Carta del Superior Provincial

Carta del Superior Provincial, aparecida hace unos días en el boletín provincial «Nosotros SS.CC.».

Queridos hermanos:

La Iglesia ha sido portada de los medios de comunicación en las últimas semanas de manera continuada. A la noticia de la renuncia de Benedicto XVI y sus últimas actividades como Pontífice, incluidas la salida del Vaticano y su reclusión de Castelgandolfo, han seguido todos los avatares del Colegio cardenalicio en el período de Sede Vacante. Las largas listas de papables y todos los diagnósticos y pronósticos de los expertos vaticanistas han llenado páginas de periódicos, horas de debates radiofónicos y televisivos y, por supuesto, muchos mensajes en las redes sociales. Finalmente el Conclave y su grata sorpresa, la elección del Papa Francisco. Desde luego, no se puede negar que la Iglesia ha sido protagonista de la actualidad.

No deja de ser un motivo de atención y reflexión lo que acabo de decir. En efecto, la lectura que se puede hacer sobre “el protagonismo de la actualidad” de la Iglesia puede hacerse desde tantos puntos vista y perspectivas que seguramente daría para una tesis de carácter sociológico. No es el momento ni yo la persona adecuada para hacerlo, pero no deja de ser una verdadera provocación.

De todas maneras, me vais a permitir que, desde mi limitada posición, haga ciertas reflexiones y saque alguna conclusión que pueda ser válida para nosotros.

Tanto la despedida de Benedicto XVI en Castelgandolfo, dirigiéndose a la gente que le atendía desde hacía horas ante el palacio, como el saludo del Papa Francisco a la multitud que abarrotaba la plaza de San Pedro, nada más ser elegido Obispo de Roma, fueron muy sencillas palabras, “buona notte” y “buona sera” respectivamente. La enorme sencillez del Papa Ratzinger saliendo de la escena pública con ese humilde “buona notte” y la no menor de Francisco al iniciar su pontificado con su “buona sera” han sido como una cierta síntesis de algo que viene dando vueltas en tantos comentarios sobre la renuncia de un papa y sobre el comienzo del ministerio del otro: humildad.

Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es la verdad. Me parece coherente que un infatigable luchador por la verdad, como es Joseph Ratzinger, termine su Pontificado con una lección magistral de humildad. Me resulta estimulante y me confirma en la esperanza el que nuestro Papa Francisco se haya instalado en la humildad desde el primer momento de su ministerio. El que todo esto se haya convertido en gran noticia en nuestros medios no deja de ser paradójico y toda una invitación a la serena reflexión sobre lo que puede estar suponiendo. Una sociedad global, caracterizada por una cultura en el que el relativismo sobre la verdad campa por sus respetos y en el que todo se reduce a opinión, eleva a categoría de primer plano la humildad. ¿No es todo un desafío para nuestra manera de mirar a nuestro mundo?

Hay por ahí un periodista ultracatólico que anda predicando que “hasta que los medios no hablen mal del Papa Francisco, él no estará contento”. Tal vez no sea tan extravagante esta postura, sin embargo yo prefiero agarrarme a la esperanza. A la esperanza de que la humildad, la verdad, nos haga libres como nos dice el Evangelio de Juan en el capítulo 8, versículo 32.

La humildad de reconocernos hombres y mujeres, de nuestro tiempo, de nuestra cultura, hombres y mujeres con nuestras posibilidades y nuestros límites, con nuestras luces y nuestras sombras, con nuestros deseos y nuestras frustraciones, con nuestra bondad y nuestra maldad, pecadores abiertos al perdón y a la gracia. ¿No es eso lo que nos ha enseñado Benedicto XVI? ¿No es eso lo que nos está mostrando el Papa Francisco con sus primeros gestos como Obispo de Roma?

Joseph Ratzinger, en su preciosa “Introducción al cristianismo” nos presenta una hermosa relación entre la palabra “creo” y la palabra “amén” que dan comienzo y final respectivamente al símbolo de la fe. Ambas tienen la misma raíz hebrea ‘mn. “Amén expresa a su modo lo que significa creer: permanecer firme y confiadamente en el fundamento que nos sostiene”. Cuando Benedicto XVI convocó el Año de la Fe, seguramente no tenía ya decidida su renuncia, sin embargo a mi manera de ver con ella ha hecho un gran servicio precisamente a esa promoción de la fe. Finalmente la humildad es la que nos lleva a aceptar ese fundamento que nos sostiene, que es fundamento que no hemos puesto nosotros, sino que hemos recibido y en el cual “vivimos, nos movemos y existimos” (Act.17, 28).

Hasta aquí la modesta reflexión, ahora permitidme una conclusión para todos nosotros. ¿No es verdad que podemos aprender y mucho de esta “rabiosa actualidad”? ¿No es cierto que la humildad que nos lleva a la fe puede ser la gran receta de muchos de nuestros males? Mi ajetreada vida de Provincial está dedicada a preocuparme y ocuparme de vosotros mis hermanos. Para eso me habéis elegido. Pues bien, si os hablo con sinceridad, os tengo que decir que me parece que los principales problemas que tengo que afrontar en mí mismo, en primer lugar, y en vosotros, también, son la falta de humildad y la falta de fe. Es probable que esta simplificación sea excesiva, pero no creo que vaya absolutamente descaminada.

Jesús, el Señor de nuestras vidas, es el fundamento que se nos ha dado. Pongamos nuestros ojos en Él, que muere y resucita para darnos vida y vida abundante (Cf. Jn. 10,10)

¡Feliz Pascua para todos!

Enrique Losada ss.cc.

Avatar
Redacción


Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies