Elogio del Padre Damián

En el programa radiofónico de Luis del Pino, del pasado sábado santo, hizo una glosa del Padre Damián para acabar reflexionando acerca de lo bien que nos iría si hubiera más “padres damianes” en este mundo.

Jozef de Veuster nació el 3 de enero de 1840 en Tremelo, un pequeño pueblo en el norte de Bélgica.

A los 19 años ingresa en la Congregación de los Sagrados Corazones, tomando el nombre de Damián, y cinco años después, en 1864, es enviado como misionero a Hawaii, donde recibe la ordenación sacerdotal.

Por aquella época, las enfermedades traídas al archipiélago hawaiano por los europeos se cebaban en la población local, especialmente la sífilis y la lepra. El primer caso documentado de lepra, que por aquel entonces era incurable, data en Hawaii de 1848, pero a partir de ese momento la enfermedad se propagó a toda velocidad hasta alcanzar proporciones epidémicas. Y el gobierno hawaiano, con el fin de frenar los contagios, ordenó que todos los leprosos fueran confinados en la cercana isla de Molokai.

Y, efectivamente, en aquella isla yerma fueron desembarcados a partir de 1866 centenares de leprosos, a los que se arrancó de sus familias y se los abandonó a su suerte, sin ningún tipo de asistencia médica y sin más comida ni agua potable que las que les llevaban periódicamente en barco desde Hawaii. Tanto los nuevos leprosos como las provisiones eran arrojados al mar desde los navíos, que se mantenían casi siempre a una distancia prudencial de la costa por miedo al contagio.

Molokai se convirtió así en un lugar maldito, sin esperanza ni ley, en el que hombres, mujeres y niños vivían prácticamente como animales, sufriendo el lento progreso de la enfermedad, viendo cómo sus miembros y sus rostros se iban pudriendo y acabando por morir como perros. La esperanza de vida de los enfermos que llegaban a Molokai no superaba los cinco años.

El obispo católico, horrorizado por las condiciones de vida a las que el gobierno hawaiano había condenado a los leprosos, reunió a todos los sacerdotes de la diócesis y les expuso la situación. Conscientes de que arriesgaban su vida, cuatro de aquellos misioneros se ofrecieron de todos modos como voluntarios para ir a Molokai a atender a los enfermos. Decidieron que se harían cargo de la tarea por turnos y el primero al que le correspondió fue al Padre Damián, por ser el que tenía una constitución más robusta.

Desembarcó el religioso belga en Molokai el 10 de mayo de 1873 y enseguida comenzó una incansable y frenética labor para confortar y auxiliar a aquellos desventurados y para devolverles la dignidad perdida: construyendo casas, preparando huertos, edificando una iglesia, levantando una escuela, restaurando el respeto por los demás, atendiendo a los moribundos, protegiendo a los numerosos huérfanos, fabricando ataúdes para enterrar a los inevitables muertos que traía cada día y recibiendo a las nuevas remesas de enfermos llegados de Hawaii, que pronto elevaron el total de leprosos a más de mil.

A petición del propio Padre Damián, y de los habitantes de Molokai, el obispo abandonó la idea de ir turnando a los sacerdotes en aquella isla y aceptó que Kamiano (como llamaban a su benefactor los leprosos) se quedara allí de forma permanente.

Y poco a poco la labor del Padre Damián comenzó a correr de boca en boca y la ayuda material empezó a llegar desde Europa y Estados Unidos, permitiendo aliviar la miseria de aquellos infelices.

Un domingo de 1885, el Padre Damián comenzó su homilía con estas palabras: «Nosotros, los leprosos, somos los amigos de Dios. Él nos ama. Algún día, todos tendremos un cuerpo nuevo…».

Aquellas palabras – «Nosotros, los leprosos» – fueron la confesión pública, ante sus fieles, de que también el Padre Damián había terminado por contraer la enfermedad, después de doce años de trabajo constante con los leprosos.

A partir de ahí, su cuerpo y su cara fueron pudriéndose y cubriéndose de llagas purulentas al mismo lento ritmo que tantas veces había visto el Padre Damián en sus feligreses. Pero no por ello dejó aquel religioso de trabajar y de confortar a los que veía sufriendo a su alrededor, hasta dos semanas antes de su propia muerte, cuando ya las fuerzas le abandonaron.

Falleció el 15 de abril de 1889, en su celda de Molokai, donde solo contaba con un jergón de paja, unas mantas, una mesa, una silla y dos libros de contenido religioso: la Biblia y una Vida de los Santos.

Permítanme, hoy que es Sábado Santo, que les llame la atención sobre el tremendo contraste entre la figura del Padre Damián – San Damián de Molokai – y tantos ídolos de masas y líderes políticos de nuestro tiempo.

Encontrar gente dispuesta a matar por sus ideas es muy sencillo.

Encontrar personas dispuestas a morir por aquello en lo que creen es bastante más complicado.

Y encontrar hombres y mujeres capaces de morir, no por imponer a nadie ninguna creencia, sino por amor a los demás, es aún más raro.

En estos días en que volvemos a ver arreciar los ataques al Cristianismo, déjenme que les pregunte: ¿cuántas ideologías conocen ustedes que hayan hecho del amor a los demás uno de los pilares fundamentales de su actuación?

¿Cuántas ideologías pueden presumir, como la Iglesia Católica, de haber dado tantas personas que consagraron su vida entera a aliviar el sufrimiento de quienes les rodeaban?

Sea uno cristiano o no lo sea, es imposible dejar de reconocer cuánto mejor nos irían a todos las cosas si el mundo entero estuviera plagado de padres damianes, de personas dispuestas a poner en práctica aquello tan simple de «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo».

Cuántos problemas nos ahorraríamos todos si así fuera, ¿verdad?

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Libertad Digital


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