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En un solo corazón



29 de Octubre de 2017
Redacción
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Comentario a la Palabra de Dios de este domingo, a cargo de Osvaldo Aparicio ss.cc.


El Papa Francisco, meditando sobre el misterio de la encarnación, o sea, del Dios hecho hombre (Enmanuel=Dios-con-nosotros), nos habla de la revolución de la ternura que entraña el cristianismo. Esta ternura de Dios llevó al Papa, como se puede recordar, a proclamar el Año Jubilar de la Misericordia mediante la Bula Vultus Misericordiae (El rostro de la misericordia).

Así comenzaba la Bula: Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe parece encontrar su síntesis en esta palabra (nº 1).

La palabra de Dios nos invita hoy a que contemplemos y vivamos esa misericordia divina y a que la practiquemos nosotros también con el prójimo.

De nuevo nos insiste el Evangelio en el hecho de que los fariseos siguen poniendo a Jesús a prueba. En esta ocasión le ponen en el aprieto de que, entre los más de seiscientos preceptos de la ley, elija cuál de ellos es el primero y más importante.

¿Cuál sería nuestra respuesta si alguien nos preguntara por el principal mandamientos de nuestra fe cristiana?

Vemos que Jesús no duda un instante en su respuesta: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…, y, sin que nadie se lo pregunte, dice, a renglón seguido, que hay un segundo mandamiento que es semejante e inseparable del primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Jesús pone a la misma altura, al mismo nivel y con la misma obligatoriedad los dos amores: el amor a Dios nuestro Padre y al hermano, hijo de Dios y hermano nuestro.

Se impone una pregunta: ¿Ponemos nosotros y vivimos al mismo nivel ambos amores? ¿Los unimos en un solo corazón?

San Juan, en su primera carta (4, 20-21) nos escribe: Si alguien dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.

Unos renglones antes el apóstol nos había dicho: Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?

La primera lectura de hoy incide en el amor al hermano necesitado y tiene un hondo y muy actual sentido social, que debería hacernos reflexionar sobre nuestra actitud ante el hermano débil, marginado o excluido.

Esta primera lectura, tomada del libro del Éxodo, hace que nos remontemos a la época en que el pueblo de Israel, esclavo en Egipto, camina hacia la libertad de la tierra prometida; nos presenta además el Código de la Alianza de Dios con su pueblo elegido. En él se defienden los derechos de las clases más pobres: No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. No explotarás a las viudas ni a los huérfanos, que eran los seres más desvalidos de la sociedad. Se condena la usura y la imposición de intereses abusivos de quienes prestan a alguien, en especial al pobre que habita contigo. Pide también no apropiarse del préstamo que un hermano pueda hacernos.

Este Código de la Alianza nos recuerda a continuación que es el mismo Señor quien saldrá valedor del hermano más débil si lo hemos dañado u ofendido: Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.

 
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