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Tiempo de cambio



04 de Marzo de 2018

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Comentario a la Palabra de Dios del tercer domingo de cuaresma, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


Cuando leemos el Evangelio de san Juan, no podemos quedarnos en el sentido más inmediato de sus textos y afirmaciones. Hemos de buscar su contenido más profundo, pues siempre contienen una doble dimensión. Así, por recordar algún ejemplo, cuando Jesús le ofrece a la samaritana el agua viva, ella piensa de inmediato en el agua natural que sacia la sed corporal; o cuando le dice a Nicodemo el que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios, este pregunta: ¿Cómo es posible que un hombre vuelva a nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar de nuevo en el seno materno para nacer?

Pero Jesús, en cambio, está sugiriendo la sed interior que solo Dios puede saciar, o alude a la vida nueva que brota del Espíritu.

Ciñéndonos al episodio evangélico de hoy, cuando Jesús dice a los judíos destruid este templo, y en tres días lo levantaré, ellos creyeron que se refería al Templo de Jerusalén, que había costado cuarenta y seis años construirlo.

Solo más tarde, después de la resurrección, los discípulos entenderán el sentido profundo de la afirmación de Jesús: él estaba hablando del templo de su cuerpo; entonces comprendieron que Jesús es el verdadero templo en el que habita la plenitud de Dios.

Este pasaje que habla de destruir y de reconstruir el templo, trae a la memoria un episodio de la vida de Francisco de Asís. Un buen día en que Francisco oraba ante el Cristo de la vieja iglesia de San Damiano, oyó una voz que le decía: ¡Francisco, repara mi Iglesia, que amenaza ruina! El joven Francisco, en un primer momento, se lo tomó al pie de la letra, pensando que el Señor le pedía que reparara la iglesita en que estaba orando y se entregó con fervor a esta tarea; más tarde comprendería que el Señor aludía a la IGLESIA de CRISTO a cuya purificación y fortalecimiento espiritual tenía que dedicarse. Y el poverello de Asís predicaba sin descanso: ¡El Amor no es amado!

En el relato evangélico de hoy hay dos partes muy claras, pero relacionadas entre sí: purificación del Templo y Jesús es el verdadero templo en que habita Dios.

Purificación del Templo: El Templo de Jerusalén se había convertido en un mercado y centro de negocios; a expensas de los muchos sacrificios que en él se ofrecían, se comerciaba con bueyes, ovejas y palomas, amén del negocio de los cambistas. Jesús, mediante un gesto al estilo de los profetas (la expulsión de mercaderes y cambistas) limpia y purifica el Templo, la casa de mi Padre.

Este gesto de Jesús es una llamada permanente a la Iglesia y a todas las comunidades cristianas para que limpien cualquier atisbo de corrupción, de mercantilismo o de impureza que haya en ellas; es una llamada urgente a que los cristianos seamos transparentes como lo fue Jesús. También hoy día resuenan las palabras del Cristo de Asís: ¡Repara mi Iglesia, que amenaza ruina!

El verdadero templo de Dios: Jesús no es simplemente un profeta que denuncia la corrupción o un reformador que quiere acabar con ella. En el diálogo que mantiene con los judíos, manifiesta que lo que él pretende es dar un nuevo enfoque a la relación con Dios y dejar claro que su persona es el verdadero Templo en el que habita Dios: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Los judíos pensaban que se refería al Templo de Jerusalén, pero, él hablaba del templo de su cuerpo.

Este enfoque de Jesús de la religiosidad es una auténtica revolución, una subversión de valores: el lugar privilegiado de la presencia y manifestación de Dios no es un edificio construido por manos humanas, sino Jesús y, en consecuencia, las personas, salidas de las manos de Dios.

En todas las religiones se construyen lugares para que sean la casa de Dios; pero, para la fe cristiana los templos vivos donde habita Dios son las personas. San Pablo es muy claro: ¿Acaso ignoráis que sois templos del Espíritu Santo?

Jesús nos llama, como llamó a Francisco de Asís, a reparar, reconstruir y levantar su Iglesia sobre el sólido fundamento del amor, para que de verdad sea templo donde habita Dios.

 
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