“Amigo de la vida”

Un nuevo comentario al Evangelio dominical de Miguel Díaz Sada ss.cc.

Al final del viaje a Jerusalén, vuelve Lucas sobre el tema de las comidas de Jesús con los pecadores. Jesús le pide a Zaqueo, cuya moralidad deja mucho que desear, ser su invitado y hospedarse en su casa. Para los contemporáneos de Jesús, un judío no podía sentarse a la mesa con un pecador; quedaba contaminado.

Jesús lo sabe, pero es consecuente con su mensaje de ofrecer la vida, la gracia y el perdón a pecadores y marginados. Son los enfermos quienes necesitan de médico.

Un rasgo muy significativo de este relato: Jesús no le pide a Zaqueo que cambie de vida, que deje de extorsionar; tampoco le dice esa palabra tan inspiradora y decisiva para todos nosotros: Sígueme. Se contenta con que Zaqueo le invite a su casa para sentarse a la mesa con él y con los suyos.

¡Qué tendrá Jesús que cuando un pecador como Zaqueo le deja entrar en su vida, le trastoca todos sus valores y el sentido de todo lo que hace! Nos imaginamos a Zaqueo levantándose de la mesa y diciéndole a Jesús: “Estoy feliz de haberte acogido: hoy has entrado en mi casa y, contigo, la vida ha entrado en mi corazón. Por eso, dejo de robar, restituyo generosamente y reparto la mitad de mi fortuna entre los pobres. Gracias, Jesús”.

En Jesús, Dios-con-nosotros, encontramos hoy el rostro del Dios descrito en el libro de la Sabiduría. Basta recordar algunas de sus expresiones para alimentar y fortalecer nuestra fe en el Dios de la vida, en el Dios amigo de la vida, como lo fue y es Jesús para Zaqueo y para todos nosotros.

“A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible”. El catecismo y las predicaciones no siempre nos ha transmitido esta visión de Dios. La pedagogía divina es la de la paciencia, la compasión, la advertencia paterna… todo de cara a la vida. “He venido para tengan vida y la tengan en abundancia”.

Jesús se hospeda hoy en nuestra casa. Estando con Él y escuchándole, vislumbramos el rostro del Dios, amigo de la vida, y, como Zaqueo, nos comprometemos a poner lo que somos y tenemos al servicio de la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente” (San Ireneo).

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Redacción


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