Hacia una espiritualidad de Jacob

En el boletín provincial «Nosotros SS.CC.», de la Provincia Ibérica, salía publicado este artículo de espiritualidad de Fernando Bueno Teomiro ss.cc., que os invitamos a leer.

La espiritualidad puede ser entendida como un tratado teológico, como un modo de vida o como un camino cristiano y personalizado que debe recorrer toda aquella persona que se abre a la gracia divina recibida en el bautismo. Muchas de las grandes religiones del mundo hablan de la vida espiritual como de un sendero, un camino o un viaje, de modo que la puerta al discipulado y seguimiento queda abierta dentro de tal camino. En la tradición judeo-cristiana, la vida del creyente también es vista como un itinerario. En el centro de la vida espiritual de Israel está el Éxodo. En base a la tradición de la Iglesia, e insertos en esta sociedad que clama una espiritualidad para vivir, como decía K. Rahner una cosa es cierta: “que el ser humano puede experimentar personalmente a Dios”.

No deja de ser curioso cómo algunos autores han releído toda la historia de salvación desde dos perspectivas, a saber, el Dios de los patriarcas y el Dios del éxodo, o lo que es lo mismo decir: el Dios de la fidelidad y el Dios de la liberación. Ya Pascal gritaba a viva voz que no quería un dios filosófico, sino que anhelaba al Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Un Dios que muestra su rostro a lo largo del Génesis como un Dios creador, como el Dios de la bendición y de la promesa y como el Dios de la alianza. En este artículo no pretendemos hacer un análisis pormenorizado de todos los elementos del ciclo de Jacob (Gn 25,19-35,29), pues muchos ya son conocidos: la fraternidad rota y restablecida, el robo de la bendición y la súplica de la misma… No obstante, es curioso cómo aun habiendo siglos de diferencia entre estas historias y nuestro mundo actual, este pasaje sigue siendo válido hoy en día, sigue siendo relevante y, sobre todo, sigue siendo actual. Éste es nuestro objetivo, retornar al ciclo de Jacob y proponerlo como camino espiritual a seguir.

Quizás podríamos anotar tres características de la sociedad y de la cultura actual en una mirada pausada de la realidad en la que nos insertamos. En primer lugar, el sentimiento de fragilidad, vulnerabilidad, contingencia y finitud ha invadido el mundo contemporáneo. Esta percepción viene de la mano de una crisis de aquella capacidad humana que había sido casi divinizada tiempo atrás, a saber, la razón. En segundo lugar, el deseo y casi la necesidad disonante de querer traspasar los límites que la sociedad impone a la vivencia humana. Aflora un sentimiento patológico de enclaustramiento, de asfixia, de esclavitud y falta de libertad, imponiéndose un instinto básico de conocer mundos nuevos, experiencias nuevas, una llamada humana a dejar el deseo y la vida del hombre abiertos a nuevos horizontes que explorar. Por último, la inmediatez, y la inmediatez temporal, es decir, el ansia de vivir el ahora y el presente, y el anhelo de vivir todo en el ahora y en el presente. Pues bien, si estas son las necesidades de la sociedad, el ciclo de Jacob “más que un viaje físico, el de Jacob es un itinerario espiritual. Es un alumbramiento y una inmersión en el misterio de Dios que le funda y explica, que le hace y le recrea en el amor que es y le participa como experiencia de gracia”.

Si por algo se caracteriza la experiencia de Jacob es porque, en primer lugar es una experiencia humana, y en este sentido le abre a la realidad que le rodea, le abre los ojos a las mediaciones dispuestas a su alrededor, y le coloca en una apertura hacia el mundo. Es, además, una experiencia religiosa que le lleva a una transformación total que lo descentra de sí mismo para centrarlo en el Dios de la promesa. Y, por último, es una experiencia de Dios, y de un Dios concreto que le catapulta a una cuádruple dimensión: alegórica, anagógica, tropológica e histórica. Jacob ha mirado “cara a cara a Dios” (32,31), ha experimentado la irracionalidad de Dios. La dimensión alegórica de su experimentar a Dios le hace percibir que Dios va mucho más allá de lo que él pueda experimentar, sentir o vivir (Deus Semper maior). En Betel descubre que aquel inhóspito lugar era “la casa de Dios y la puerta del cielo” (28,17), la irracionalidad de la experiencia de Dios se le impone como evidencia. Pero es precisamente esa irracionalidad, esa incomprensibilidad del misterio de Dios que se le presenta la que actúa de centro gravitatorio, de fuerza centrípeta, de atracción siempre activa que sutilmente le llamará como con “cuerdas de cariño”. Es la incomprensibilidad del misterio de Dios la que le lanza a buscar más ardientemente a Dios.

El sentido anagógico le abre a una esperanza siempre llameante. El amor de Dios que le llama y que sale en su camino no se convierte en un hermoso sentimiento que embota el corazón, sino en el lugar pleno donde realizarse como hombre y como criatura de Dios hecha a su imagen y semejanza. Es este amor, es la belleza de lo que Dios hace en él lo que se impone como camino significativo para poder volver al Dios vivo y verdadero. La gracia de Dios que tan generosamente se le ofrece se transforma en el aceite que mantiene encendido la llama de su fe, de una fe que le hace “alzar la mirada” (33,1), que le hace salir al encuentro de su hermano, que le aviva la esperanza en Dios, en los hombres y en sí mismo.

