¡Ésta es la juventud del Papa!

En este artículo nuestro hermano Fernando Bueno ss.cc. realiza una reflexión personal sobre su vivencia de la JMJ.

No es fácil que algo quede grabado en la mente y que constantemente venga a la memoria. No obstante, la vigilia en Cuatro Vientos así lo ha hecho. No puedo evitar emocionarme cada vez que recuerdo el silencio sepulcral que se hizo en aquella explanada cuando el Santísimo Sacramento fue expuesto. Tras la lluvia, el viento y el frío, casi dos millones de jóvenes caímos de rodillas para adorar al Señor. Es difícil olvidar el fervor y la fe con la que un chavalín que estaba delante de mí, hundidas sus rodillas en el barro, lloraba ante el Señor de emoción.

“Gracias por vuestra alegría” eran las palabras del Santo Padre. Ciertamente es para dar gracias a Dios. Si algo han conseguido estas Jornadas Mundiales de la Juventud es reavivar una alegría contagiosa en los jóvenes, una alegría de Dios que llega hasta lo más hondo del ser. Una alegría palpable en toda la ciudad, en el metro, en las calles…, pero también en las Iglesias, oratorios, celebraciones y oraciones. Todos los gritos y cánticos que se escuchaban por toda Madrid no eran más que la manifestación visible de algo más profundo y hondo: la experiencia de sentirse arraigados y edificados en Cristo. Creo que todos los que hemos participados en estas Jornadas podemos decir que al final realmente nos sentimos más firmes en la fe.

Nuestro querido Papa Benedicto XVI ha sabido transmitir una experiencia única, como sucesor de Pedro ha plasmado la imagen de pastor. El Señor es mi pastor y con Él nada me falta. Con Dios a mi lado nada he de temer. Esta experiencia eclesial de comunión universal ha reavivado esa imagen de pueblo de Dios. Es impactante ver cómo personas de diversas nacionalidades se unen a rezar, acuden a los 200 confesionarios del parque del Retiro, adoran juntos…y todo al mismo Dios, al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, el Dios de la promesa que cuida de su rebaño.

He oído muchas críticas acerca de la organización y el dinero gastado en estos días. Bien es cierto que a todo se le puede sacar puntilla, pero sería una pena no ver los maravillosos frutos que estas Jornadas Mundiales ya están dando. En estos días, en los que estoy hablando con muchos jóvenes que han participado, le estoy dando gracias a Dios por el amor que se ha despertado en la juventud de la Iglesia. Un joven que, tras esta “fiesta de la fe”, se empieza a plantear seriamente su vida desde Dios intentando dar una respuesta fiel al amor de Dios, es un regalo inmenso del Señor.

Los días previos a la llegada del Papa, el Via Crucis, la Vigilia, la Eucaristía final… Bastaba no tener los ojos cerrados para estremecerse ante el poder y el amor de Dios. A través de la amabilidad de la gente, del servicio de todos los implicados en la organización, de los rostros de los peregrinos… todo esto daba a conocer al mundo el rostro de un Dios bondadoso y misericordioso, providencial y generoso, un Dios que es Amor. Y un Dios amor que, como dice San Pablo, se ha manifestado en el servicio, la paciencia, la afabilidad, la humildad…

A modo de confesión personal, me siento tremendamente agradecido a Dios por haberme permitido vivir esta experiencia. Ahora que me toca cambiar de comunidad y destino, el gozoso recuerdo del encuentro con Dios en estas Jornadas Mundiales me sirve de alimento y motor, de estímulo para responder con fidelidad y entrega. Cuando el cambio se hace difícil, la experiencia de arraigo en Cristo me hace sentirme profundamente firme en la fe. Las palabras de agradecimiento del Santo Padre por nuestra alegría y perseverancia en la fe se tornan ahora, más que nunca, una llamada viva de Dios mismo. ¡Esta es la juventud del Papa!, sí.

Fernando Bueno ss.cc.

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Redacción


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