente sin fusiles, lo cual aunque no lo creáis le da cierta normalidad a la situación. Mi protectora me dice que me ponga la maleta de mochila delante, el bolso al cuello y les siga… salto del vagón sin caerme y camino por la vía hasta la estación. Silvestre no ha llegado y como estoy sola no me atrevo a sacar la cámara para hacer una foto.

Os pego una imagen por si os ayuda a entender lo vivido, aunque no es del día de hoy. Es una foto que hice en 2008. Si os dejáis mirar por esas 2 niñas entenderéis como me sentí yo mirada por este pueblo. Que Dios les bendiga.

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Alicia Monjas


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