Gabriel de la Barre, ss.cc.

por María Teresa de Frutos ss.cc.

Introducción

Nacida el 18 de agosto de 1771 en el seno de una familia noble de Poitiers, Elena de la BARRE, recibió en ella una educación cristiana que la marcaría desde su tierna juventud. Era una muchacha pura y piadosa. Más tarde, ella misma nos dirá que no tenía idea del mal que posteriormente se sentiría obligada a reformar. Sin embargo, ella conoció en su juventud la tormenta revolucionaria y sus mañanas sangrientas. Y fue encarcelada el 28 de marzo de 1797, así como su madre y dos de sus hermanas, en la prisión de las "Hospitalarias", de la que salió el 6 de septiembre del mismo año. En seguida, Elena buscó un lugar para expresar libremente su fe. Lo encontró en el seno de una asociación clandestina, llamada "Asociación del Sagrado Corazón", de la que se convirtió en un miembro activo y celoso. Allí volvió a encontrarse, en 1795, con la Srta. AYMER DE LA CHEVALERIE, a la que había tenido la oportunidad de conocer con anterioridad, sea en la prisión de las Hospitalarias, sea en contactos entre la FAMILIA AYMER, y la FAMILIA DE LA BARRE. Elena se encontró allí también con el Abate Pedro Coudrin. Desde entonces, entre estas tres personas van a anudarse los lazos de una profunda amistad destinada a durar toda una vida.

Elena acarreaba en sí misma un deseo profundo de vivir su compromiso al servicio de Dios y de los demás. Ella redactó un texto en que expresaba lo que percibía como ideal y misión de la Asociación del Sagrado Corazón. Entre 1796 y 1799, elaboró el proyecto de regla destinada a los miembros deseosos de comprometerse en la vida religiosa y a quienes se había dado el nombre de "solitarias". En septiembre de 1797, Enriqueta Aymer y el grupo de las solitarias, acompañadas por el Abate COUDRIN, se instalaron en una casa que acababan de adquirir y que más tarde recibirá el nombre de la "Grand´ Maison", "cuna" de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, fundada por Enriqueta AYMER y Pedro COUDRIN. Parece que Elena de la BARRE se unió allí a ellos un año más tarde. Ella pronunció sus votos definitivos como miembro de la Congregación el 2 de febrero de 1801.

En 1802, tras la partida de la Madre Enriqueta y de ocho hermanas para MENDE, Elena, ahora sor Gabriel, sucedió a la Fundadora como superiora de la comunidad de POITIERS. Y asumirá este cargo sin discontinuidad hasta su muerte, el 16 de mayo de 1829. Desde entonces, la responsabilidad de la obra naciente descansó sobre sus hombros. Trabajará intensamente en ella en medio de penas y molestias de toda clase y en comunión profunda con los Fundadores.

Su personalidad

Al designar a Gabriel para sucederla en el gobierno de la casa de Picpus, Enriqueta sabía bien a quién confiaba la obra en ciernes. Dotada de un juicio seguro, Gabriel tenía dotes de mando, tenía el sentido de los asuntos, sabía administrar los bienes, adoptar las decisiones convenientes, encontrar soluciones para todo tipo de problemas, salir de los atascos y sobreponerse a las dificultades que se le presentaban. Cuando se trataba del bien de la Congregación, desplegaba toda la vitalidad y energías, ocultas a veces por un temperamento inclinado a la melancolía. Una melancolía debida, en parte sin duda, a un precario estado de salud y a su visión de un mundo de calamidades en unos tiempos tormentosos que no invitaban a la alegría; lo que no restaba nada a su delicadeza de corazón, pues ella sabía olvidarse de sí para compartir las penas de los demás y aliviarlas en la medida de lo posible. Humilde en su servicio de gobierno, despeñaba su cargo por pura obediencia. Soy bastante inútil en este mundo, decía. Cualquier otra lo haría mejor que yo. No hay duda de que el Buen Dios me mantiene aquí para poner a prueba la paciencia de mis hermanas y ejercer su caridad.

De una gran sensibilidad, disfruta de la proximidad y afecto de las personas que ama y sufre con su alejamiento o su silencio demasiado prolongado. Su correspondencia con la Buena Madre lo atestigua. Su gran afecto por ella la hace un poco posesiva y un tantito celosa. Pero, a la vez, manifiesta una fidelidad sin límites para seguir el mismo camino en una búsqueda constante de la voluntad de Dios. Desde 1795, Elena de la Barre había decidido eclipsarse, desaparecer ante la personalidad carismática de Enriqueta y, durante su prolongado gobierno de la casa de Poitiers, no hacía nada por poco importante que sea sin referirlo a la Fundadora. Esta sumisión no la impedía emprender iniciativas de toda clase, que implicaban a menudo grandes fatigas, para el progreso y el bien de la "Obra", como decía el Padre Coudrin. Los intereses de la Congregación eran los únicos en que estaba verdaderamente empeñada. Y es precisamente este amor a la Congregación y su sentido de obediencia a los Fundadores lo que la empujó sin duda a relatar con detalle los acontecimientos y hechos que marcaron los comienzos de la Congregación.

