“Blanquear” nuestro dinero

Comentario al Evangelio dominical de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.

El Evangelio no es un tratado de economía, pero sí que nos da orientaciones de cuál debe ser nuestra postura ante el dinero y la riqueza.

Hoy nos dice Jesús de manera tajante que un discípulo suyo no puede divinizar el dinero ni permitir que se enseñoree de su vida. La concupiscencia y ansia de poseer riquezas son una inclinación arraigada en nuestra naturaleza y que nos tienta a todos, a ricos y pobres.

La vigencia de la primera lectura, tomada del profeta Amós y escrita hace veintiocho siglos, no puede ser mayor. En breves pero intensas palabras, el profeta denuncia hasta donde puede llevarnos el ansia de poseer: a exprimir y a abusar del pobre, a despojar al miserable, a engañar, a hacer trampas, a defraudar, a sobornar … Es como si el profeta estuviera señalando y denunciando la actual situación de fraude y corrupción que ensucia la actitud de muchos dirigentes e instituciones de nuestra vida pública: “Escuchad esto, los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables …”, y añade: “Jura el Señor que no olvidará jamás vuestras acciones”.

“No podéis servir a Dios y al dinero”, nos dice Jesús. “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”, nos advierte también Jesús. No podéis poner vuestra confianza en la riqueza. Poner el corazón en el dinero, es apartarlo y desconfiar del Señor, además de que conlleva eliminar del horizonte de nuestras vidas al hermano. Amar el dinero nos lleva a aborrecer a Dios y al hermano.

Si las cosas son así, entonces ¿qué tenemos que hacer? Jesús nos responde en el evangelio de hoy con una recomendación que puede resultarnos un tanto enigmática: “Yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”.

“Dinero injusto” o “riquezas injustas” son las riquezas amasadas de manera injusta o aquellas que son disfrutadas egoístamente sin compartirlas con pobres y hambrientos, necesitados y parados. Son aquellos bienes a los que se les priva de su dimensión comunitaria y social. “Los bienes creados deben llegar a todos de forma justa… Jamás se debe perder de vista este destino universal de los bienes” (Vaticano II).

Cuando se pierde de vista este destino universal de los bienes y no se comparten, entonces se tornan en injustos. Por eso Jesús nos dice hoy que empleemos nuestros bienes y riquezas en ayudar al prójimo necesitado, compartiéndolos con él. Así nos granjearemos su amistad. Hacerse amigo de los pobres es granjearse también la amistad de Dios, pues son sus preferidos.

Tenemos que “blanquear” ante Dios nuestro dinero, y la mejor forma de hacerlo es compartirlo con sus hijos preferidos, los pobres.

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Redacción


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