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Vivir para siempre



19 de Agosto de 2018
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La Comunidad de la Rama Secular "Manquehue" de Chile, nos ofrece el comentario a la Palabra de Dios de este domingo.


Pr 9,1-6; Ef 5,15-20; Jn 6,51-59

“El que come este pan vivirá para siempre”

Jesús, el pan de vida, por quien necesariamente debemos pasar para llegar al Padre, nos da la receta: “El que coma de este pan vivirá para siempre”. La promesa es grande si comemos de la carne del Señor y bebemos su sangre. Aquí tal vez está la explicación de toda nuestra fe, que se fundamenta en la esperanza de la resurrección. Esperanza de que lo que muera vuelva a la vida, pero ahora de manera distinta, en forma plena. Es necesario morir para tener esa vida plena que nos promete el hijo del Padre, haciendo ese tránsito a través de él mismo. Esto significa seguir su camino, estar acompañado por él y morir con él.

De aquí también la importancia de la eucaristía como encuentro constante con Jesús. Así como cualquier ser vivo que necesita alimentarse día a día, nosotros tenemos la oportunidad de alimentarnos espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. ¿Hemos dimensionado el significado de habitar en él? ¿No hemos escuchado alguna vez esta pregunta antes?: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”.

Ya lo decía Pablo a los cristianos de Éfeso: “…porque vienen días malos. No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor”. ¿Y qué quiere de la Iglesia, que somos todos, ahora que estamos viviendo días de muerte? ¿Qué quiere de nosotros? ¿Qué quiere de mí?

Pero no desesperemos. Tenemos la esperanza: “porque nada le falta a los que temen al Señor”. Y este temer no se trata de andar asustados por lo grande o estricto del Padre. Es más bien un “temer” de reconocimiento, amoroso y de respeto por quien nos da la vida y la razón de una existencia. A través de la eucaristía nos podemos alimentar y nada nos faltará, porque estamos confiados en que resucitaremos con él después de pasar por la muerte, pero sin olvidar que con eso Dios habita en nosotros. ¿No sería lógico esperar entonces que seamos una extensión de su ser, alguien misericordioso y preocupado de que su Iglesia vuelva a la esencia? En esta época se nos olvida ser más amables, empáticos, humanos, y abiertos a los signos de los tiempos, con todo lo que vivimos en la Iglesia. La invitación al habitar en él, es a ser también más libres y a vivir alejados de prejuicios o dogmas que muchas veces mutilan parte de nuestro ser y de su ser, que es vida para el mundo.

Digamos a todos y en voz alta: “¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!”.

 
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