«Jueves del ejemplo»

Artículo que propone una reflexión sobre el Jueves Santo en el contexto actual, de Fernando Cordero ss.cc., publicado en «Diario de Cádiz» de este día 28 de marzo.

Desdentada, a paso siempre ligero, podemos verla caminar por nuestras calles. Su imagen, icono de los últimos, va acompañada de unas cuantas descoloridas estampitas de santos en las manos, para obtener algún dinero que llevar a casa. Una casa con un hijo invidente, otro con riesgo de exclusión y un tercero que tampoco le hace la existencia llevadera. Su marido, como otros tantos, en la cuneta de la historia. Pero ella continúa su camino deprisa, como si la calle Real pudiera recorrerse en pocos segundos. Es la prisa por luchar, por vivir, por sacar adelante como sea facturas de agua, de luz, del alquiler…

Ella es una de tantas mujeres que llaman una y otra vez a la puerta de nuestras Cáritas parroquiales. Esas Cáritas que se ven desbordadas, que intentan hacer malabarismos para llegar a fin de mes como aquellos que acuden a sobrevivir de sus ayudas. Esas Cáritas que tienen rostro de voluntarios, de religiosos y religiosas, de sacerdotes. Esas Cáritas que saben lo pesado que es llevar la caridad. Ya lo decía hace mucho tiempo san Vicente de Paúl a sus hermanas: “No consiste todo en distribuir la sopa y el pan. Eso, los ricos pueden hacerlo. Tú eres la insignificante sierva de los pobres, la Hija de la Caridad, siempre sonriente y de buen humor. Ellos son tus amos, amos terriblemente susceptibles y exigentes, ya lo verás. Por tanto, ¡cuánto más repugnantes sean y más sucios estén, cuanto más injustos y groseros sean, tanto más deberás darles tu amor!”.

En este Jueves Santo, en que conmemoramos que el Maestro y Señor se puso a lavar los pies a los discípulos, todo huele a pan y a despedida. Pan, toalla, palangana, alimento y servicio, amor que se hace de gestos concretos con el que nos necesita. Hoy es “el jueves del ejemplo”, que ha de trasladarse al resto de los días y semanas del año. La fe sin obras está muerta –bien nos lo recordó nuestro arcipreste en su emocionante Pregón de Semana Santa-. Es el tiempo del testimonio, de nuevas lecciones: de cómo amar y entregar la vida hasta el final.

Desde que Francisco fuera elegido nuevo Obispo de Roma, hemos visto más de una tierna imagen de “lavatorio de los pies” del Papa a enfermos en Jueves Santo, siendo arzobispo de Buenos Aires. Hoy repetirá el gesto. No va a celebrar la misa de la Cena del Señor en la Basílica de San Pedro sino en una cárcel de menores de la Ciudad Eterna. Allí lavará los pies a reclusos y quizá también a funcionarios y policías. ¡Qué importante es el ejemplo, los gestos! “El verdadero poder es el servicio” indicó el Papa en la misa de inicio de su ministerio petrino. Es decir, lo nuestro como cristianos es servir. Esa es nuestra misión.

Jueves Santo, el jueves del mejor ejemplo. Jesús nos regala su mandamiento nuevo, porque siempre es nuevo el amor, y nos alimenta con el Pan de la Eucaristía. Jueves Santo, el Señor se arrodilla para lavar los pies e invita a sus sacerdotes –en el día del sacerdocio- y a su pueblo a seguir su ejemplo. Cuando viene a nuestra humilde parroquia del Buen Pastor nuestro obispo Rafael, nos suele aelntar con ímpetu: “Vosotros sois el Cuerpo de Cristo”. La entrega generosa de Cristo en su Cuerpo ha de llevarnos a nosotros, su Cuerpo-Comunidad, a partirnos y a entrar en la “fiebre eucarística” del Señor, en la atención a los que padecen las consecuencias de la inestabilidad laboral y otros vaivenes de este mundo en crisis. En crisis de amor fraterno. ¡Qué actual, por tanto, el día del amor a los hermanos!

Hay una expresión de un místico de nuestro tiempo, René Voillaume, que nos hace ahondar en el significado de esta jornada de banquete, fiesta y compromiso: “Vivir la Eucaristía es entregarse a los otros, llegando ser para ellos, por el amor y la contemplación eucarística, algo devorable”. Es difícil ser pan para los otros, porque el pan es triturado, consumido, machacado. Sin embargo, cuando la eucaristía se vive con pasión se convierte en alimento que impulsa a “partirse” y “repartirse” como las migas del pan. Hasta que no nos duela el cuerpo por sentir lo que supone la ofrenda por los otros, no nos hallaremos asociados al singular destino de Jesús.

Un icono sumamente inspirador para nuestro tiempo es el de un religioso sacerdote de los Sagrados Corazones, que llegó muy joven a la isla de Molokai, una cárcel natural para recluir a los enfermos de lepra. Él mismo con su cercanía y donación terminará padeciendo esa terrible enfermedad. Es san Damián de Molokai, el padre Damián. Os recomiendo alguna biografía suya o que accedáis a sus cartas, que navegan por internet y en muchos libros. Necesitamos ejemplos así de auténticos para seguir encarando el destino de los que deambulan sin rumbo, sin hogar, sin casa, sin pan. Así rezaba san Damián: “Sin la Eucaristía, una situación como la mía sería insostenible. Pero con mi Señor a mi lado, puedo continuar siempre feliz y contento. Con esa paz gozosa en el corazón y la sonrisa en los labios, trabajo con entusiasmo por el bien de mis pobres leprosos”.

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Redacción


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