Enriqueta Aymer (la Buena Madre)

Perfil Biográfico de la Buena Madre

Basta acercarse a los hechos referentes a la época de la fundación de la Congregación (1792-1840) para caer en la cuenta de la importancia decisiva que en ella tuvo la presencia, la personalidad y la acción de Enriqueta Aymer, que en la Congregación que fundó es llamada simplemente "La Buena Madre".

A continuación nos vamos a referir sobre todo al período de su vida que culmina en la noche de Navidad de 1800, en la que situamos el nacimiento de la Congregación de los Sagrados Corazones.

Hay que recordar, sin embargo, que - desde que Enriqueta Aymer se puso en contacto con el grupo dirigido por el P. Coudrin, en abril de 1975, a los 28 años de edad, hasta su ataque de parálisis que sufre el 4 de octubre de 1829, recién cumplidos los 62 - es apenas creíble todo lo que fue capaz de realizar. Fundó 17 casas que le costaron largos y pesados viajes por más de diez departamentos en toda Francia, recibió más o menos 900 hermanas a la profesión religiosa y gobernó la Casa de Picpus (llamada así por la calle de París, en la que estaba) ocupándose de todo lo material de la vecina casa de los Hermanos, que era en su conjunto todo un mundo, varios centenares entre hermanos y hermanas.

Enriqueta Aymer de la Chevalerie nació el 11 de agosto de 1767 en el castillo de La Chevalerie, en la localidad de Saint Georges-de-Noisné, no lejos de la ciudad de Poitiers. Era la segunda de tres hijos de L. R. Aymer, Señor de la Chevalerie. Sus dos hermanos siguieron uno la carrera de las armas y el otro los negocios. Vivió la infancia feliz, de niña única entre dos hermanos varones y dentro de un medio familiar unido y cálido.

Su padre murió en 1777, cuando la niña tenía 11 años. Enriqueta se convierte entonces mucho más en apoyo para su madre. Quiso dar a su hija la mejor formación posible y la puso por algunos años en el internado de la Santa Cruz, que las benedictinas de Poitiers habían logrado siempre conservar a la altura del prestigio derivado de ser una fundación de Santa Radegundis, Reina de Francia (520-587). Era la preparación para la vida de relaciones sociales, brillante y superficial, a la que parecía destinada. Enriqueta tenía una bonita figura, un rostro vivo y una mirada penetrante, junto a una conversación salpicada de ocurrencias y finura. Eso la convertía en un foco de atracción en las tertulias de la nobleza de Poitiers. Su gran fuerza fue siempre su encanto personal.

Pero estaba en ese mundo más entretenida que entregada. Acude a las fiestas más que nada por dar gusto a su madre. Ésta no quería perder ninguna oportunidad de dar más realce a su hija; la hizo nombrar Canonesa de la Orden de Malta, lo que traía consigo el título de Condesa. Vive pues estos años en un ambiente social, que ignora o prefiere no saber de las dificultades y los cambios que están viviendo ya otros sectores de la sociedad. El ocaso de la sociedad feudal tradicional ya había comenzado. El 14 de julio el pueblo de París había tomado la Bastilla.

Con 22 años de edad entonces, Enriqueta y su madre podían ser calificadas de frívolas y de mundanas, como toda la gente de su clase en esa época. Pero al llegar la Revolución van a manifestar una fibra moral, cuya existencia nadie sospechaba debajo de esa primera impresión. En los años 1792 y 1793 no dudaron en acoger en su casa a sacerdotes que se negaron a hacer el juramento constitucional, a pesar de ser ya por su posición social muy vulnerables en esa nueva situación que se abre entonces. Sus dos hermanos han tenido que emigrar fuera. Una empleada del vecindario les delata y madre e hija son llevadas a la cárcel de las Hospitalarias, en la ciudad de Poitiers, el 22 de octubre de 1793, tras irrumpir la Guardia Nacional en su casa de la Chevalerie.

Se abre un tiempo de angustia y de justificados temores: ser llevado a la guillotina era siempre probable en aquellos trágicos tiempos del Terror, aunque en Poitiers no sucedió nunca lo que en París y a lo largo de todo el tiempo de la Revolución fueron decapitadas poco más de treinta personas. Madre e hija no salieron de la cárcel sino después de la muerte de Robespierre (27 de julio de 1794) y una vez llegados al Poitou los efectos del cambio político.