En sus cartas a Gabriel, la Madre Enriqueta empleó muy a menudo los apelativos de "mi buenísima" o "mi buena amiga". El Padre COUDRIN utilizaba el mismo lenguaje, lo que no era un simple efecto de estilo, sino la traducción de la convicción profunda de los Fundadores y la de numerosas personas en contacto con la superiora de la Grand´ Maison. En una carta que sor Teresa SARDOIS dirigía sin duda a la Señora de GUERRY a la muerte de Gabriel, se encuentra la mención siguiente:

Mons. el obispo de ORLEANS, escribiéndonos en la época en que la perdimos, nos decía que compartía nuestro dolor tanto más cuanto que él mismo había experimentado la eficacia de los consejos de nuestra santa y el dominio que tenían sobre el espíritu y el corazón. Incluso nos decía que se sentía feliz cuando podía conversar algunos momentos con ella. Si este testimonio tan justo proviene de personas que la veían escasamente, qué diremos nosotros que teníamos el privilegio de encontrarla todas las veces que lo necesitábamos, y a cuya felicidad ella consagraba su vida.

Sin duda alguna, la bondad fue uno de los rasgos característicos de la personalidad de Gabriel y esta bondad se expresaba en beneficio de todos. Y no se trataba de una bondad "dulzona", pues nuestra hermana sabía también demostrar firmeza, y sobretodo audacia, cuando estaban en juego el bien y el interés de la Congregación.

La integración del carisma en la vida de Gabriel

Gabriel hablaba muy poco de sí misma, pero su correspondencia deja entrever sin embargo ciertos rasgos de una espiritualidad muy de su época confusa y llena de incertidumbres, de calamidades de toda clase: frutos amargos del día después de la Revolución. Gabriel evoca también a menudo la cruz, el dolor, y hasta manifiesta un cierto menosprecio de la vida en la cual su deseo más profundo y más constante es el de hacer la voluntad de Dios. Sor Teresa Sardois, que vivió mucho tiempo cerca de ella, escribe: Ella nos decía a veces que si conociéramos las ventajas que se extraen al abandonarse enteramente a la bondad de Dios, no vacilaríamos ni un instante en realizar este abandono. La misma Gabriel escribe: ¡Cuándo podré pues ya no vivir más que de la Santa voluntad de Dios! Una de sus últimas palabras de exhortación dirigidas a sus hermanas antes de abandonar esta tierra tiene esta misma resonancia: Tened una gran sumisión a la voluntad de Dios. Esta constante búsqueda de la voluntad de Dios no estaba lejos de la preocupación del Buen Padre, que escribía en 1828 a las hermanas de Le Mans: Mis queridas hijas, gustad, gustad de Dios en el camino de la vida. Sólo Él es bueno. Su voluntad es la única buena. Vivamos pues sólo para Él y muramos del deseo de agradarle.

Otro elemento muy presente en la vida de Gabriel es su gran solicitud por los pobres y los pequeños. Los niños pobres eran los primeros en beneficiarse de la acogida en el pensionado abierto en la Grand´ Maison. Si Gabriel acepta tras madura decisión el acoger a alumnos más afortunados lo hace sobretodo para equilibrar el presupuesto de la comunidad, lo que la permitía mantener las puertas abiertas a alumnos que vivían en condiciones casi inhumanas. Otras personas sin recursos se beneficiaban de la ayuda aportada por Gabriel, que llegaba a veces a ofrecer trabajo a una u otra de esas personas desamparadas para salir de la miseria.

Esta tierna solicitud por los pobres Gabriel la sacaba de la Eucaristía, en la comunión, que ella veía como el remedio a todas sus penas. La Adoración de día y de noche vivida como una ofrenda de su vida en reparación, su amor y su confianza en el Corazón de Dios, en la Providencia, le hacían atravesar las pruebas y los momentos de desaliento que no le fueron ahorrados. Su mirada de Fe la llevaba a buscar y descubrir la presencia y la solicitud de Dios que no abandona a los que se abandonan en Él. Sor Teresa dice aún hablando de Gabriel: Si la naturaleza la había privado de fuerzas físicas, se lo había suplido ampliamente dándola ese valor y ese celo que las fuerzas nunca pueden reemplazar.

