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¡Solo el amor salva y sana las heridas!



11 de Marzo de 2018

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Comentario a la Palabra de Dios del IV Domingo de Cuaresma, de la mano del P. Osvaldo Aparicio Jiménez ss.cc.


Siguiendo con la orientación del Papa en su mensaje cuaresmal de que no dejemos apagar el amor, podemos resumir la enseñanza de la Palabra de Dios hoy, en concreto del Evangelio, en esta frase: ¡Solo el amor salva y sana las heridas!

En su diálogo con Nicodemo, Jesús hace alusión al episodio que el pueblo de Israel vivió en su camino hacia la tierra prometida. Cansado de su peregrinar por el desierto, murmura contra Yahveh y contra Moisés: ¿Por qué nos habéis sacado de Egipto para morir en el desierto?

El relato continúa diciéndonos que entonces sobrevino una plaga de serpientes cuya mordedura era mortal. El pueblo reconoce su culpa y acude a Moisés para que interceda ante el Señor. El Señor le encarga que ponga sobre un mástil una serpiente de bronce y todo el que eleve su mirada hacia ella quedará sanado.

En nuestro mundo y en nuestra sociedad, en nuestro entorno y en nosotros mismos la mordedura del mal está constantemente presente. Son muchas las maldades y pecados, los dolores y sufrimientos que nos aquejan. ¿A qué medicina podemos recurrir para aliviarlos y sanarlos?

A Dios no le es indiferente nuestro mundo ni el sufrimiento que hay en él; al contrario, él lo ama hasta tal punto de darle a su propio Hijo. En el diálogo con Nicodemo el mismo Jesús nos dice hoy: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tenga vida eterna. Y añade: Porque Dios no mandó a su Hijo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por él.

¿Hacia dónde debemos dirigir nuestra mirada para encontrar la medicina que sane las heridas de los hombres? Hacia la cruz: en ella descubriremos los raudales de amor encierran y que de ella manan.

Jesús, en el diálogo con Nicodemo, se aplica a sí mismo el significado de la serpiente de bronce: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

La cruz es la señal de un amor hasta el extremo ya que el amor de Jesús no se queda en palabras o en buenos deseos. Abrir los Evangelios es comprobar cómo el Hijo del hombre se desvivió en todo instante por ayudar y sanar a todo aquel que padecía dolor o sufrimiento, exclusión o marginación. Él, en verdad, vivió lo que nos enseñó: Nadie tiene mayor amor que quien da su vida por aquel al que ama.

Jesús nunca se buscó a sí mismo ni sus propios intereses, ni se movió por ambición personal. Únicamente buscó el bien de los demás mediante una actitud total de entrega y de servicio, que brotaban de su desinteresado e inmenso amor.

Mirando al Crucificado no vamos a aprender lecciones de economía o de política; pero sí vamos a descubrir lo que es esencial y debe estar a la base de la tarea que nos toque desarrollar en la sociedad: solo amando seremos capaces de servir a nuestro prójimo; solo así podremos ir aliviando y sanando tantas dolencias y sufrimientos, injusticias y problemas como hay a nuestro alrededor y en la sociedad: ¡Solo el amor salva y sana las heridas!

 
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