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La esperanza cristiana...



13 de Mayo de 2018
Redacción
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Comentario al Evangelio de la Fiesta de la Ascensión del Señor, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


¿Fue un fracaso la vida de Jesús al morir, abandonado, en el patíbulo de la cruz? ¿Fue en vano su entrega al servicio de Dios y de los hombres?

¿Son un fracaso nuestras vidas que son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir? ¿Es en vano que nos esforcemos por construir un mundo más justo y fraterno?

¿No tienen acaso razón quienes, encerrados en el presente, se entregan a sacar el mayor jugo posible a esta vida que, como el agua, se nos escapa entre los dedos? ¡Comamos y vivamos que mañana moriremos!

Celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Narran los Hechos de los Apóstoles que los discípulos vieron a Jesús levantarse, hasta que una nube se lo quitó de su vista. El Evangelio de san Marcos señala: Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. San Pablo, en la carta a los Efesios, pide que Dios ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a que os llama… por la fuerza poderosa que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo.

El Credo recoge este lenguaje del Nuevo Testamento y confiesa: Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios.<

¿Cómo entender este lenguaje? Es claro que estas expresiones no pretenden localizar el cielo cristiano como la parte superior del firmamento ni que Jesús emprendiera una especie de viaje espacial; son imágenes que pretenden expresar la dimensión trascendente de Jesús –y también del hombre- y que, al morir, Jesús entra en la esfera de Dios, está en Dios, es Dios. El cielo, para la fe cristiana, no es un lugar, sino una forma insospechada e inimaginable de existir en Dios.

La riqueza de la Pascua de Jesús es tan rica que la comunidad cristiana (como aparece en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en la liturgia de la Iglesia) vio necesario desarrollarla en varias etapas para vivir, saborear y celebrar mejor su inagotable hondura. Resurrección, Ascensión y Pentecostés son tres caras (aspectos) de un mismo prisma (acontecimiento).

Si la Resurrección proclama el triunfo del Crucificado sobre la muerte, la Ascensión resalta su exaltación y triunfo. Jesús no es un fracasado cuya vida se hundió en el abismo de la nada, sino que entró en la plenitud de la vida divina.

Por eso, la Ascensión es la fiesta de la Esperanza que triunfa de la nada, del pesimismo, de la angustia y del fracaso. El hombre de hoy sigue ansiando en su corazón la inmortalidad feliz, aunque nos estén tocando vivir tiempos en los que una visión pesimista de la vida y de la historia se vaya adueñando del ambiente.

La fiesta de la Ascensión nos trasmite un mensaje muy claro, un mensaje que tanto necesita el hombre de hoy. Ni la destrucción ni la muerte ni la nada son el final: Nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra en que habite la justicia (2 P 3, 13).

El cristiano debe rebosar esperanza y optimismo. Jesús, como a los discípulos, nos pide hoy: Sed mis testigos de esperanza… hasta los confines del mundo.

 
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