La permanencia en la prisión fue de casi un año y para Enriqueta fue una experiencia muy intensa. Es fácil imaginar que esos meses de reclusión no fueron agradables. Los conventos de antaño, convertidos en cárceles y atestados de gente, no ofrecían las mínimas condiciones higiénicas, ni las comodidades más elementales. La gente encarcelada en las Hospitalarias estaba formada por personas de la nobleza, que se las arreglaban para pasar el tiempo en algo semejante a las tertulias de sus salones. La Marquesa Aymer seguía esos aires, pero su hija no la acompañaba. Había sufrido un vuelco demasiado grande en su interior y no tenía ya tiempo que perder el tiempo en eso. La experiencia vivida en esas duras condiciones de la cárcel posibilita en Enriqueta el encuentro consigo misma y con Dios. En esos meses aflorará algo que estaba adormecido, su gran capacidad de interiorización, de profundidad.

"Pasaba gran parte de sus días y sus noches - dice su íntima amiga y colaboradora luego en la fundación de la Congregación, Gabriel de la Barre - trabajando con sus manos para obtener con su producto lo necesario para una mejor alimentación de su madre", de la que se había convertido ya en su sirvienta. La caridad fue la primera sensibilidad que se despertó en ella. Comenzó por su madre y siguió por los más necesitados. No visitaba a nadie, pero había en la prisión una señora que por sus ideas revolucionarias era rechazada por todos. Ella la iba a ver y la acompañaba. Luego se la juzgó y salió en libertad. No olvidó ese gesto de aquella joven y obtuvo del jefe revolucionario que escondiera el expediente, de manera que las Aymer no fueron nunca juzgadas. Cuidó también como enfermera a los hijos del carcelero y se ganó, aún sin pretenderlo, su simpatía.

En el curso del trágico 93 o a comienzos del 94 hubo un momento en que se corrió la noticia de que se haría una matanza indiscriminada de prisioneros. Algunos sacerdotes refractarios vivían clandestinamente en Poitiers y - como Pedro Coudrin - saltaban los muros de las cárceles para confesar a los prisioneros. Enriqueta hizo con esa ocasión su confesión general. Ese fue un paso importante en su acercamiento a Dios, aunque más tarde dirá que no significó todavía ese cambio profundo que ella llamará su conversión. "Si me confieso -dirá mas tarde- será con la decisión de no negar nada a Dios en adelante".

Así pasaron días y meses hasta que el 11 de septiembre de 1794 se abrieron para las Aymer las puertas de la cárcel y pudieron regresar a su casa de la calle "des Hautes-Treilles" en la parte alta de la ciudad.

Enriqueta era otra persona. Había muerto definitivamente la joven de vida fácil y superficial. Tenía 28 años, pero ya no miraba hacia la vida social de los salones y consumía su tiempo entre el servicio de su madre y la oración: " ... pedía a Dios que le diera a conocer al guía que le destinaba".

En noviembre de 1794, después de averiguar qué sacerdote podría dirigirla, le dieron varios nombres y entre ellos el del P. Coudrin. Al oírlo en una misa que él decía, ella que andaba angustiada por su método de oración, encontró la paz: "No me equivoco, - se dijo -, ya que él predica como yo rezo". Desde entonces comenzó a confesarse con el P. Coudrin.

En los primeros meses de 1795, pidió ser admitida en la Sociedad del Sagrado Corazón.

Pedro Coudrin tenía entonces 27 años. Hombre de acción y de decisión rápida y generosa, había encontrado en el campo de la dirección espiritual a muchas personas a las que Dios iba llevando a una comunión con él, y que podrían en el futuro realizar sus sueños de La Motte de fundar una familia religiosa. El las conducía a la Asociación del Sagrado Corazón, que en un principio creía que podría ser lo que Dios le había hecho vislumbrar.

Al principio fue rechazada la petición de Enriqueta. Tenía fama de persona mundana y su conversión había pasado inadvertida. Al fin, en marzo del mismo 1795 fue admitida como externa. En una nota escrita en enero de 1803, apenas ocho años después, da testimonio de lo decisivo que fue para ella ese momento, en que el P. Coudrin le asignó una hora para su Adoración: "Cuando Vd. estableció la Adoración y me asignó una hora, sin saberlo, fijó mi destino". Allí completó su primera conversión, al mismo tiempo que encontró la línea de su definitiva vocación. No aspiraba a otra cosa que a un ambiente de oración y a la posibilidad de pasar el día ante el Sagrario. Sintió Enseguida sintió que ése era su lugar. Cualquier sueño de fundación o de acción le era en ese momento enteramente ajeno; tampoco pretendía relacionarse con nadie.

