«Hoy descubro algo más en esas palabras que afirmamos al consagrarnos: la certeza de que el servicio no es un mérito, sino una gracia muy grande» Pablo Bernal Rubio ss.cc.

El próximo 18 de abril, nuestro hermano Pablo Bernal Rubio ss.cc. hará su profesión religiosa perpetua en la Parroquia de San Víctor de Madrid, junto a Bea García Comyn ss.cc. Ahondamos con él en lo que significa su consagración definitiva.

“En cuyo servicio quiero vivir y morir”. Comenta esta afirmación.

Tengo que comenzar diciendo que esta parte de nuestra fórmula de profesión fue para mí un descubrimiento tardío. Cuando hice los primeros votos, captaban toda mi atención la castidad, la pobreza y la obediencia; esta afirmación del final ni la olía.

Un primer descubrimiento de su sentido me ocurrió en Chile, en mi cuarto año de votos temporales. Al rezar con la fórmula de consagración en un retiro para la formación inicial, me descubrí imaginándome al final de mis días: una vida gastada, vivida en servicio de los Corazones de Jesús y María. Me imaginé habiendo vivido una vida entera como la de Pablo Fontaine o la de Armando Lanzani, con quienes compartía comunidad aquel año. «Bienaventurados los viejos» –diría Esteban Gumucio–, que pueden ser testigos de la alegría de haber entregado toda una vida siguiendo al Amigo. No exagero si afirmo que esa fue la primera vez que consideré la profesión perpetua como una posibilidad real en mi horizonte vital.

Hoy descubro algo más en esas palabras que afirmamos al consagrarnos: la certeza de que el servicio no es un mérito, sino una gracia muy grande. Ese «quiero» no expresa solo mi resolución; expresa sobre todo un deseo muy profundo. Después de haber experimentado lo triste que es vivir para cumplir, para guardar mi imagen, para satisfacer expectativas propias o ajenas… esas palabras de la fórmula de consagración encierran una petición: «líbrame de lo que me ata, hazme entrar en el servicio, que es lo propio de los hijos de Dios». Esa liberación es, ciertamente, un morir: a mí mismo, a la seguridad del deber cumplido, a mis ilusiones de omnipotencia… Pero un morir que da vida, como el del grano de trigo.

Si tuvieras que presentar el voto de castidad, pobreza y obediencia a los jóvenes con los que trabajas en el Colegio San José SSCC y en la Parroquia de los SSCC de Sevilla, ¿utilizarías algún relato nuevo para acercarlos a ellos?

¡No es una pregunta sencilla! Lo cierto es que yo mismo ando en búsqueda del relato que me ayude a nombrarme y a vivir casto, pobre y obediente. De lo que voy intuyendo, escojo tres narrativas con que intentaría presentar nuestro voto a los jóvenes de Sevilla con quienes trabajo.

En primer lugar, emplearía el relato de la creatividad, como actualización de la noción clásica de «imitación de Cristo», que creo que hoy en día no es muy accesible. Hablar de imitación suena a pérdida de nuestra legítima autonomía humana. Además, la imitación parece fijarse más en los aspectos externos y visibles de la vida de Jesús; y según qué aspectos escojamos, la vida religiosa puede salir, en la comparación, un tanto maltrecha. Por eso prefiero narrar los votos como un modo de recrear –en cada momento de la historia– ciertos aspectos de la vida del Señor, para tratar de vivirlos. Se trata de hacer algo bello con la propia vida, igual que una obra de arte, que evoque al Señor Jesús.

En segundo lugar, intentaría que el relato del regalo reemplazara al de la identidad. Yo me he visto muy enredado en esto de la identidad: «qué me distingue si vivo los votos», «en qué se nota que soy religioso… eso centra en uno mismo. Como regalo del Amigo, el voto religioso no es un propósito, y menos todavía una carga o un fastidio. Lo repite el Papa en la Christus Vivit: el Señor da lo que sabe que nos alegrará. La lógica del regalo, al contrario que la de la identidad, descentra de uno mismo: San Pablo nos enseñó que ningún carisma es un fin en sí; el carisma es para la construcción de la comunidad (religiosa, eclesial o incluso de toda la familia humana).

Finalmente, creo que emplearía el relato de la liquidez, como forma de visibilizar el polo trascendente de la consagración religiosa. «Tal vez me equivoque», afirma Nuria Martínez-Gayol aci, «pero cada vez percibo con más intensidad que a lo que hoy estamos llamados [en la vida religiosa] es a una ‘forma de vida sin forma’; lo cual no significa ni ‘deforme’ ni ‘a-forme’» (Raíz y viento, Sal Terrae 2015). Me gusta este relato que se apropia de uno de los elementos clave de la posmodernidad, y aprovecha sus posibilidades llenándolo de sentido. La tensión escatológica de los votos nos hace, en efecto, vivir sin forma fija y a la vez con consistencia. Esta narrativa habla, además, de nuestra vida ordenada a la misión: vivir esperándolo todo de Dios nos lleva a relativizar las estructuras humanas –incluso las que nosotros mismos nos damos–, los logros y los fracasos, los liderazgos eficaces y los fallidos. Vivimos sin forma fija en un mundo líquido, pues esperamos nada menos que a Dios mismo.

