Convivencia de la comunidad

Nos llega este artículo, elaborado por la joven Tamara Cordero Jiménez, en el que expresa sus vivencias de la convivencia de la comunidad, desarrollada del 6 al 11 de agosto en la Casa de Espiritualidad P. Damián de Jerez de la Frontera.

La experiencia que he tenido de Dios en esta convivencia es mucho más extensa de lo que voy a reflejar en estas líneas. Al comienzo de esta semana yo compartía que sentía que era mi momento, que la necesidad de pararme a convivir con Dios crecía en mi y que traía mi corazón vacio de distracciones para servirle.

Mi primera sorpresa llegó cuando descubrí que yo me sentía el centro de esa experiencia y que estaba equivocada. El centro, el pilar fundamental es Cristo, y no un Cristo cualquiera, un Cristo crucificado, que nos deja conocer su amor incondicional por encima de todas las cosas.

Supongo que me es posible afirmar que el encuentro que he tenido con Dios en esta semana ha sido muy ilustrativo, formativo, me ha abierto los ojos a mirar mi comunidad de una manera cristiana. Pero si hablo desde el corazón mi encuentro con Cristo resucitado ha ido mucho más allá.

Es difícil interpretar con palabras lo que se siente cuando dejas que sea Dios, cual alfarero, el que moldee tu vida a su imagen y semejanza; es difícil traducir a palabras la paz y la felicidad que se encuentra entre sus brazos de misericordia.

Es difícil transcribir lo que Dios me ha ido diciendo estos días, pues igual que Él no usa la voz para comunicarse conmigo, a mi me resulta imposible darle vida a estas palabras para que suenen a la tranquila felicidad de espíritu que he sentido al haberme encontrado con él.

Si tengo que destacar un hecho de esta semana sin duda será la celebración de la Adoración. Con esta acción Cristo me ha enseñado el significado de celebrar en comunidad. Os aseguro que no hay felicidad más extrema que la que podéis llegar a sentir cuando os encontráis con Dios.

La sensación que me queda, ahora que tengo que volver al mundo real, es la de reconocer todo el trabajo que tengo por delante. Reconocer mi humanidad, ver mi miseria, vivir mi debilidad y dejar que Cristo actúe en ella y decida, me ha hecho reconocer en mis hermanos sus virtudes y entender la necesidad de la fraternidad y la unidad en una comunidad cristiana.

Dejad que el amor incondicional de Cristo resucitado os acompañe, pues es el estímulo, la inspiración, que nos guiará para seguir conviviendo en una comunidad cristiana.

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Redacción


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