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Llamados a ser comunidad



18 de Junio de 2017
Redacción
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Reflexión para la solemnidad del Corpus Christi, de la mano del P. Osvaldo Aparicio ss.cc.


La festividad del Corpus nos recuerda cuáles son los signos distintivos de los seguidores de Jesús: “Celebrar la Eucaristía en su memoria” y “vivir el Mandamiento Nuevo”, amando como él nos ha amado. Ambas realidades son inseparables: participar en la Cena del Señor impulsa al creyente a amar al prójimo siendo solidarios con él, y amar como Jesús nos lleva a alimentar y acrecentar nuestro amor, participando en la mesa de la Eucaristía, pues el Pan que partimos no solo nos une a Jesús y nos ayuda seguir su mismo estilo de vida y de entrega, sino que nos une al mismo tiempo a los demás.

Con toda claridad lo pone de relieve la segunda lectura de hoy, tomada de la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios, y que, refiriéndose a la Eucaristía que celebramos, nos hace dos preguntas muy claras: El cáliz que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? La respuesta es evidente: sí; la Eucaristía realiza nuestra unión con Cristo, nuestra “común-unión” con él. Por eso, “comulgar” nos da también fuerza para seguir su mismo estilo de vida.

San Pablo pone de relieve además otro aspecto fundamental de la participación en la mesa del Señor. Con claridad nos habla de la unión con Cristo y con los demás; pues, por el hecho de comer todos del mismo pan, que es Jesús, todos formamos un solo cuerpo, una sola familia, una sola comunidad: Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.

Cáritas, insiste precisamente este año en esta dimensión comunitaria de la fe, proponiéndonos para el CORPUS, Día de la Caridad, el siguiente lema: LLAMADOS A SER COMUNIDAD. Para conseguir esta meta nos propone el ejemplo de las primeras comunidades cristianas de las que nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles: Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común (2,44). La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común (4, 32).

Esta llamada de Cáritas a “ser y vivir en común” puede ser un signo que ayude a humanizar nuestro ambiente tan dominado por el individualismo, por el anonimato y por la indiferencia ante la realidad del prójimo. Para un cristiano nada de lo humano nos es indiferente, porque somos responsables de todos.

 
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