El Continente al que llegamos tarde…

Este fin de semana pasado (18 y 19 de enero) se celebraron en Madrid unas jornadas sobre redes sociales y PJV, organizadas por Confer bajo el nombre de #echandoREDes. Estuvieron a cargo de las iniciativas “iMision” y “De camino a…”, y nos han sido útiles para reflexionar sobre el enorme mundo de la red a los tres hermanos que allí nos encontramos: Fernando, Manuel y yo.

El mensaje de estas charlas ha sido claro, directo, y muy, muy potente: Internet no es una herramienta, sino un LUGAR. Un lugar “virtual”, lo cual no significa “no real”. Un lugar donde está la gente, gente que habla lenguajes nuevos y extraños, pero con los mismos anhelos de siempre. Un lugar donde proponer nuestro mensaje, pero también donde escuchar lo que otros tienen que decirnos (como un “atrio de los gentiles” natural). Un lugar donde dejarse cuestionar, donde estar expuestos a la intemperie. Un lugar donde comunicarse, y, ¿por qué no?, crear comunidad.

Y un lugar al que llegamos tarde. Al fin y al cabo, incluso el Papa habla ya de “el continente digital” al que también tenemos una Buena Noticia que llevar (habló así en su mensaje a los jóvenes de noviembre de 2012, poco antes de abrir una cuenta de Twitter). Si bien es cierto que vamos teniendo pequeñas presencias en la red (esta página web institucional, nuestra hermana Marina en “De camino a…”, participación en “Ikeadviento”), después de las jornadas pienso que deberíamos hacer una reflexión, personal y provincial.

La invitación personal puede ser a viajar al nuevo continente que es la red, y atrevernos a “vivir” en él. Las redes sociales (Facebook, Tuenti, Twitter, Blogs personales) se convierten bajo esta clave en un ámbito más en el que estar. ¿Por qué no frecuentarlas? Tres jóvenes (que tuvieron oportunidad de hablarnos el viernes por la tarde) nos decían que no les gusta “que se les intente “vender” la religión y la vocación” pero nos pedían que estuviéramos en las redes: no como el cruzado que a base de Biblia y espada pretende imponer su verdad, sino como el que simplemente vive y, con su vida dice: “Este soy yo… éste es Jesús… esto es lo que me da Vida en abundancia”. ¿Por qué no hacernos más presentes como sal en la masa, mostrando nuestra cotidianidad, en lugar de pretender ir “a la caza de vocaciones”? No olvidemos que detrás de cada perfil de Facebook o Twitter hay una persona real con sus necesidades, sus ilusiones, sus heridas… ¿acaso nuestra llamada reparar no incluye acoger y acompañar a la gente en ese ámbito (real) de sus vidas?

Por otro lado, la Provincia puede preguntarse si anima y potencia las presencias personales de los hermanos, pero no ha de quedarse ahí. Como institución podemos pensar cómo queremos estar en la red… ¿Qué tal sumarse a iniciativas intercongregacionales que ya caminan por aquí? ¿Por qué no algún proyecto de colaboración con nuestras hermanas, significativo y que dé testimonio? ¿Qué tal una presencia más activa y arriesgada en espacios de falta de fe (espacios de misión, en el fondo)? ¿Por qué no salir a sembrar también en este campo, y dejar que el Espíritu haga germinar lo que quiera?

Es verdad que existen peligros y dificultades, pero quizás nuestra presencia discernida en las redes sirva para contrastar y educar; puede que incluso para invitar a dar el paso de lo virtual a lo no-virtual. También es cierto que no podemos ir con la ingenuidad de pensar que “ésta es la solución a nuestros problemas”, ni pretender que lo digital reemplace el “cara a cara”. Pero está claro que las redes no son ya una herramienta o un elemento publicitario, sino un ámbito de encuentro con personas. Ante este hecho, con difícil vuelta atrás (nos guste o no), se abre la alternativa: ¿optamos por él o elegimos no hacerlo?

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Pablo Bernal Rubio ss.cc.


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