«En manos del Dios de la Vida»

Comentario al Evangelio dominical a cargo de Miguel Díaz Sada ss.cc.

La Palabra de Dios nos invita a enfrentar desde la fe, y como discípulos de Jesús, el futuro de la historia y de nuestras vidas. No nos transmite un mensaje apocalíptico de destrucción sino de esperanza. Con un ropaje literario difícilmente comprensible para nosotros, se nos anuncia un futuro esperanzador al que nos abre la fe en Jesús, el Señor Resucitado. La historia camina hacia su liberación. Los poderes opresores no permanecerán a perpetuidad. El mundo inaugurado y predicado por Jesús es semilla de algo maravilloso que los cristianos podemos intuir desde la fe y desde experiencias fuertes de entrega y servicio a los demás.

Nada nos permite hacer una lectura de estos textos en modos justicieros, como si solo algunos tuvieran acceso al banquete de bodas. La vocación a la salvación es universal y cósmica. El Dios revelado en el rostro y en la vida de Jesús no es un Dios Juez sino un Dios Padre, buen samaritano, cercano, providente, comprensivo, misericordioso. El Dios de Jesús, el Dios de los últimos tiempos y de nuestro tiempo, no es el Dios del “día de la ira” sino el Dios del “día del perdón”, que sale al encuentro de todos los hombres y mujeres creados a su imagen y semejanza..

Entrar en el “último día”, vivir los “novísimos” es caer en los brazos acogedores del Dios de la creación, de la historia y de cada uno de nosotros. El creyente que lee la vida a la luz de la fe en el Dios Padre de Jesús, se convierte en profeta de buenas noticias y nunca en profeta de mal agüero. Transmite ánimo y comunica esperanza. Ser profeta no es una rareza antigua, es derramar aliento y espíritu en el entorno en que se vive, ser persona positiva para la construcción de un mundo mejor.

Mientras tanto, aunque el futuro esté en manos del Dios de la Vida, los discípulos de Jesús hemos recibido su misma misión y tarea: anticipar a nuestro mundo el mundo de Dios, el mundo que se hará pleno y definitivo el día del retorno glorioso del Señor: un mundo filial, fraterno y solidario. En esta tarea, como nuestro Maestro, queremos arriesgarlo todo. Para que no desfallezcamos en el intento, El nos acompaña en el camino y nos fortalece con el Pan de la Eucaristía.

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Redacción


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