¿Qué reforzarías de nuestra vida religiosa SSCC?

No sabría responder de modo global; si pienso desde la Iglesia europea y desde mi Provincia, creo que reforzaría la calidad de nuestra comunicación y el talante de discernimiento en nuestra vida.

La cuestión de la comunicación es, creo, uno de los signos de nuestro tiempo: se da la paradoja de que las mayores posibilidades de conexión coinciden con la mayor fragmentación y simplificación de los mensajes. Ahí tenemos un desafío, el de comunicarnos con riqueza y matiz, buscando construir la comunión (que, siendo don, es siempre tarea). Y no solo es una tarea hacia dentro; también lo es hacia fuera. Nuestro mundo es un interlocutor difícil, que viene de vuelta, es cierto; pero quizás no más difícil que aquellos griegos que se burlaban de la necedad de la cruz o aquellos judíos que se escandalizaban ante un Mesías crucificado.

En cuanto al tema del discernimiento, no querría que sonara a una consideración piadosa o a una cuestión de moda. A lo que yo me refiero es a reforzar en nuestra vida religiosa el talante de escucha de la voluntad de Dios en las realidades en que estamos inmersos. Creo que éste es un aspecto central de lo que hemos llamado «renovación de nuestro hombre interior» en el último Capítulo General. No me refiero (solo) a un procedimiento de toma de decisiones, me refiero a un «estar dispuestos»: disponernos a renunciar al propio punto de vista parcial; disponernos a desandar el camino y convertirnos, como modo de avanzar en el seguimiento; disponernos a alegrarnos con el Señor y a descansar en él.

Cita algunos textos bíblicos que consideres significativos para la vida religiosa de hoy.

Un primer texto que en este tiempo me resulta significativo es el de Qoh 3, 1-15. Cita larga que comienza: «Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir…»; y que termina afirmando que Dios «da alcance a lo que huye». Lo traigo por si nos sirve –ésa es mi experiencia– para encontrar holgura en la angustia por las muchas tareas que tenemos por delante. El Dios Santo no solo es el Señor de toda la tierra, sino también el Señor de la historia; suyo es el tiempo. La vida religiosa apostólica se ocupa de lo urgente manteniendo el corazón en lo «único necesario» (cf. Lc 10, 38-42). Y me parece que eso solo es posible si creemos que Dios da alcance incluso a lo que –en su urgencia– se nos escapa. Creyéndonos esta Palabra imitamos a Jesús, que tuvo tiempo en Dios: tanto tiempo que llegó al extremo de morir en la cruz, a pesar de que había otras urgencias a su alrededor.

También creo que nos puede hacer bien escuchar de boca del Maestro: «Ánimo, soy yo, no temáis» (Mt 14, 27). Es verdad que el viento nos sopla en contra, y que la fatiga y el miedo pueden paralizarnos. Pero nunca caerá en saco roto la confianza puesta en el Corazón de Jesús, como aprendemos de nuestros fundadores. La fe es, en tiempos recios, una elección que puede hacerse y una gracia que puede pedirse.

Por último, en este tiempo en que nos duele que algunos hermanos abandonen la Congregación, me resultan significativos dos lugares del evangelio de Juan. Escuchar cómo Jesús, ante el «Señor, ¿y éste?» nos responde: «¿Y a ti qué? Tú sígueme» (Jn 21, 22). Nuestro «¿y éste?» suena a juicio y puede tener incluso cierto regusto a envidia; el Señor responde invitándonos a convertirnos a él. Es entonces momento de recordar con memoria agradecida toda la verdad que hay en un sencillo: «Señor, ¿y a quién iríamos? Solo tú tienes palabras de Vida» (Jn 6, 68).

Regálanos tres palabras clave que orientan y confirman tu vida.

En este momento, esas tres palabras podrían ser «horizonte», «destino» y «realidad».

Con «horizonte» evoco la experiencia de este último tiempo de ir creciendo en esperanza. Si miro hacia el futuro, no solo hay claros: veo también nubes, y algunas de ellas presagian tormenta. Sin embargo, el horizonte no desaparece. Sin ahorrarme los nubarrones, me recuerda que por delante me aguarda Dios y que por eso «es tiempo de caminar» (santa Teresa de Jesús).

Cuando elijo «destino» me refiero sobre todo a «destino compartido». En estos años, he descubierto en vosotros, mis hermanos y hermanas SSCC, aliento para el camino y compañía que alegra el corazón. Por eso, unir mi suerte –mi destino– a la Vida y Misión de esta familia religiosa es como poner un sello al vínculo de cariño y respeto que ya existe.

Y, finalmente, «realidad». Quizás la palabra que más falta me hace. Me he hecho consciente de que el dónde y el cuándo de Dios son el aquí y el ahora. Mi fantasía puede soñar con la entrega y mi ideal marcar metas elevadas; puedo emplear palabras bonitas y exhibir reflexiones vistosas… sin realidad, todo queda vacío. ¡Vayamos viviendo en verdad!

Sagrados Corazones
Sagrados Corazones
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