«Mártires»

El Superior General ha dedicado su carta mensual a los PP. Teófilo Fernández de Legaria Goñi ss.cc. y compañeros mártires, cuya beatificación se celebrará el 27 de octubre de 2013 en Tarragona.

San Damián de Veuster, quien dejó casa, familia y patria para entregarse generosamente en el servicio a los abandonados en Molokai, abriendo posibilidades a quienes habían perdido la esperanza y llegando a identificarse con sus amados leprosos hasta la muerte. Los mártires del siglo XX en España: Teófilo Fernández de Legaria Goñi, Isidro Íñiguez de Ciriano Abechuco, Gonzalo Barrón Nanclares, Eladio López Ramos y Mario Ros Ezcurra, quienes dieron el testimonio de la fe con la propia sangre, en un ambiente doloroso de confusión, persecución y violencia. El beato Eustaquio van Lieshout, quien ejerció el ministerio de la salud del cuerpo y la paz del alma entre todos los sufrientes que encontró en su camino.

38º Capítulo General, Misión 4

   Ya conocíamos la fecha de la próxima beatificación de los Mártires del siglo XX en España: el 27 de octubre de 2013. Ahora sabemos también el lugar. El pasado mes de noviembre, la Conferencia Episcopal Española ha decidido que la beatificación se realice en Tarragona, que se encuentra a unos 100 kilómetros al sur de Barcelona. 

    La sede elegida cuenta con una gran historia de fe cristiana y martirial, pues los protomártires hispanos son el obispo de Tarragona, Fructuoso, y sus dos diáconos Augurio y Eulogio. Próximamente se darán más detalles de la ceremonia de beatificación, cuya organización corresponde a la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, con la diócesis anfitriona. Por nuestra parte, se ha puesto en marcha una comisión en la Provincia Ibérica que, en coordinación con el Postulador General, se encargará de la animación de este acontecimiento de cara a la Congregación.

    El reciente Capítulo General propone a “nuestros hermanos Damián, los mártires del siglo XX y Eustaquio como una inspiración para nuestra misión” (Misión 20). Estos tres “iconos” representanel testimonio de hermanos que -en sus circunstancias y su tiemposupieron encarnar el carisma de nuestros Fundadores y de la primera generación” (Misión 4). Refiriéndose a los mártires del siglo XX en España, el Capítulo dice que “dieron el testimonio de la fe con la propia sangre, en un ambiente doloroso de confusión, persecución y violencia” (ibídem). 

    La muerte de los mártires nos enfrenta, efectivamente, a aspectos tenebrosos de la naturaleza humana. Sus historias nos hablan de una violencia fiera que llega al extremo de matar a personas indefensas. Ese odio mortal es generado por circunstancias muy diversas y difíciles de analizar. ¿Qué motivos impulsan a algunos a asesinar cristianos, religiosos y religiosas, sacerdotes? Sabemos que las ideologías excluyentes, la ambigüedad del compromiso público de la Iglesia, los rencores acumulados, los intereses de poder, los miedos y las fobias, y muchos otros factores jugaban un papel de peso en la sociedad española del siglo XX en la que fueron asesinados nuestros hermanos. Lo mismo se puede decir de la Francia de la revolución en la que nuestro Buen Padre decidió arriesgarse hasta la muerte si fuera necesario, y de la situación en París cuando las víctimas de la Comuna, y de los países colonizados en los que se mataban misioneros extranjeros, y de los países musulmanes en los que hoy en día se exterminan a los cristianos, y, en definitiva, de cualquier lugar donde se maten personas a causa de su credo. Lo “religioso” anda siempre enredado en las contradicciones de la existencia humana. No puede ser de otra manera.

    La beatificación de los mártires no viene a disipar esta ambigüedad de la historia. No es un juicio que divida a los actores de este drama en “buenos” y “malos”. La alegría que nos proporcionan los mártires no es la de la “victoria” de unos sobre otros. No. Una beatificación es siempre una alabanza a Dios que manifiesta la maravilla de su gracia en la fragilidad de sus hijos e hijas. La alegría de los mártires surge del reconocimiento de esta “fuerza” de Dios, que es la fuerza de la caridad. 

