Fiesta del nacimiento de un niño, llamado Juan

Reflexiones de Miguel Díaz ss.cc. para la solemnidad de San Juan Bautista.

Isabel y Joaquín son un matrimonio judío creyente, ya avanzado en edad. Emocionados conciben y acogen la vida de un hijo. Abiertos al futuro y agradecidos se preguntan: ¿Qué será de este niño? Hasta ahora nada de extraordinario. Todos los padres sienten lo mismo que Isabel y Joaquín. Sólo los padres saben de la honda, profunda y alegre experiencia que significa acoger la nueva vida que nace. Agradecidos y maravillados contemplan el fruto de su amor. Además, si son creyentes, en la nueva vida engendrada y recibida ven y sienten la bendición del Dios Creador y Padre de la Vida.

Con estos sentimientos, Isabel y Joaquín presentan a su hijo al Dios de la Vida y le ponen el nombre de Juan. Nombre con el que Dios le reconocerá, lo mismo que su primo Jesús. Dios nos llama a cada uno por nuestro nombre y así nos inscribe, desde el día de nuestro nacimiento, en el Libro de la Vida del cielo. También Jesús, cuando invita a seguirle, pronunciará el nombre de Juan, y el nuestro. Para Dios somos personas concretas, de una familia y cultura determinadas. No somos personas anónimas ni extrañas. Pertenecemos a su familia.

En los relatos inspiradores del nacimiento de Jesús y de Juan, a pesar de la pobreza material y sencillez, todo es luz, acción de gracias, bendición y don para los padres, para la familia y para toda la familia humana.

“¿Qué será de este niño?” Todos los padres se hacen la misma pregunta. Pero ya se insinúa la respuesta del creyente: “La mano del Señor estaba con él”. La escena está envuelta en una confiada esperanza que nace del Dios que nos lleva de su mano y del amor de unos padres, creados a su imagen y semejanza, que multiplican y acompañan la nueva vida como sólo ellos lo saben hacer.

Juan no defraudó las expectativas de sus padres. Tampoco les defraudó aquella mujer de la que su hijo podía decir con emoción en la homilía de su funeral “Mi madre ha dejado el mundo mucho mejor de lo que lo encontró al nacer”. Esta es nuestra misión y la de nuestros hijos; por eso son y somos bendición de Dios para los padres y para el mundo entero.

“Te doy gracias, Señor,

porque me has escogido portentosamente”.

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Redacción


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