Al P. Fabián, in memoriam

José Mª Fernández, antiguo alumno del P. Fabián Pérez del Valle en el Colegio San José SS.CC., de Sevilla, ha escrito este hermoso mensaje al tener noticia de su muerte, el pasado día 15 de diciembre.

Hace poco más de una jornada ha muerto el Padre Fabián. Fue profesor de muchos de nosotros, compañero de otros, fraile entre sus frailes y uno de los dos “hermanos sabios”. En unas horas la materia que nos permitió verle, oírle, hablarle y tocarle será humo y polvo. Al saberlo me tocó el estremecimiento, la pena se hizo un sitio entre los minutos y la memoria activó el anticipo del regreso.

Seguí de oídas sus últimos cinco o seis años de enfermedad. No quise verte así: el miedo a la enfermedad de los padres sigue señalándome como el niño del Colegio San José al que enseñaste y que no está dispuesto a crecer del todo. No es excusa, no fue pereza: sólo miedo y ya acabó. Sé ahora que esos años preservaron la elegancia de tu trato, combinada esperpénticamente con la más absoluta y ensimismada ignorancia ante lo cotidiano. ¿Seguías sabiendo tanto sobre tanto y nadie podía ya disfrutarlo?

En aquel 2º curso de BUP, el alumno convaleciente tras casi cuatro meses de ausencia por pulmonía doble, aprendió en un examen oral la única lección de historia que conserva en su memoria. Ya ves: los exámenes pueden servir de algo. A la pregunta “¿Cuál es el tema que mejor te sabes?”, la respuesta de unos quince minutos sobre el sueño imperial de Carlos I. He tenido magníficos profesores de historia, pero ese es el único trozo de sabiduría histórica que conservo, que me permite contemplar con cierta lucidez, por ejemplo, cómo hemos renunciado a las herencias de aquellos sueños por el extraño privilegio de jugar al monopoly.

No sé de qué está hecha la sangre que nos recorre pero nuestro andamiaje no es otro que un mecano de huesos que no son nuestros. Polvo, humo o milagro, esos huesos se pegan entre si hasta hacernos tal y como somos. Como las figuritas, las cajas de medicinas cubiertas de escayola, los cables y bombillas, los trozos de cristal y espejo, el musgo artificial apresado entre alambres de abeto, termina convirtiendo Belén en la Alhambra, el Arco del Postigo o el puerto de una ciudad desaparecida que sólo podemos contemplar en un cuadro … o en un diorama del Padre Fabián. Mañana el humo y el polvo que somos en Fabián reposará en El Escorial. Al mismo tiempo, en su Sevilla final, unos niños, otros maestros y también otros curas, seguirán levantando una pequeña ciudad de pan viviente. Nos merecemos que el Padre Fabián tenga un sitio en ese Belén: su nombre en una esquina, su recuerdo entre los nuevos niños que no lo conocieron, o cualquier otra cosa que nos diga algo de quien ahora puede seguir diciendo para siempre.

Estas líneas, ya demasiado extensas, no son un obituario, ni un homenaje, ni un alarde de autosatisfacción escribiente. Son sólo el resto de una necesidad que quizá hubiera quedado satisfecha leyendo algo parecido escrito por otro, tal y como nuestro afán por construir un gran Belén, se satisface en parte contemplando los construidos por otros. Hace ya mucho tiempo me tope con un texto de Roland Barthes en su “Fragmentos de un discurso amoroso”. A partir de él he ido haciendo de cierto grado de indisciplina una regla de vida. Es una norma que casi nunca me ha defraudado y darme el lujo de hacer algo «inútil» me ha regalado paz y libertad. La paz y la libertad que nos prometieron gente como Fabián. Es una forma también de confiar en fuerzas mucho más poderosas que nuestra voluntad y nuestro deseo. Por eso me dejo llevar y envío estas letras, porque como dice Barthes:

“Esta mañana debo escribir con mucha urgencia

una carta “importante” – de la que depende

el éxito de cierto negocio-; pero yo escribo en su lugar

una carta de amor- que no envío.

Abandono gozosamente tareas monótonas,

escrúpulos razonables, conductas reactivas,

impuestas por el mundo, en provecho de una tarea inútil,

surgida de un Deber resplandeciente:

el Deber amoroso”.

Debe ser sólo por eso, Fabián, escribo esto -y lo envío a unos pocos amigos- sólo porque te quiero.

El primer Belén que pusimos en nuestra casa de recién casados nos lo prestaste tú en la misma Navidad en que murió tu querido hermano Miguel. Estas Navidades no puedo felicitarlas de otra forma que recordándote, recibiéndote, sabiéndote ya tan cerca. Hola Fabián.

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