A propósito de una estatua

Osvaldo Aparicio ss.cc. nos cuenta una anécdota sucedida este verano en torno a la estatua del P. Damián, que está ubicada en la calle del Padre Damián en Madrid.

Una pequeña anécdota que me ha ocurrido este verano en el mes de julio durante la Sesión Picpus 2012, me ha dado pie para escribir un breve comentario sobre la estatua del P. Damián, situada en el exterior de nuestra iglesia de los Sagrados Corazones de Madrid.

Estábamos en Lovaina. El P. Rémi, flamenco y antiguo misionero en el Congo, nos explicaba con entusiasmo el muy elemental museo de estatuas, grabados y fotografías que hay en el Centro Damián. Como preámbulo a sus comentarios dejó bien establecido que toda obra de arte referida a Damián debe permitir su inmediata identificación, para lo que debe incluir con claridad sus tres señas de identidad: sombrero, lentes y barba.

Con tales presupuestos no es de extrañar que nuestro cicerone, al llegar con sus explicaciones ante una bastante pobre fotografía de la antedicha estatua, en un tono entre incrédulo y jocoso, se limitara a decir: ¡Esta estatua está en Madrid y dicen que es el P. Damián!

Como es comprensible no pude reprimirme y le pedí me permitiera hacer un comentario. Amablemente accedió y, cuando terminé mi explicación, el P. Rémi, un tanto asombrado, me pedió que la pusiera por escrito y se la enviara. Cosa que he hecho y que os trascribo a continuación:

“El Padre Damián”. Estatua en bronce de 2,90 m. de envergadura, obra de Amadeo Gabino, 1965. Está situada en el exterior de la parroquia de los Sagrados Corazones de Madrid, junto a las puertas en bronce que abren, precisamente, a la calle del Padre Damián.

En el muro hay una inscripción: “Os daré un pastor a la medida de mi corazón” (Jr 3,15). Las puertas llevan grabado en gran relieve el nombre de Damián, acompañado de textos evangélicos que recuerdan la predilección de Jesús hacia los pobres y pequeños, débiles y marginados: “… y los leprosos quedan limpios” (Mt 11,5). Destaca una cita del profeta Isaías que nos hace presente al Siervo de Dios: “Ha tomado él mismo nuestras debilidades y se ha cargado las enfermedades” (15,4). El profeta nos dice además que “mi siervo no tiene rostro ni belleza, sin aspecto atrayente, despreciado, varón de dolores … nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado …” (53,2 ss)

Esta estatua de Damián de Molokai, sobria, estilizada y llena de simbolismo, no intenta plasmar su aspecto físico; su pretensión es sugerir la dimensión más honda del interior del Apóstol de los Leprosos: su identificación con el Maestro, Jesús, el verdadero Siervo de Dios de que habla el profeta. Damián escribirá: “Intento subir despacio mi camino de la cruz y espero encontrarme pronto en la cima mi Gólgota”. Por eso, esta estatua de Damián no tiene rostro ni belleza aparente.

La estatua, además de sugerirnos que Damián es un reflejo de Jesús, nos está hablando también de su identificación y solidaridad con todos los marginados, excluidos, humillados y despreciados de la sociedad, con todos los sufrientes y doloridos de la humanidad. Vemos cómo la figura sin rostro de Damián alza su cabeza y eleva sus brazos hacia lo alto en una súplica apremiante que es como grito clamoroso de todos los sin voz de la tierra.

Esta actitud suplicante nos hace pensar en todos los oprimidos que, como el pueblo de Israel, esclavo en Egipto, clamaba: “Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios” (Ex 2,23).

Se puede decir, pues, que esta escultura que comentamos, es mucho más que una representación de Damián; quiere ser la figura de Damián como discípulo y seguidor de Jesús, su Maestro y Buen Pastor, que amó hasta el extremo de la cruz; quiere ser también la figura de Damián compañero solidario de todos los hombres sin nombre, sin rostro, sin voz que, excluidos de la comunidad humana, claman su dolor y desamparo a Dios.

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Redacción


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