¿Cómo no señalar también como rasgo específico del carisma ss.cc. el amor fraterno, la sencillez en las relaciones en el seno de la Congregación? Gabriel de la BARRE era amada y sabía amar; los testimonios de las hermanas de Poitiers dan fe de ello. Se conoce el afecto y la amistad profunda que la unían con el Buen Padre y la Buena Madre; pero no se detenía allí. Gabriel testimoniaba también una vinculación llena de delicadeza y de respeto respecto de quien ella llamaba "mi hermano", el Padre Isidoro David, su colaborador, su amigo y confidente en esta casa de Poitiers que los Fundadores les había confiado a los dos. En sus cartas a los Fundadores no se olvida nunca de pedirles que transmitan sus sentimientos fraternales a los miembros de su comunidad, y menciona con gusto a una u otra persona a la que se siente más próxima. Se encuentra siempre en ella a la fiel discípula del Buen Padre, a quien escribía el 16 de diciembre de 1802: Mis tiernos amigos, no tengo otras alegrías que las que vosotros podáis tener, pues si sufrís, yo no me siento a gusto y nuestros corazones están tan estrechamente unidos que me parece como si todos fueran uno. Sed pues todos UNO en la caridad del Buen Maestro que nos une.

Estos vínculos fraternos, tejidos en el seno de la Congregación, contribuyen a ensanchar el corazón. Gabriel sabía también encontrar un sitio en el suyo para muchas otras personas. Quería a los alumnos acogidos en el pensionado, sin perjuicio de ser a veces severa con ellos; actitud que la Fundadora le reprochaba amablemente. Tenía predilección por los pobres y no se permitía descanso hasta haber encontrado una salida a una situación de desamparo. Cuánto ingenio desplegaba para acudir en ayuda de las comunidades de Hermanos y Hermanas y proporcionarles, en la medida de lo posible, lo que ellos necesitaban en su situación de pobreza a menudo angustiosa. Ella se hacía un día esta reflexión: En todas partes, Dios quería que la pobreza que había presidido los comienzos de la Congregación presidiera también su progreso.

A comienzo de la Congregación y durante largos años, los religiosos vivían la misión especialmente a través de la acogida y educación de los niños. Gabriel se entregó enteramente a esta tarea educativa junto a las hermanas de su comunidad de los niños del pensionado, de los candidatos a la vida religiosa. Esta intensa actividad, unida a muchas otras, le dejaba sin embargo el tiempo suficiente para seguir de cerca los acontecimientos de Francia, lo que sucedía en el gobierno, en la Iglesia, en la ciudad de Poitiers. Todo lo tocante a los Fundadores, a la Congregación la concierne personalmente y lo vive con una intensidad que la agota. Gabriel es una persona abierta de corazón y de espíritu. Su celo es tan grande que sufre a veces por las lentitudes de la Iglesia y las de la Congregación cuya marcha se veía dificultada por múltiples obstáculos.

A guisa de conclusión no conviene olvidar las largas horas consagradas por Gabriel a producir numerosos escritos. Lo hacía con gran objetividad y franqueza. En ello también la Congregación le debe un profundo reconocimiento. Sus "Memorias" son sin duda la parte más interesante para el conocimiento de las primeras páginas de nuestra historia congregacionista. Una parte trata del período de 1794 a 1802; la segunda se intitula "Notas sobre la Congregación" y relata la vida de la joven comunidad de 1802 a 1824. Tras un largo período en que los escritos de Gabriel permanecieron un tanto en la sombra, el Padre Benito PERDEREAU, en un artículo de los Anales de 1877, atrae la atención sobre estos preciosos documentos.

Poco a poco, ellos han salido de los archivos para aquellos y aquellas que desean tomar conocimiento de ellos y descubrir la fisonomía de esta mujer excepcional, humilde, abnegada y entregada por completo a Dios y a los demás. El presente artículo no hace más que retomar lo que ellos han escrito en otros lugares y de otra manera. Sin embargo, si esta modesta contribución puede suscitar en el lector el gusto de abrir, a su vez, estas obras y admirar una de las más atractivas pioneras de la Congregación, no sabríamos más que gozarnos con ello. ¿No se decía de Gabriel que El Buen Dios que la destinaba para trabajar concertada con la Buena Madre en la fundación de nuestra Orden, le había dado el mismo espíritu y corazón? Cf. sor Teresa, carta a la Señora de Guerry, con fecha de 1 de mayo de 1830.

Fuentes:

· La Buena Madre Enriqueta Aymer, Gabriel de la BARRE

· Correspondencia 1802-1829.

· Cahiers de Spiritualité nº 17.

· Llamados a servir, del Padre Cor Rademaker ss.cc.