Crónica del campo de trabajo de Regina Mundi II

Ángela Ordóñez ss.cc. nos cuenta en esta detallada crónica cómo ha transcurrido el segundo campo de trabajo de Regina Mundi de este verano.

Pasan los minutos y sigo mirando la página en blanco, esperando alguna luz que me ilumine para contar con fidelidad la intensidad de lo vivido en esta casa. Sólo resuena una pregunta ¿Cómo lo hago? Y me imagino que es la misma pregunta que tendrían los discípulos de Jesús después de que Él les dejara. ¿Cómo le cuento al mundo que Jesús me ha llevado de la mano en el encuentro con los últimos? ¿Cómo explico que acabo de cruzar la puerta dejando atrás una pequeña parcela del Reino de Dios? ¿Cómo cuento que he vivido en un hogar del que me han hecho sentir parte? ¿Cómo le digo al mundo que me he conocido a “Marta y a María”, juntas e inseparables? ¿Cómo consigo transmitir que la Buena Noticia es verdad… que los últimos son los primeros? ¿Cómo explicar que realmente se puede vivir confiando en la Providencia para aquellos que buscan el Reino de Dios y su justicia? … lo voy a intentar.

Dicen que las grandes revelaciones de Dios se hacen en lugares apartados, fuera del gentío, de la ciudad, de las aglomeraciones. Muchas veces a lo largo de la Historia de la Salvación, el Buen Dios llevó aparte a aquellos que le buscaban, les hizo subir a un monte, alto, desde donde poder contemplar la realidad con cierta distancia y perspectiva, y allí, les habló al corazón.

Los que conocen la casa de Regina Mundi entenderán que esta descripción encaja muy bien con ella. Un hogar pintado de blanco, a las afueras de Sevilla, en lo alto de un monte. Y así comenzábamos el Campo de trabajo, ascendiendo al lugar más alto del terreno, en el silencio de la noche, cuando el mundo dormía, nosotros contemplábamos: la casa a nuestros pies, la ciudad en la distancia. Y nosotros con un corazón dispuesto y dos manos deseosas de trabajar. ¿Qué quieres de nosotros Señor? Y Él habló: “He visto la opresión de mi Pueblo… ve tú… yo te envío. No tengas miedo, yo estoy contigo.”

Y sus promesas se han ido cumpliendo a medida que avanzaban los días. Pudimos contemplar con Él la opresión de su Pueblo, las historias de rechazo, abandono, maltrato, carencia, violencia, dolor, mucho dolor… y sin embargo nunca fueron las lágrimas las protagonistas, salvo en la despedida. Las de los hombres, mujeres y niños que habitan esta casa son historias de salvación y agradecimiento, de vida tras la muerte, de superación en la dificultad, de ternura, de cariño, de familia donde no la había. El dolor queda en el pasado, y eso no significa que la vida para los acogidos sea fácil, todo lo contrario, las trabas aparecen cada mañana: ruedas en lugar de piernas, pañales en lugar de servicio, babero en vez de servilleta, ojos para los que un día tuvieron palabras, sonda para el que conoció el sabor de las cosas, tartamudeo para un alma de poeta y trovador… todo a su alrededor les recuerda que su vida es diferente.

Pero hay algo en Regina Mundi que tiene más poder que el dolor: el amor de Dios que les devuelve la dignidad un día arrebatada. Hace falta verlo para creer que en esta casa lo único que se escucha en cada esquina son risas, siempre el humor tan necesario para sobrellevar la dificultad y para relativizar las piedras del camino. Reconozco que ha sido el humor el que nos ha ayudado a acercarnos a los enfermos como iguales, con lo que eso significa para ellos y para nosotros. El humor traspasaba las barreras del olor, la torpeza, la incomprensión, acercándonos a la manera de amar de Jesús que traspasaba la barrera de la piel para mirar el corazón del hombre. El humor con los anfitriones de la casa rompe los muros de la lástima que tantos otros han tenido con ellos, o de la burla, para dejar paso a la misericordia.

El trabajo, aunque parezca mentira, no es la clave de este campo de trabajo, aunque las horas de limpieza y aseo de los enfermos a veces eran eternas. Aquí las relaciones tienen algo de especial y novedoso, algo de misterio, y en ellas está la clave pero, para llegar a ellas, hay que empezar por el trabajo.

En el mundo, la manera de conocer a otros y profundizar en la relación, suele ser a través de nuestros dones. Es lo primero que mostramos, y lo primero que buscamos, es lo que nos hace conectar con alguien, sintonizar con lo que vive, y quizá con el tiempo quererle. Aquí la dinámica es a la inversa, la primera impresión, la primera imagen, no es la de los dones, sino la de la miseria, aquello que nosotros habitualmente tardamos meses, o incluso años en mostrar, por miedo a no ser amados, es para ellos su carta de presentación, y sólo aquel que esté dispuesto a salvar ese muro, podrá encontrarse con sus dones, quizá largamente escondidos. Yo sólo he encontrado una manera de acercarme a la miseria de otros y es desde la mía propia, por eso nombro el sentido del humor tan necesario en este lugar: sólo cuando ellos nos perciban también como hombres débiles, que se equivocan, se entristecen, sufren, pierden, fracasan, hieren, son abandonados… sólo entonces, confiarán en nosotros y nos dejarán amarles. El trabajo sólo es un medio para poder amar como Jesús lo hizo y lo hace, es la oportunidad que se nos brinda para acercarnos a los sufrientes de este mundo, sentarnos a su lado, como iguales, quererles y permitirles que nos quieran.

En eso hemos estado estos días en el “monte de Regina”. Las hermanas de la comunidad hablaban de nuestro campo de trabajo, como el que ha hecho más salidas y excursiones de la historia (piscina, cine, Isla mágica, macrofiesta de las casas de la Institución, cumpleaños de Yoni, y vuelta a la piscina). Nacho Domínguez como veterano creativo e incansable, dando vida y alegría a la casa, y yo como principiante ilusionada, coordinábamos un grupo de 9 chicos y chicas de Málaga, San Fernando y Madrid, entre los que también estaba Pablo Bernal, nuestro novicio. Ha sido una experiencia preciosa con ellos, venían deseando ponerse al servicio y lo han hecho, se han dejado tocar por la realidad de esta casa, se han volcado en el cuidado de los enfermos y en el trabajo, y lo más importante, han querido y han abierto el corazón para dejarse querer.

Por último, pero no menos importante, una palabra para las hermanas que sostienen y creen en el milagro de esta casa. Ellas siempre dicen (medio en broma medio en serio), que no pueden pedir. Hoy pido yo por ellas, para que conserven la radicalidad evangélica que las caracteriza, y para que Dios las cuide y puedan seguir haciendo tanto bien a los que cruzan las puertas de su casa, hablando a otros, con su vida, del Corazón de Jesús.

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Redacción


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