El sentido tropológico de la experiencia de Dios le convierte, le transforma, no deja a Jacob igual. El Jacob que huye luego sale a buscar el encuentro, el Jacob que roba la bendición luego la suplica, el Jacob que miente luego se sincera… La experiencia de Dios hace a Jacob morir a su pasado para nacer de nuevo, en delante se llamará Israel (32,29). Su vida cambia, ya no es dueño de sus pasos (29,1) sino que alza la mirada (33,1).

Por último, el sentido histórico de la experiencia de Dios que vive Jacob le hace reconocer a Yahvé en los acontecimientos de la vida, tanto que al final puede reconocer en su hermano el rostro de Dios (33,10). La fortísima y profundísima experiencia de Dios no solo le hace percibirle en el discurrir cotidiano de la vida, sino que además le confiere la posibilidad de empaparse de su presencia en los avatares del día a día. En este sentido, la lucha nocturna con la divinidad (encuentro en Penuel) se erige como punto de inflexión en su experiencia. Esta experiencia concreta de lucha con la divinidad hace pensar también en la aplicación de los sentidos en el vivir a Dios. El relato explicita que sucede durante la noche, momento del día en el que oscurece, donde el sentido de la vista pierda fuerza, donde la confianza no está puesta en los ojos. El relato, además narra como de repente vio que no podía con su contrincante. La experiencia de Jacob le lleva a anteponer la escucha a la vista en su experimentar a Dios. La vista se caracteriza por ser un órgano sensorial que induce a la confianza en uno mismo, es la persona quien ve, y en tanto que ve puede poner su confianza en eso que ve, eso que ve que lo percibe con antelación, puede ver algo y prepararse para recibir ese algo. Por el contrario, el sentido del oído nos lanza a la confianza en el otro, uno no se prepara para los sonidos sino que estos llegan de repente, sin previo aviso, nos sobresaltan, nos sacan de nuestro acomodamiento, y de este modo no nos dejan poner la confianza en uno mismo. Quizás, la experiencia de Jacob le hace vivir antes en la escucha que en la vista, antes en la confianza en el Dios que le promete asistencia que en sus capacidades propias que le han llevado a vivir como un furtivo. De este modo, la verdadera visión de Jacob en Penuel, aquella que le conduce a la fe, consiste en “no-abarcar” (Gregorio de Nisa), y el verdadero conocimiento de Dios vaya siempre acompañado del agustiniano “Si lo comprendes no es Dios” (“Si comprenhendis, non est Deus”).

Estos cuatro sentidos de la experiencia de Dios de Jacob hablan de totalidad y no de parcialidad, a saber, una experiencia que afecta a toda la persona de Jacob, a su haber, su poseer, su sentir… Es una experiencia radical, autofánica y teofánica. Es una experiencia de gracia y de fe, de dos personas, a saber, Yahvé y Jacob. Ambos aparecen descritos en el ciclo a través de una cierta experiencia kenótica. Es Dios quien desciende hasta abrazar a Jacob para salvarlo, y a la vez es Jacob quien se tiene que abajar hasta tocar la miseria que hay en él para encontrar allí al Dios de la promesa.

Tras este recorrido realizado queda clara la fuerza, la viveza y la actualidad que tiene este ciclo, esta historia en nuestra vida, en nuestro mundo y en nuestra cultura. Un ejemplo de persona creyente y de cristiano para nuestro mundo. Por eso, no nos gustaría acabar el artículo emprendido sin responder a una última pregunta: ¿Por qué Jacob es cristiano? Y para ello haremos alusión a la dimensión trifásica de la experiencia temporal de Dios. Jacob es cristiano porque en su pasado pudo experimentar el pesado yugo de su pecado y su debilidad hasta tal punto de necesitar huir de la realidad, sintiendo, en un determinado momento, que Yahvé lo salvaba del infierno y le devolvía la vida cuando ésta parecía haberse esfumado. Porque en su vida presente concluyen una serie de paradojas que le conducen a la sin-razón y al sin-sentido, con la sola seguridad puesta en Dios, y con la única confianza anclada en que el Dios de sus antepasados le protegerá y le guiará en su caminar terreno. Porque en su fragilidad y sus dudas Dios le ha mostrado que lo quiere y que lo elige para una misión concreta, y todo esto con la sola explicación de la belleza y de la verdad de su amor. Por último, porque en su vida futura se le abre un horizonte de esperanza que le hace mantener los ojos abiertos y puestos en el cielo, confiando providencialmente en el cuidado y sustento de Dios, y con la absoluta certeza de que podrán venir momentos en los que parezca que Yahvé se esconda, le deje de lado o incluso lo abandone, pero que ante todo se le impone una certeza, una llamada viva de Dios clavada y atravesada en el corazón como si de una lanzada se tratase, una voz permanente que le recuerda: “con misericordia eterna te reuniré […] dice Yahvé, tu Dios, que te quiere” (Is 54,7b.10b).

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Fernando Bueno Teomiro ss.cc.


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