Crecer en Solidaridad Aurelio Cayón ss.cc.

Estos días se ha publicado digitalmente el «Nosotros», el boletín provincial dirigido a los hermanos de la Congregación. En la misma, Aurelio Cayón ss.cc., Superior Provincial, publica una carta dirigida a los hermanos que puede aportarnos mucha luz a lo que estamos viviendo en esta crisis sanitaria. La reproducimos a continuación:

Queridos hermanos:
Me vais a permitir que comience esta vez la carta que encabeza nuestro boletín provincial “Nosotros SS.CC.” con esta reflexión de la psicóloga italiana Francesca Morelli que, en estos días de la crisis del coronavirus o pandemia del Covid-19, está circulando por Internet y que en el mismo grupo de WhatsApp de la Provincia fue compartido hace unos días. La traigo aquí porque me parece una reflexión interesante en este tiempo de Cuaresma, este año más especial, por el parón provocado por las medidas especiales para combatir o atenuar la extensión del virus.
El texto mencionado dice lo siguiente:
“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…
En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…
En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aun no teniendo ninguna culpa, aun siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.
En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?
En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.
En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?
En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.
Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos por qué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todo ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.”
Disculpad la larga extensión de la cita, pero me parecía que copiarla entera podía ser más interesante que la página que yo pudiera escribir en su lugar y, aun sabiendo que ya habíais podido leerla, creo que nos viene bien releerla.
En esta Cuaresma os invito y me invito a mí mismo a aprovechar que tenemos menos actividades pastorales y de otro tipo, para pensar un poco más sobre nosotros mismos, sobre nuestras actitudes y sobre lo que las circunstancias pueden enseñarnos.
Puede ser bueno que nos preguntemos si cada uno de nosotros y nuestras comunidades estamos suficientemente comprometidos con el medio ambiente y con su cuidado, si contemplamos nuestro mundo y la naturaleza únicamente como algo admirable y de lo que nos servimos, incluso como un regalo de Dios, o si lo vemos también como algo que se nos ha prestado, con lo que hemos de ser responsables y que depende de nuestro cuidado.
Podemos aprovechar este tiempo para plantearnos cómo nos situamos ante aquellos que son discriminados o rechazados, con los que no tienen la libertad de movimientos que para nosotros es algo ordinario, con los que sufren enfermedades que generan miedo o rechazo social, con los que son de otra raza, o son pobres, o piensan distinto… Podemos pensar en el Padre Damián cuando, primero voluntariamente y luego siendo uno más entre ellos, se identificó con los habitantes del lazareto de Molokai.
Quizás el parón de actividades, al que nos vemos sometidos, nos haga darnos cuenta de que el mundo sigue girando sin nuestra acción y de que podemos dedicar tiempo a otras cosas menos eficaces, valorar el estar en casa, la lectura, la oración, el estar sin más con los hermanos… Es probable que tengamos que aprender a medir el tiempo, no solamente desde el valor de la eficacia, sino desde otros valores que también producen sus frutos.
Puede ser este un tiempo oportuno para profundizar y revalorizar el espíritu de familia que forma parte de nuestra tradición congregacional. Me quedo en casa y convivo más con mis hermanos, busco que nuestra comunicación sea más profunda, les dedico tiempo y tengo detalles con ellos. Y puede ser esta una oportunidad para pensar si todo esto no habremos de cuidarlo también cuando ya no tengamos que estar en casa por obligación.
Quizás hemos de revisar nuestra comunicación, la verbal y la no verbal, nuestros gestos hacia los demás, la virtual y la presencial. Podemos preguntarnos si estamos verdaderamente cercanos a los otros y si nuestras palabras y nuestros gestos ayudan a los demás.
Podemos hacer de esta Cuaresma una oportunidad para pensar en nosotros, pero en relación con los demás, para empezar a crecer en solidaridad, para fomentar la comunión, para reconocer que nuestra vida y nuestros actos tienen repercusión en los que nos rodean. Podemos, finalmente, aprovechar este tiempo más desocupado que tenemos, para recordar que seguimos a alguien que se identificó con el hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo o preso, hasta el punto de que, lo que hicimos a uno de esos, a él se lo hicimos (cf.: Mt 25, 35-40).
Esto es algo de lo que yo he podido pensar tras la lectura del texto de Francesca Morelli. Estoy seguro de que a vosotros se os ocurre mucho más. Que se os dé bien la reflexión.
Fraternalmente, en los Sagrados Corazones,
Aurelio Cayón Díaz ss.cc.
Superior Provincial
Sagrados Corazones
Sagrados Corazones
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