En la solemnidad de la Asunción

En una de sus cartas a la Congregación, Javier Álvarez-Ossorio ss.cc. ha reflexionado sobre la figura de la Virgen María. Aprovechamos esta reflexión para ambientarnos en la solemnidad de la Asunción de María.

“Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo?” (Jn 2,4). Esta pregunta de Jesús a su madre afecta directamente a la razón de ser de nuestra Congregación. “La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto”, decía el Buen Padre. No se menciona solo el corazón de Jesús. Se trata de los corazones de Jesús y de María. El nexo entre los dos nos concierne de manera particular. ¿Qué pasa entre el corazón de Jesús y el corazón de María? ¿Qué tienen que ver el uno con el otro?

El evangelio de Juan muestra a la madre de Jesús esencialmente ligada a la “hora” de la manifestación mesiánica: desde el inicio del ministerio de Jesús en Caná hasta el cumplimiento en la cruz. En ambos lugares, María es la “mujer” de los tiempos nuevos, la esposa de las nupcias del Reino, la madre en la comunidad de discípulos. “María ha sido asociada de una manera singular al misterio de Dios hecho hombre y a su obra salvadora” (Constituciones 2). Su unión con Jesús determina nuestra vocación y nuestra manera de anunciar el Evangelio.

Una espada te traspasará el alma (Lc 2,35)

“Una espada te traspasará el alma”, dice el viejo Simeón a la joven María, que lleva en brazos a su hijo Jesús. ¿De qué espada se trata?

En el Apocalipsis, Jesús resucitado aparece con una espada aguda de doble filo saliendo de su boca (Ap 1,16). Es la espada de su palabra viva y eficaz, que “penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos, y juzga los deseos e intenciones del corazón” (Hebreos 4,12). Jesús mismo es esa palabra. Él es la espada.

María vivió con el alma atravesada por la palabra de su hijo. Esa palabra-espada hiere y abre el corazón porque provoca enfrentamientos y contradicción y sirve para que se ponga de manifiesto lo que cada uno lleva dentro. No es fácil aceptar a ese tal Jesús. Su modo de hablar es duro, “¿quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60). La cosa duele.

El combate interior de María para digerir la palabra de su hijo es el combate de la fe. Ella, la hija de Sión, sufre en su propia carne la tensión entre lo viejo y lo nuevo, que hace que, por causa de Jesús, muchos en Israel caigan y se levanten (Lc 2,34). Los cuatro evangelios, cada cual a su manera, nos muestran cómo Jesús provoca una fractura en el pueblo de la alianza y entre sus mismos discípulos. Unos aceptan, otros rechazan. Jesús no juzga, porque no ha venido a juzgar sino a salvar el mundo. “Pero -dice- la palabra que he pronunciado, esa juzgará en el último día” (Jn 12,48). Hasta ese último día, ninguno tiene derecho a juzgar a su hermano, pero todos vivimos el desgarro que provoca la palabra-espada que atraviesa el alma y la consciencia de cada uno. De María también. De María, en primer lugar.

“No he venido a sembrar paz sino espada”, dice Jesús (Mt 10,34). El vino nuevo no se lleva bien con los odres viejos. El perfume de Betania resulta insoportable para Judas. Con Jesús se desencadena un conflicto que saca a la luz la verdad de los corazones y pone a prueba la calidad de los tejidos que nos visten por dentro.

María está asociada de manera singular al misterio de Jesús y de su redención porque ha vivido en sí misma este combate: desde el desgarro del embarazo (“¿cómo será eso?” Lc 1,34) hasta la maternidad nueva de la cruz (“ahí tienes a tu hijo” Jn 19,26). María no es ajena al desconcierto de la familia, que pensaba que Jesús estaba fuera de sus cabales (Mc 3,21). También sufre por la temprana importancia que Jesús da a las cosas de su Padre (Lc 2,48-50). A pesar de todo, ella será la discípula que conserva la palabra de Dios (esa palabra-espada) en su corazón. Como solo la mujer sabe hacerlo, guardará ese tesoro en su interior, y vencerá amorosamente las pruebas del escándalo, de la pobreza, del destierro, de la desbandada de los apóstoles, de la cruz. El poder de las tinieblas no consigue derrotar a Jesús. El dragón apocalíptico tampoco puede con esta mujer (Ap 12,17). María resiste. Ni las aguas torrenciales, vomitadas por el dragón (Ap 12,15), podrán anegar su compromiso de amor (Ct 8,7).

