Fiesta de San Damián de Molokai Redacción ss.cc.

Hoy, 10 de mayo, celebramos la fiesta litúrgica de San Damián de Molokai. Aurelio Cayón ss.cc., provincial de la Ibérica, ha publicado este mes un artículo en nuestra Revista 21 en el que nos habla de esta fiesta y que reproducimos a continuación:

Iglesia se escribe con C… de Compañía

La misión que Jesús encomienda a setenta y dos de sus discípulos (Lc 10, 1ss) no es para que la realicen en solitario, sino que los manda de dos en dos. Así es la misión en la Iglesia, una misión compartida, incluso cuando las circunstancias obliguen a la soledad. El creyente en Jesús está llamado a serlo en compañía, a caminar con otros, a vivir en sinodalidad.

San Damián De Veuster, cuya fiesta celebramos este mes, quiso ser misionero en una congregación religiosa que enviaba a muchos hermanos a las misiones lejanas. Él mismo fue enviado a las Islas Hawai con otros cinco religiosos y diez religiosas de los Sagrados Corazones en octubre de 1863. También le tocó vivir la soledad. Diez años después, el 10 de mayo de 1873, desembarcaba solo en Molokai para acompañar a los enfermos de lepra confinados allí. En los 16 años que permaneció en la isla, parte del tiempo tuvo algunos compañeros religiosos, pero también estuvo largos periodos en soledad, pese a su insistencia para que le enviasen otro sacerdote.

Damián no sintió la misión como algo propio, y al final de sus días expresaba la alegría de ser miembro de la Congregación, con esa expresión suya tan conocida: “¡qué bueno es morir hijo de los Sagrados Corazones!” (Relato de la muerte del P. Damián, W. Moellers ss.cc.)

En los momentos de soledad, se sintió acompañado por el mismo Dios. En su tarea como misionero se sabía enviado por el Señor. Sentir su compañía, sobre todo mediante el sacramento de la Eucaristía, era lo que le sostenía en su ministerio e incluso le hacía experimentar una extraña alegría. Así, escribe el 26 de agosto de 1886: “Siendo la santa comunión el pan de cada día para el sacerdote, yo me siento feliz, muy contento y resignado en esta situación tan excepcional en la que la Divina Providencia ha querido colocarme” (Carta a H.B. Chapman). Al final logró la compañía de sacerdotes, religiosas y laicos, a quienes supo implicar en una obra que no consideraba suya, sino de Dios. Obtuvo también la colaboración de otros muchos, católicos y no católicos. No se usaba la palabra sinodalidad, pero Damián supo caminar con otros. En su última carta a su hermano Pánfilo, escribe: “tengo aquí conmigo un sacerdote de Lieja, el padre Conrardy, y el padre Wendelin está en el segundo poblado. Además, dos hermanos [Joseph Dutton y James Sinnett, laicos] que me ayudan a cuidar un centenar de huérfanos… También tenemos hermanas, tres franciscanas hospitalarias. Los ingleses de Londres, tanto protestantes como católicos, sienten gran simpatía por mí y por la obra a que me he consagrado” (12-II-1889).

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Sagrados Corazones
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