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Despedida de Jerez



13 de Septiembre de 2017
Redacción
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Antonio Oviedo y Damiano Tonegutti se han despedido el pasado sábado de la Parroquia de San Pablo, de Jerez. El periodista Salva Gutiérrez Galvan lo cuenta en esta crónica.


DISCIPULOS DE JESÚS, EN LOS PEQUEÑOS DETALLES: “DIOS TE QUIERE MUCHO”

Cuando uno se convierte en padre resulta muy complejo volver a entender la realidad como era antes. El carisma protector que Dios te imprime sale a relucir inconscientemente en cada momento de la vida cristiana. Uno busca y pretende la mayor felicidad para su hijo. Las cosas ya no tienen la relatividad de antes. Mi hijo se llama Filippo. Acaba de cumplir un año. Mi esposa y yo hemos sido bendecidos con esta vida risueña llena de gritos, lloriqueos e infinitas sonrisas inocentes. A pesar de su corta edad tratamos de inculcarle los valores cristianos heredados de nuestros padres.

El pasado sábado Verónica, el pequeño Filippo y yo fuimos a la última Misa en Jerez del Padre Damiano Tonegutti y Antonio Oviedo. Tan distintos el uno del otro en su genealogía, pero tan unidos en la fe que una sola mirada basta para entender la consagración de estos hombres. No cabe duda que una despedida siempre es triste. Sabemos que es precisamente la fe la que nos alienta y nos reconforta. Pero la marcha de estas dos buenas personas se sintió de manera especial. Con la Parroquia de San Pablo llena a rebosar el ambiente era, a priori, el esperado. Cartas emotivas, alguna que otra lágrima y mucho afecto y cariño. Me pregunto, sin embargo, si el pequeño Filippo entendió realmente lo que allí estaba sucediendo. Me pregunto si fue consciente de la sencillez, la humildad, la honestidad de Damiano y Antonio. Me pregunto si algún día seré capaz de contarle con toda la precisión mi gratitud hacia estos dos santos en vida. Nuestro cura italiano, del que tanto presumía yo en Jerez por aquello de las raíces transalpinas de mi esposa, por aquello también de ser de mi quinta, por aquello de jugar al tenis en tantas ocasiones conmigo, por aquello de haber sido mi consiliario…Pues mi cura italiano, como digo, ese de acento peculiar e indescriptible, se marchaba a Roma. Y allí estaba él con su inquieta sonrisa de siempre, despidiéndose de sus amigos jerezanos con un “hasta pronto”.

De vez en cuando el pequeño Filippo soltaba un grito desangelado, que yo quería asumir como respuesta razonable a alguna frase de mi amigo de Pádova. ¿Sería otro de esos detalles pequeños que Dios nos ofrece en innumerables ocasiones?

Y Damiano seguía con su despedida, tan elegante como sincero.

- “Lo que más me ha gustado de mi presencia en Jerez –relataba– ha sido sentirme como discípulo de Jesús. No hay nada que me haya hecho más feliz que poder haber tratado a cada uno de vosotros como una persona. “

Los que conocemos bien a Damiano sabemos que así vive su fe: mirando a la persona, estando pendiente de los mayores – “que son estandartes de nuestra fe” – cimentando la gracia entre los niños, orgulloso siempre de seguir a Jesús e incluso – me atrevo a decir – presumiendo de ello en todo momento. Vuelve el bueno de Damiano a la ciudad eterna de su tierra natal. Vuelve a sus raíces, pero nada cae en saco roto. Todas sus obras han sido sin duda grandes amores. No olvidaremos jamás su sonrisa, su mirada tierna, ese saber escuchar que siempre le ha caracterizado.

Jerez siempre tendrá también en su corazón a nuestro querido Antonio Oviedo. Otro discípulo de Jesús. ¡Majestad! ¡Qué bien se metió usted en el papel de Rey Melchor para animar a un ramillete de niños en Navidad. Se nos va nuestro querido Antonio a su Málaga dorada en sol. Gracias Antonio por tu tesón, tu cercanía, tu llaneza. Gracias a los dos por vuestros pequeños detalles. Porque son esos, aquellos que pasan inadvertidos para la gran masa, los que exaltan paradójicamente vuestra grandeza. Sabed que Dios lo tiene en cuenta. Os habéis marchado como ya no lo hace nadie en la sociedad: dando gracias a la asamblea, pidiendo perdón por vuestros errores. ¡Qué grandeza había en vuestras escuetas palabras de despedida! Os merecéis toda la felicidad que nos habéis dado a muchos jerezanos. Toda esa, pero multiplicada por mucho más. Gracias.

…Y a la hora de comulgar en la última Misa de mi amigo Damiano me acerqué con el pequeño Filippo en brazos. Esperé mi turno en la hilera de fieles. Llegó el mío y comulgué. Después Damiano acarició la cabeza de mi hijo dibujando en su frente la señal de la Cruz. Lo miró y le susurro: “ Dios te quiere mucho”.

Gracias Damiano, gracias Antonio.

Que Dios os bendiga siempre

     
 
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