Mensaje de Pascua del Presidente de CONFER

Publicamos a continuación el mensaje de Pascua de Elías Royón, Presidente de la Confer. Sin duda, una lectura motivadora para este recién estrenado tiempo pascual.

Queridos hermanos y hermanas:

Os deseo en esta Pascua de Resurrección el gozo y la paz de Cristo Resucitado, la alegría pascual, que anoche nos inundó en la celebración de la gran Vigilia; porque si hemos muerto con Cristo, resucitaremos con El. (Cf. Rom 6,8). Este tiempo pascual debería ser la “situación normal” en la que vivir como consagrados y consagradas. No un tiempo pasajero y de excepción, que pasa pronto y nos vuelve de nuevo a un “tiempo de cuaresma”. Quisiera compartir con vosotros algunas “situaciones pascuales”, en las que vivir con normalidad nuestra vida y misión. Os invito a que acompañemos a Jesús, caminante en la mañana de Pascua, que se acerca a los dos discípulos que “alejándose” de la comunidad se “vuelven” a la aldea (Lc 24,13 ss).

“Se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (Lc. 24,31).

Es la primera “situación pascual” sobre la que reflexionar. El primer regalo de Jesús a estos dos discípulos desengañados y faltos de esperanza. A unos ojos que hacía poco sólo veían lo negativo y lo amargo; a unos ojos hundidos en la frustración, casi ciegos…se les concede ver a Jesús, que camina con ellos.

Una situación pascual a la que somos invitados cada día: hacernos presentes a la realidad traspasada por la presencia del Resucitado. Ojos abiertos por el don de la fe, para discernir los signos de los tiempos desde los que Dios nos habla, para ver y acoger la vida y la esperanza que nace en el entorno, para comprender desde el misterio de Dios, situaciones de cruz y la propia historia con sus heridas y sus gozos. Que se nos “abran los ojos” para ver de un modo nuevo y diverso la vida y la misión; para aportar luz a las situaciones comunitarias, congregacionales, eclesiales… a veces tan oscuras. Ver con ojos nuevos “nacidos del agua y del Espíritu” y saber mirar a lo diferente, a los pobres, a los inmigrantes, a los refugiados… Mirar con el corazón para descubrir el misterio que encierra cada persona. Una mirada que les restituye su dignidad de hijo de Dios. El P. Arrupe pedía al Señor que “le enseñase su modo de mirar”. Y es que Jesús mira a cada uno como si solo existiera él, con una mirada siempre nueva, una mirada conmovida que le lleva a la compasión. Aquella mujer pecadora pública que se atrevió a romper el muro social, y entrar en casa del fariseo donde Jesús comía, y llorar a sus pies, se había sentido mirada por Jesús.

“Le reconocieron en el partir del pan”(Lc 24,35)

No es que Jesús tuviera un modo personal de realizar la acción de partir el pan; no era un gesto externo típico de Jesús. No, lo sabemos bien. Se trata de un “gesto simbólico”, que la comunidad primitiva ha asociado a la Persona de Jesús identificándola; el gesto de Jesús del romperse para darse por amor, que se remite a la eucaristía. Jesús vivió siempre en esta actitud, su vida fue entregarse compasivamente, amar desde un corazón que se conmueve ante el dolor humano: ante la viuda que acompaña a enterrar a su hijo único y ante la vuelta del hijo menor arrepentido.

