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"Id también vosotros a mi viña"



24 de Septiembre de 2017
Redacción
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Comentario al Evangelio de este Domingo, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


La parábola de los trabajadores de la viña, que hoy Jesús nos propone, rompe nuestros esquemas, pues choca de frente con nuestro sistema de retribución del trabajo, a tanto por hora. En la parábola, en cambio, el dueño retribuye con la misma cantidad de dinero a los que han trabajado solo una hora como a los que han echado la jornada completa.

¿No es esto injusto?, como se preguntan los que han aguantado el peso del día y el bochorno. Es la misma pregunta que solemos plantear en la parábola del hijo pródigo, poniéndonos de parte del hermano mayor que protesta airadamente a su padre por el trato que está dando al hijo que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado y a mí que hace muchos años que te sirvo y ni siquiera me has dado un cabrito para celebrar una fiesta con los amigos. ¡Esto parece injusto!

A la hora de captar el mensaje de las parábolas y aplicarlo después a nosotros, hemos de tener en cuenta tanto el contexto en que Jesús las pronuncia como en el que el evangelista las escribe. Hay, pues, dos niveles: el de los oyentes de Jesús y el de la comunidad a la que el escritor sagrado dirige su Evangelio.

Con esta parábola de los trabajadores de la viña Jesús responde a una pregunta que acaba de hacerle Pedro: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos espera? Para comprender la respuesta de Jesús debemos recordar que Jesús era objeto de grandes críticas de parte de los fariseos, siempre fieles cumplidores de la ley (jornaleros de la primera hora), por el trato que daba a los pecadores (los jornaleros de la última hora).

Con la parábola Jesús resalta que los dones de Dios, pura bondad y misericordia, no son pago de nuestros méritos. Él no es deudor de nadie, no nos debe nada, pues todo es don gratuito suyo y a nadie excluye de su bondad misericordiosa. Nos lo dice el salmo: El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

Esta misma hermosa verdad quiere san Mateo que la comprenda la comunidad a la que dirige su Evangelio, formada por cristianos de origen judío que se tenían por destinatarios de las promesas divinas y, por tanto, trabajadores de la primera hora; algunos no entendían por qué los paganos, trabajadores de la última hora, tuvieran la misma situación que ellos. El evangelista, recordándoles la parábola de Jesús, les muestra que no tienen por qué sentirse discriminados ni por qué buscar privilegios: ¿O vais a tener envidia porque yo soy bueno?

El último paso es aplicar el mensaje a nosotros. Nadie, por sus méritos o trabajos, tiene derecho a reclamar privilegios ni a sentirse más que los demás. La comunidad cristiana debe ser una familia de iguales, enriquecidos todos por los dones que la bondad de Dios derrama gratuitamente sobre todos. De nuevo nos lo dice el salmo: El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones.

 
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