La obra salvadora

Lo que ocurre en María es esencial para la obra de Jesús. El símbolo del corazón se orienta hacia una relación, hacia otro corazón con el que engarzar un diálogo de amor. El corazón, como el amor, pide respuesta. Como la voz del esposo y de la esposa (Jr 33,11), que se llaman mutuamente para un encuentro de afecto, de cuerpo, de alianza.

En el misterio de la salvación, que es misterio de encarnación de Dios en lo humano, el primer diálogo de corazón a corazón es el que acontece entre Jesús y María. Lo que ocurre entre María y Jesús nos revela cómo es Dios y nos anuncia a qué está llamada la aventura humana. Lo que ocurre entre María y Jesús ilumina las luchas de la vida, la aridez de nuestro pecado, la aspiración de los pobres, y las penas -a menudo desgarradoras- de la existencia en este “valle de lágrimas”. Lo que ocurre entre María y Jesús abre una puerta a la esperanza.

María ha sido asociada a la obra salvadora porque Dios salva humanándose y creando lazos de misericordia. Y eso solo se puede entender a partir de la maternidad y del discipulado de María.

Uno de los conceptos teológicos más resbaladizos es justamente el de redención. ¿Por qué tenemos que ser redimidos? ¿De qué tenemos que ser salvados? ¿Por qué hay que entender el ser humano a partir de una deficiencia, de una culpa, de una situación de postración, como si de un náufrago se tratase? Pregunta inquietante para la propia consciencia. Obstáculo espinoso en el diálogo intercultural e interreligioso. Motivo de suspicacia insuperable para buena parte de la mentalidad moderna occidental, tan celosa de la autonomía del individuo.

No tengo respuesta a tan elevadas cuestiones. Lo que sí sé es que, para entrar en ese misterio de redención (para entrar, no para explicarlo), se debe pasar por la puerta del abrazo que acontece entre esos dos corazones, el de Jesús y el de María; dos corazones santos, unidos, entrelazados, cómplices… Los Sagrados Corazones.

Ahí tienes a tu madre (Jn 19,27)

La relación entre Jesús y María engendra una multitud de creyentes. En primer lugar, porque en María es engendrado Jesucristo, que es el primogénito de toda criatura, el primero de una multitud inmensa de hermanos (Col 1,15.18). Y también porque, al llegar la hora del Hijo, María se convierte en la madre de los creyentes, de la humanidad nueva, del nuevo pueblo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26).

Todo ser que viene a este mundo está llamado a cobijarse bajo el amparo de este misterio de filiación, de maternidad, de comunión. Nadie está solo. Nuestra vida consiste en entrar en esa relación inaugurada por la unión del corazón de Jesús y el corazón de María. Nosotros, consagrados a esos Sagrados Corazones, podemos entender nuestra misión como un trabajo destinado a engarzar a otros en esa relación: despertar en cada corazón la sorpresa cautivadora de encontrarse también incluido en ese abrazo de corazón a corazón.

Una misión semejante solo se puede realizar mediante contactos humanos cercanos y misericordiosos, comprometiéndonos verdaderamente con las personas que encontramos, sin pasar de largo ante ellas. Las personas no son nunca objetos que clasificar, o asuntos que despachar, o medios que utilizar. Cada persona es un hijo o una hija de Dios, redimido por el misterio de amor del corazón de Jesús (del que sale sangre y agua) y del corazón de María (corazón también herido, también fecundo).

Evaluemos, pues, hermanos, la calidad de nuestras relaciones humanas. No nos quedemos distantes de aquellos que servimos. En particular, creo que es bueno que nos impliquemos directamente en la tarea de la trasmisión de la fe. No nos retiremos de la catequesis ni de la formación cristiana, como si fueran cosa solo de otros: correríamos el riesgo de convertirnos en meros funcionarios religiosos que presiden sacramentos sin escuchar el corazón de las personas. Tomemos también la iniciativa para ir más allá de los círculos que son “ya creyentes”, de manera que demos a conocer a más gente este misterio de amor misericordioso al que estamos consagrados. Dediquemos tiempo a atender a las personas, especialmente a los más pobres y a los más sufrientes. Proclamemos con nuestra vida que el amor de Dios se ha encarnado en Jesús, nacido de María, y que, precisamente por eso, el corazón de cada ser humano es tierra sagrada donde Dios actúa.

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Redacción


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