«Acoge a los pecadores y come con ellos»

Comentario al Evangelio dominical de la mano de Miguel Díaz ss.cc.

Queremos ser discípulos y amigos de Jesús. Queremos recorrer el camino que El recorrió. Pero no siempre nos resulta fácil, nos cansamos, somos frágiles y pecadores. ¿Cómo actúa Dios con los pecadores y con nosotros también pecadores?

Hoy Jesús nos cuenta la parábola del hijo pródigo, del hermano mayor y del Padre. Claro que ante la descripción del Padre, tanto el hijo menor como el mayor pasan a segundo plano.

Lo grande y maravilloso de la parábola es el Padre. Del hijo que despilfarra tantas cosas, y del mayor, celoso y envidioso, no se nos dice nada nuevo; de una u otra forma, en mayor o menor grado, todos hemos pasado por esas mismas experiencias de alejamiento y de envidias confesas e inconfesas.

Pero ¡la descripción del Padre! Que lo da todo gratuitamente; que sale, mira, espera, corre, se emociona, abraza, dignifica y hace fiesta cuando el hijo vuelve. Un Padre que no pide cuentas ni exige compensación alguna. Hasta podría decirse por la parábola que el más beneficiado del regreso del hijo es el Padre. Muchos padres y muchas madres entenderán al Padre de la parábola por propia experiencia.

Permitamos a Dios organizar la fiesta de la acogida y del perdón gratuito y sobreabundante. No pongamos límite al perdón ilimitado de Dios ni seamos celosos de nuestros derechos. Estamos acostumbrados a un perdón condicionado, escaso y difícil. Así es el perdón social, con frecuencia el nuestro y, a veces, también el de la iglesia. De ese perdón equilibrado al estilo de un minijuicio, ni sombra en la parábola del padre misericordioso. A Dios Padre le basta ver en lontananza a su hijo que vuelve para correr a abrazarle, acogerle e invitarle a la fiesta. No le pregunta con qué intenciones vuelve ni siquiera le deja hablar. Sencillamente vuelve: en el corazón de su Padre no hay rencor, ni deseo de venganza, ni afán de restitución. Perdona porque es Padre.

¿Es ésta nuestra experiencia personal del perdón de Dios? Y dando un paso más, ¿aceptamos y vivimos el perdón y la reconciliación —personal, familiar, eclesial y social— como camino hacia la nueva humanidad que Jesús inauguró con la entrega de su vida?

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Redacción


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