    Dios no es ajeno a la crueldad de la historia. Su presencia activa y silenciosa hace que el asesinato de aquellos que mueren confesando la fe y perdonando a sus verdugos no sea una triste historia más, condenada a la impotencia y al olvido. Al contrario, la muerte de los que mueren porque creen en Jesús proclama que el amor de Dios, que nuestros hermanos profesaban y predicaban, es más fuerte que el apego a la vida, más fuerte que la misma muerte. Por eso el martirio puede ser recibido como un mensaje de esperanza para todos, tanto víctimas como verdugos. Un mensaje de alivio y de esperanza para el dolor de una humanidad siempre sufriente, que camina penosamente lacerada -ayer como hoypor escenas de insoportable odio y crueldad. Un mensaje enraizado en la fe en Jesús, porque Jesucristo -que también fue mártir, a quién también mataron sin justicia y sin piedades motivo y fuente de reconciliación para todos. Desconcertante bendición de paz que surge de las entrañas mismas de la violencia más extrema. Solo el amor que perdona a los enemigos rompe las cadenas del mal. Solo la misericordia desbordante vence a la muerte. Solo Dios puede reconciliar y salvar a sus hijos dispersos. Solo el Padre da la vida a los que han muerto

    Nuestros hermanos mártires murieron como creyentes. Realizaron el deseo del que nos habla también el reciente Capítulo General: “Nuestro deseo, expresado en la fórmula de la profesión, es vivir y morir al servicio de los Sagrados Corazones. Cuando se acerca el final de la vida, lo que buscamos es prepararnos a morir como creyentes y a hacer también de nuestra muerte una alabanza al Dios que nos ama. De ese modo, también el morir será un testimonio de Cristo, un acto supremo de misión” (Misión 37). 

   Recientemente, un superior general libanés, que vive en un monasterio en Irak, me decía que, para ellos, la evangelización es el martirio. No el martirio “blanco”, sino el martirio “rojo”, el de sangre. Porque, me explicaba, cada vez que pongo el pie fuera de casa sé que puedo ser víctima de un atentado. Quedarnos ahí, no huir de la amenaza: ésa es nuestra manera de testimoniar de la fe en Jesús.

    Los mártires del siglo XX en España nos animan a ser testigos de la fe en medio de la dificultad de creer que afecta a muchos y a nosotros mismos” (38º Capítulo General, Misión 20). Este es el martirio “blanco” al que todos estamos llamados. A pesar de las dificultades, hemos recibido la vocación de vivir como creyentes en el día a día, de hacer de nuestras vidas una humilde referencia a Jesús y a su evangelio, y de prepararnos a morir con la confianza puesta en aquel en quien creemos. Pero, ¿quién sabe si entre nosotros no habrá algunos a los que se les pida, además, el martirio “rojo”? Algunos que, como los que dentro de poco serán beatificados, se encontrarán un día frente a frente al horror de la violencia de sus hermanos los hombres, ante la cual serán llamados a testimoniar de aquel cuyo “amor vale más que la vida” (Salmo 63,4). 

    Estamos en Adviento. La Navidad, que nos disponemos a celebrar, nos hablará también de violencia, de crueldad y de martirio. “Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores” (Mt 2,16). Niños inocentes que, al ser asesinados brutalmente, dan testimonio de un Jesús al que no conocen. El trasfondo bíblico nos hace ver a Herodes como si fuese una especie de faraón, asesino de niños, que se habría instalado en la mismísima tierra prometida: el colmo de la desgracia. Del dolor desgarrador de las víctimas, se hace eco la cita de Jeremías: “un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven” (Jer 31,15). ¿Acaso no siguen resonando los mismos gritos en Palestina, en el Congo, en Colombia, en Irak, en Siria, en Nigeria, y en tantos otros lugares hoy, ahora mismo? 

    Pero el profeta no se detiene en el llanto. La continuación del texto de Jeremías, al que Mateo hace referencia, despliega una visión deslumbrante de la nueva alianza (la alianza que nos trae precisamente el niño que huye con sus padres a Egipto): “Esto dice el Señor: Reprime la voz de tu llanto, seca las lágrimas de tus ojos, pues tendrán recompensa tus penas” (Jer 31,16). Y más adelante prosigue: “En Judá y en todos sus poblados habitarán juntos labradores y ganaderos trashumantes, pues refrescaré las gargantas resecas y saciaré las gargantas hambrientas” (Jer 31,24-25). Se trata de la ansiada reconciliación entre los hermanos enemigos, de Caín (labrador) y Abel (ganadero), y del anuncio del banquete del Reino donde ya no habrá más hambre ni sed. Ese banquete se inaugurará con el pan partido y la copa entregada en la Cena que este niño, ya adulto, nos ofrecerá antes de morir -mártir- en la cruz.

    Dediquemos, pues, nuestras vidas a eso mismo: a reconciliar personas, a refrescar gargantas resecas, y a testimoniar del amor de Cristo, del que hacemos memoria constantemente en su Eucaristía. 

    Feliz celebración de nuestros mártires. Feliz Navidad. 

 

Javier Álvarez-Ossorio sscc
Superior General

 

 

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