Una Congregación de hermanos y hermanas

1. La unión de corazones

Al constituir la Congregación de los Sagrados Corazones los fundadores quisieron ellos mismos la unión profunda entre hermanos y hermanas como un elemento de suma importancia, estrechamente ligado al fundamento mismo de su existencia y al fin específico de la fundación.

Esta Congregación consagrada a los Corazones de Jesús y de María quiere expresar el misterio de unión de los Sagrados Corazones en su propia estructura y esta representación exige como condición indispensable la unión profunda de hermanos y hermanas en una única congregación. Este misterio consiste en que en la historia de la salvación Jesús y su madre han estado unidos por un íntimo vínculo de amor que se expresa simbólicamente en la unión de sus corazones.

2. Desde el principio

La composición de una sola congregación en dos ramas aparece ya en los primeros escritos de los fundadores y a partir de 1816 fue consignada en las constituciones y propuesta a la Santa Sede para su aprobación. En esa carta se decía que la congregación formada por dos cuerpos era sin embargo una sola. Esta primera Constitución presentada en 1816 era común a hermanos y hermanas y fue aprobada por Pío VII en 1817. Estas constituciones fueron reelaboradas y completadas y poco a poco se crearon dos constituciones, una para cada rama, aunque manteniendo siempre en común el capítulo preliminar donde se recogían los fines de la Congregación.

Fue posteriormente cuando una revisión de las mismas motivada por un alejamiento en las relaciones de las dos ramas estuvo a punto de romper la unión. La Santa Sede tuvo la intención de hacer la separación entre hermanos y hermanas, pero entonces se opusieron los religiosos y religiosas de la Congregación, haciendo ver la necesidad de la unidad en términos como estos: "el pensamiento de los fundadores no ha sido jamás el de fundar dos congregaciones diferentes e independientes la una de la otra; sino muy al contrario, una sociedad religiosa compuesta de hermanos y de hermanas que tiendan al mismo fin ayudándose mutuamente a alcanzarlo.". ¿No es por esta razón que los hermanos, como también las hermanas, no sabían llamar a los fundadores de otra manera que con el dulce nombre de Buen Padre y Buena Madre? Con ello no mostraban sino que debían considerarse como los hijos de una misma familia. Entonces descubrieron que la separación sería la destrucción de la obra de los fundadores.

En las últimas Constituciones de la Congregación, aprobadas el año 1990 el capítulo primero dedicado al carisma de nuestra Congregación es común para las dos ramas y en él se dice:

         "Hermanos y Hermanas, unidos en un mismo carisma y una misma misión, constituyen una sola Congregación..." (Art 1)

         "Nuestra familia religiosa tiene desde su fundación un solo carisma, una sola misión, una sola espiritualidad. Hermanos y hermanas asumen juntos la responsabilidad de mantener y afianzar la unidad, conscientes de que constituye un valor significativo" (Art.8)

3. Herencia de los fundadores

Esta unidad se ha fortalecido en los últimos años, en los que una mirada al nacimiento de la Congregación descubría que el Buen Padre y la Buena Madre dieron cumplimiento juntos a lo que vieron como voluntad de Dios, fundando una única comunidad cuya espiritualidad era común. A lo largo de toda su vida colaboraron estrechamente en el desarrollo de esta obra, y un fuerte espíritu de familia y unidad caracterizó sus relaciones. El Buen Padre llegó a decir: "Es verdad que la Buena Madre lleva la luz y yo sólo puedo sostener el candelero". Y la fundadora escribió a una hermana hablándole del Buen Padre: "usted sabe lo que yo querría decir a quien, después de Dios, es todo para mi".

Este mismo espíritu de familia, a ejemplo de los fundadores, caracterizó a los hermanos y hermanas durante los primeros tiempos fundacionales, en que se mantenían en contacto diario por los asuntos ordinarios y mantenían relaciones cordiales de mutuo apoyo. Tudo ello con un fuerte sentido de comunión en la misión. Esta unidad y colaboración eran en sí mismas una importante dimensión de su misión, de su trabajo y de su respuesta a lo que percibían como la acción del Espíritu en el mundo de su tiempo.

4. La unión en la actualidad.

Esta unión es un don para la congregación, pero no sólo para ella. Puede también inspirar en la Iglesia y en el mundo un verdadero espíritu de igualdad, complementariedad y enriquecimiento mutuo entre hombres y mujeres, una nueva visión en la relación hombre/mujer. Si leemos los signos de los tiempos y observamos el creciente movimiento feminista en nuestra sociedad, se deduce la importancia de que la Iglesia misma desarrolle un reconocimiento más claro de la complementariedad hombre-mujer ofreciendo a la mujer la posibilidad de que desempeñe su legítimo papel. Nuestra Congregación puede ofrecer una contribución por la forma en que nos aceptamos y respetamos mutuamente como hermanos y hermanas iguales en dignidad. Esta relación nos hace mucho más humanos y nos ayuda a trabajar más eficazmente por el pueblo de Dios.

El pasado 23 de noviembre de 1999 los Superiores Generales, Jeanne Cadiou y Enrique Losada, siguiendo una recomendación del Capítulo General de 1994 han escrito una carta conjunta que lleva por título "La unidad de Hermanos y Hermanas y la colaboración en la misión". En ella afirman que la unidad congregacional de las dos ramas ha de alcanzar a nuestra misión común.

Esta unidad de mente y corazón tiene su más profunda raíz en nuestro carisma, una gracia única del Espíritu que nos hace miembros de la misma familia, hijos de los Sagrados Corazones y hermanos entre nosotros.