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¿Por dónde se va a Belén?



10 de Diciembre de 2017
Redacción
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Comentario a la liturgia del II Domingo de Adviento, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


El profeta Isaías, con sus visiones de un futuro pleno de felicidad para la humanidad entera y sus palabras alentadoras, llenas de consuelo y esperanza, es una de las figuras del Adviento que nos va señalando el camino por donde se va a Belén. Hoy nos dice que en el desierto de nuestra vida y de nuestra sociedad vayamos preparando el camino para que un día todos los hombres juntos vean la gloria del Señor y experimenten su consuelo.

El Adviento (preparación de la venida del Señor) es un camino que nace en el amor profundo de Dios hacia nosotros y desemboca en Belén, en el Enmanuel, en el Dios-con-nosotros: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo.

Consolad, consolad a mi pueblo; habladle al corazón… Estas alentadoras palabras que el profeta pronuncia en nombre de Dios, iban dirigidas, primeramente, al pueblo de Israel que atravesaba uno de los momentos más dolorosos y desconsoladores de su historia. Invadida su tierra y destruido el Templo de Jerusalén, viven desterrados en Babilonia, lejos de su patria. En medio de la desolación resuena la palabra profética: Preparad un camino al Señor, abridle el corazón, pues viene a enjugar vuestros llantos y a llenaros de consuelo.

Las palabras y el mensaje del profeta también resuenan ahora para nosotros. También nosotros y nuestro mundo estamos heridos, desterrados y faltos de consuelo.

En la oración de la Salve clamamos a la Virgen los desterrados en este valle de lágrimas llamamos a la Virgen. La humanidad sigue sufriendo, y para una gran parte de ella la vida es un auténtico valle de lágrimas. No hace falta entrar en detalles. Todos somos conscientes de ello.

A nivel personal es innegable que también cada uno de nosotros está necesitado de consuelo. Aunque a veces no se trasluzca, hay en nosotros mucha pena y tristeza, mucho dolor y desconsuelo; la soledad y la incertidumbre anidan en nuestro corazón.

Por eso también se dirigen a cada uno de nosotros las palabras llenas de bálsamo del profeta: Consolad, consolad a mi pueblo; habladle al corazón… Dios nos habla al corazón; pero para que esas palabras de consuelo penetren en nuestro corazón, tenemos que abrírselo de par en par. Eso es lo que conlleva preparar el camino del Señor. Tenemos que emprender el camino a Belén con el corazón abierto, disposición necesaria para encontrarnos con aquel que nos dice: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré; y Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados.

Consolados para consolar. Si el camino que va a Belén brota del amor profundo de Dios, ese amor debe contagiarnos y convertirnos a nosotros también en fuente de la que brota un amor profundo que se proyecta en los demás. Debemos proyectarlo en el desconsuelo que nos rodea, y que lo vemos y palpamos en la familia, en nuestros vecinos, en el ambiente, en el pobre y desamparado, en la soledad del enfermo y del anciano, en el que sufre violencia e injusticia… Para ese ambiente dolorido y desconsolado la iglesia, la parroquia y cada uno de nosotros hemos de ser camino que lleva a Belén, derramando bálsamo y consuelo.

Vivir el Adviento es abrir el corazón al Niño de Belén, fuente de amor profundo, para recibir su consuelo y así convertirnos también en camino donde brota un amor profundo que sabe consolar a quien lo necesita.

 
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