Con todo, su presencia no pasó inadvertida para cuantos frecuentaban aquella casa de la Sociedad del Sagrado Corazón. Su silencio llamaba de modo particular la atención. Siempre estaba allí, ante el Sagrario disimulado en el muro, con alguna costura entre manos y el espíritu como ausente y sin hablar con nadie. Es aquí donde, después de la experiencia de "desierto" vivida en la cárcel, se abre paso para Enriqueta otra fuente de inspiración decisiva, la contemplación.

Sin que ella misma lo pretendiera, se iba produciendo dentro de la Asociación una polarización en torno a su persona. Un grupo de jóvenes deseaba llevar una vida como la suya y quería ser conducido por ella. Guiada por Pedro Coudrin, había hecho suyo el "celo por la obra de Dios" que él irradiaba y en obediencia a ese celo aceptó a fines de 1796 hacer de superiora de ese grupo que las demás llamaron "Las Solitarias".

Por aquella época, Pedro Coudrin quedó un poco más libre de responsabilidades pastorales y esa inesperada situación fue interpretada por él como un signo providencial de que debía dar los primeros pasos para realizar su sueño de La Motte. Tuvo lugar una conversación entre él y Enriqueta, la superiora de las Solitarias, que ciertamente no fue la primera en que se habló de la construcción de una Comunidad religiosa. Para lograrlo determinaron comprar una casa que no dependiera de la Sociedad del Sagrado Corazón.

La compra de una casa exigía dinero, y ni el Fundador, que era pobre, ni la señorita Aymer que era rica pero tenía su fortuna en propiedades, disponían de la cantidad necesaria. Enriqueta entonces decidió vender todo el patrimonio heredado de su padre, para comprarla.

Al fin se había encontrado una casa que gustó a todos por su ubicación tranquila, en la calle Des Hautes Treilles, frente a la casa de la señorita Aymer.

El 25 de agosto las Solitarias tomaran un hábito gris bajo los vestidos seculares y pronunciaron sus primeras resoluciones: "Yo me consagro hoy día en forma especial a los Sagrados Corazones de Jesús y de María; tomo la resolución de vivir durante un año en la obediencia, en castidad y pobreza, deseando aplacar la cólera de Dios por mi fidelidad en observar estos medios de perfección...". Como dice Gabriel de la Barre: "ese germen... encerraba todo lo que se ha desarrollado después".

El 29 de septiembre siguiente las Solitarias ocuparon su nueva casa. Poco después el resto de la Sociedad las siguió, pero ahora la situación había cambiado: las dueñas de la casa eran las Solitarias. Se dio a esta nueva residencia el nombre de "Grand´ Maison", que conserva hasta hoy.

A comienzos de 1800 el Fundador encargó a la Madre Aymer, acompañada por Bernardo de Villemort, la redacción de un esbozo de constituciones para ambas ramas. Bernardo había sido el primer novicio y en ese momento se puso al trabajo con entusiasmo, aunque quedó sin terminar porque los acontecimientos se precipitaron.

Las autoridades diocesanas no exigieron constituciones para dar la aprobación provisional. El 17 de junio se concedió una aprobación secreta, pero escrita. En ella se dice: "Esta Asociación es demasiado apta para hacer amar el Evangelio de Jesucristo, con los preceptos y consejos que encierra, para que no la aprobemos con todo nuestro pensamiento y corazón...". Ese mismo día, la autoridad diocesana nombraba al P. Coudrin como Superior religioso de la nueva Comunidad.

El 14 de octubre del mismo año, la curia diocesana de Poitiers aprobaba la fórmula de los votos y nombraba a Enriqueta Aymer Superiora de por vida. El 20 siguiente, las primeras religiosas hicieron junto a la Fundadora sus primeros votos públicos en el oratorio, escogiendo para ello el aniversario de la salida del P. Coudrin de La Motte y de su entrega a Dios al pie de una encina en 1792, ocho años antes.

El P. Coudrin hizo sus votos "como celador del amor de los Sagrados Corazones" en la Nochebuena de ese año 1800. En la misma ceremonia, la Madre Enriqueta hizo también sus tres votos religiosos, probablemente con una fórmula paralela a la del Fundador.

La visión del Buen Padre en el granero de La Motte ("... un grupo de misioneros, ..... una sociedad de mujeres, ..... para extender el Evangelio por todas partes...") se había convertido en realidad. Es la fecha del nacimiento de la Congregación.