Casa Samuel está medio vacía

La Casa Samuel salmantina es grande. Llegamos a tener hasta catorce residentes y aún hay tres cuartos para educadores y voluntarios. Pero desde este mes de abril nos hemos quedado un tanto en cuadro. Los acogidos son sólo nueve estos días.

Tres de los que había, han salido: una ha sido aceptada en la casa de acogida de Cáritas de Madrid. Se trataría en último término de que establezca contactos con africanos en vistas a encontrar un trabajo. O de que se convenza de que lo mejor es volver al Congo, aunque la situación no está muy boyante allí. Otro se ha ido a una pensión. Cuando llega el buen tiempo le entra el gusanillo, la saudade, de tocar la guitarra y cantar en una calle del centro de la ciudad. Así sobrevivía y sobrevive. Otro más optó por marcharse a la casa Padre Damián cuando le impusimos una sanción de dos semanas sin salir solo para evitar consumos inconvenientes y prohibidos.

Dos más se han ido definitivamente junto a su salvador y señor Jesucristo. No es la primera vez que pasa esto en primavera. Cesáreo falleció en la tarde del 13 de abril en el hospital Los Montalvos de un cáncer hepático. Gozó demasiado en su vida del whisky con “dos piedras”, como él decía, y de otros espiritosos. Se había ilusionado con un trasplante, pero los médicos vieron que era del todo imposible. Últimamente estaba muy fatigado y pasaba mucho tiempo en la cama, sin quejarse, como buen fajador. Era salmantino, aficionado al boxeo y en tiempos fue efectivamente fajador, según su expresión, que me pareció más acertada que el término sparring. No era portador del retrovirus; una de las dos raras excepciones de la casa. Sin embargo tenía que tomar surtidos cócteles de medicamentos a diario. Sus dos hijas asistieron a su funeral. Ya se acabó todo.

Esme era de las más antiguas residentes, aunque ha pasado temporadas fuera con su última pareja. El buen hombre estaba muy afectado cuando ella falleció hacia el mediodía del 17 de los corrientes. Fue un problema cerebro vascular: arterias obturadas. Esmeralda se sintió mareada un día antes y hubo que trasladarla urgentemente al Clínico. Intentaron un cateterismo, que no produjo los resultados esperados. Hace años tuvo un problema semejante y quedó hemipléjica. El retrovirus la atacó por el uso de jeringuillas, como a muchos en los años 80 del siglo pasado. Su marido murió por ese problema. Tuvieron una hija, hoy veinteañera, que estuvo presente en el entierro. Su media hermana, más joven, también, junto con su padre. Los hermanos y la madre de Esme la velaron y acompañaron. Es una familia salmantina. Ella estará corriendo sin trabas por las verdes praderas celestiales.

“Cuando todo lo que conforma nuestras vidas y nuestra historia se haya olvidado, tal vez (…) esos recuerdos dejados por personas que murieron demasiado pronto, constituyan el documento más importante de nuestro tiempo”.

(Henning Mankell, “Moriré, pero mi memoria sobrevivirá”.)

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Carlos Barahona ss.cc.


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