Y El mismo nos invita a hacer de este gesto una “situación pascual” en nuestras vidas: “haced esto en memoria de mí”. Nos llama a que se nos reconozca, como discípulos suyos, en el gastar la vida por amor. Este es el signo de identidad más transparente de nuestro ser de consagrados. Que la gente nos señale como los que nunca se preocupan de sí mismos, como los siempre disponibles para lavar los pies, para acoger y consolar, para defender al pobre y al extranjero… Si no fuera así, tendríamos que preguntarnos de qué hace memoria, qué significado tiene en nuestra vida la eucaristía que celebramos cada día. No es necesario recordarlo, porque está muy presente en toda la vida religiosa española, pero no podemos hoy seguir viviendo como si nada estuviera sucediendo, cuando la crisis económica está azotando a miles y miles de familias hasta faltarles lo más necesario para vivir. Es indispensable poner a su disposición desde nuestra voz que denuncie las injusticias hasta nuestras personas y todos los recursos que nos sean posibles, en colaboración con otras instituciones eclesiales, para paliar un poco tanta necesidad.

¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras? (Lc. 24,32)

Sentirse invadidos por la palabra del Señor, por su amor, su voluntad, sus deseos… por la alegría y la esperanza de ser llamados a vivir con y como Jesús en la pobreza y en la humildad. Vidas llenas de gozo agradecido por la llamada gratuita e inmerecida, que contagian e invitan a otros a vivir la misma vida. Todas ellas son notas de una “situación pascual” que debe ser normal en los religiosos y religiosas.

Una situación pascual de consolación que el Resucitado concede a unos discípulos entristecidos y llenos de miedo, que viven en la “desolación del sábado santo”, que no creen aún en que Cristo ha resucitado. Un don que necesita hoy la Iglesia y la vida consagrada en ella, donde con frecuencia falta entusiasmo, ilusión, gozo que contagian y hacen creíble el anuncio. No se trata de una alegría superficial, o una actitud llena de autocomplacencia, sino de la experiencia pascual de fe en Jesús, que da sentido a la vida, y hace posible un futuro lleno de esperanza realista. Una situación en la que nos hacemos “oyentes de la palabra” para que engendre en nosotros una mentalidad nueva: la mente de Cristo. Para que el Espíritu nos explique que “era necesario” que el Cristo padeciera; para comprender que son inevitables el dolor, el sufrimiento, el fracaso, la cruz en nuestras vidas de apóstoles, pero que necesitamos que se nos enseñe el modo de afrontarlos, y así consolar también a otros en sus tribulaciones (cf. 2 Cor 1,3). Una palabra que guíe los discernimientos apostólicos, ilumine en los momentos de oscuridad, y fortalezca en las situaciones de dificultad.

“Levantándose en aquel momento se volvieron a Jerusalén” (Lc 24,33)

El don de la fe por el que reconocer a Jesús y escuchar su palabra nos sitúa en la Iglesia. En las situaciones de cruz se corre el riesgo de debilitar la fe, la comunidad amenaza con dispersarse y romper la comunión. Sin embargo, partir el pan, sentir arder el corazón, mirar con ojos nuevos está exigiendo unos hermanos a los que amar y una vida que compartir; conlleva una conversación donde se expresa la fe recibida: “hemos visto al Señor”. Hablamos poco entre nosotros de las experiencias de fe, de los dones que el Señor nos concede, de los frutos en la misión…los guardamos en nuestra intimidad, sin caer en la cuenta que están destinados a “confortar a nuestros hermanos en la fe”.

Una situación pascual que nos recuerda que la vida fraterna en comunidad es también “un espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado” (VC 42), y que nos impulsa a imitar aquella comunidad de Jerusalén donde “había un solo corazón y una alma…lo tenían todo en común…nadie pasaba necesidad” (cf. Hech 4,32-33). Hasta aquí la reflexión que fraternalmente he querido compartir con vosotros y vosotras en esta día de Pascua. Los dones del Resucitado están dirigidos para capacitar a los discípulos en orden a la misión; en ella tienen su objetivo último. Jesús los envía y nos envía como el Padre le envió a El. Nos asocia a la misión que El ha recibido de su Padre. Que la vivencia en normalidad de estas “situaciones pascuales” sean para la vida religiosa el mejor impulso para el anuncio de Jesucristo como el Señor.

Feliz Pascua de Resurrección.

Elías Royón, S.J.

Presidente de Confer.

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