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Traje de fiesta



15 de Octubre de 2017
Redacción
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Comentario a la Palabra de Dios de este domingo, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


El profeta Isaías nos habla de que el Señor del universo preparará un festín de manjares suculentos y de vinos generosos al que están invitados todos los pueblos...

El sueño de Dios y el deseo de nuestro corazón Hoy, en la palabra de Dios, domina la imagen del banquete o del festín que Dios tiene preparado para la humanidad. La invitación a participar en él es universal.

El profeta Isaías nos habla de que el Señor del universo preparará un festín de manjares suculentos y de vinos generosos al que están invitados todos los pueblos. El profeta, con un lenguaje muy hermoso, expresa la utopía o proyecto divino de reunir un día, en una misma mesa fraternal, a gentes de toda raza, cultura, lengua o condición.

La promesa que encierra este mensaje, qué bien suena en estos tiempos en que estamos tan inquietos por distanciamientos y divisiones, enfrentamientos y temor de separaciones. El sueño de Dios, que Jesús inició haciendo presente el reino de Dios, es la fraternidad universal, iniciada aquí y ahora, y que se hará realidad plena al final de los tiempos cuando Dios sea todo en todos.

Con esta promesa el Señor del universo está respondiendo también a los anhelos que anidan en el corazón de toda persona. Deseos, en primer lugar, de unidad universal: un mundo donde habite la justicia y la paz, sentados todos alrededor de una misma mesa de fraternidad, en la que, como dice el profeta, se disipen los velos y nieblas que nos ocultan y distancian a los unos de los otros.

El profeta sigue soñando además augurándonos que de esta humanidad unida serán aniquilados nuestros males: el dolor, el sufrimiento y la misma muerte: Aniquilará la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Isaías nos asegura que este deseo divino y humano será un día realidad porque lo ha dicho el Señor y porque el mismo Dios se hará presente en ese banquete abierto a todos los pueblos: Aquí está nuestro Dios en quien esperábamos que nos salvara.

Dios nos promete e ilusiona con la fraternidad universal; pero, al mismo tiempo, quiere que aceptemos también la invitación que nos hace a ir construyéndola entre todos ya, aquí y ahora; desea que no nos desentendamos del bienestar y de la felicidad de los demás, que no nos aislemos yendo cada uno a lo nuestro. Jesús nos lo dice claramente en la parábola de las bodas que hoy nos propone.

Él no quiere que seamos como los primeros convidados que no hicieron caso y se desentendieron marchándose uno a sus tierras; otro, enfrascándose en sus negocios y hubo, incluso, quienes rechazaron de manera violenta la invitación maltratando hasta matarlos a los invitados, o sea, explotando al prójimo.

Jesús sigue diciéndonos que, ante el desprecio que los “seleccionados” le hacen, el rey da un nuevo encargo a los criados: Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda.

El mensaje de la parábola es claro. Jesús insiste en la universalidad de que nos hablaba Isaías: Dios invita a todos, sin distinción de clases ni privilegios, a participar en el banquete de su reino y a trabajar para que este reino universal de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, del la justicia, del amor y de la paz sea una realidad entre nosotros.

 
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