“Mensajes, mensajeros y receptoras”

Columna mensual de Dolores Aleixandre rscj, en la revista 21 de octubre de 2012.

En uno de sus documentos finales, el Concilio dirigió un breve Mensaje a la Mujeres (8-XII 1965). He vuelto a leerlo y he sacado dos conclusiones: una, que su verdadero espíritu se ha quedado olvidado en el congelador eclesial y otra, que casi es más conveniente no descongelarlo.

Hago memoria de la mentalidad de entonces y valoro muy positivamente que la Iglesia dijera lo que en ese momento dijo. El problema es que han pasado 50 años y, con demasiada frecuencia, siguen vigentes en la Iglesia esa manera de argumentar, esa misma antropología y ese mismo lenguaje. Unos cuantos ejemplos:

Mejor no seguir empleando el tipo de enumeración que encabeza el Mensaje en la que, una vez más, las mujeres carecemos de cualquier identidad que no esté referida a los varones: “hijas, esposas, madres y viudas…” (nº 1).

Mejor no volver a utilizar el modo conciliar de dirigirse a nosotras: “Es a vosotras a las que nos dirigimos…” Porque si somos plenamente miembros de la Iglesia, ¿qué sentido tiene que nos exhorten como a un colectivo que está “fuera”?

Mejor dejar caer en el olvido esta asombrosa y peculiar lectura de la historia eclesial: “La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, en la diversidad de sus caracteres, su innata igualdad con el hombre” (Nº 2). Por más que estemos cargadas de buena intención, no nos resulta fácil percibir ese resplandor. Nosotras sabemos otras cosas y nos gustaría proponer, con el debido respeto, esta otra redacción: “La Iglesia desea poder llegar a estar orgullosa de trabajar por elevar y liberar a las mujeres y defender, dando ella misma ejemplo, su innata igualdad con los varones”.

Mejor no ponernos a hacer preguntas sobre lo que entiende hoy el estamento eclesiástico sobre esta afirmación: “Ha llegado la hora en que la mujer ha adquirido en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora” (nº3). Debe ser que tenemos los relojes en distinto huso horario y para algunos ya constituye suficiente “peso, poder e influencia” que podamos votar, tener una cuenta a nuestro nombre y viajar solas. Y, “ad intra”, poder sentarnos en los bancos y no quedarnos detrás de la celosía como en las sinagogas judías, subir al ambón para leer, limpiar con algodón el óleo de un altar, tocar el órgano y llevar las ofrendas.

¿Estarían de acuerdo los que hoy nos presiden si las mujeres nos decidiéramos a participar del talante de aquellas que rodeaban a Jesús? Las vemos hablando, discutiendo, presionando e irrumpiendo en espacios en los que no eran esperadas. Se tomaron en serio aquello de “ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre o mujer, porque todos sois uno en Cristo” (Gal 3,28) y muchas se incorporaron a la tarea evangelizadora. Pero poco después volvían a relegarlas a los lugares que ocupaban antes: secundarias, irrelevantes, llamadas de nuevo a la sumisión.

En definitiva: las receptoras no sentimos excesivo disgusto porque apenas se recuerde el mensaje conciliar que nos fue dirigido. Aunque sí nos gustaría dialogar con los “mensajeros” acerca del porqué nos pasa lo que nos pasa.

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Redacción


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