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La Palabra y la Fracción del Pan



30 de Abril de 2017
Redacción
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Comentario al Evangelio del tercer domingo de Pascua, de la mano de Osvaldo Aparicio ss.cc.


El evangelista Lucas construye el relato de la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús como una hermosa catequesis sobre la “fracción del pan” (la Eucaristía), en la que queda reflejada cómo los primeros creyentes celebraban la Última Cena “en memoria de Jesús” y también el profundo significado que para ellos tenía.

Los Hechos de los Apóstoles nos narraban el domingo pasado que los creyentes perseveraban en la fracción del pan y que partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón.

La celebración del memorial de la Cena del Señor en el primer día de la semana (Domingo o Día del Señor, nos dice el Apocalipsis) era la oración comunitaria por excelencia y distintiva de las primeras comunidades cristianas y, desde entonces, no ha dejado de serlo a lo largo de la historia de la iglesia.

Narra san Lucas que aquel mismo día (o sea, el primero de la semana) dos discípulos iban a la aldea de Emaús, hablando entre ellos, desilusionados y tristes, de los sucesos ocurridos en Jerusalén referentes a Jesús de Nazaret.

Hablaban de Jesús. Era el centro de sus preocupaciones. Cuando nosotros acudimos a la Eucaristía, también Jesús debe ser el centro de nuestros sentimientos y la razón fundamental de nuestra participación en ella porque Jesús nos dijo Haced esto en memoria mía.

Jesús se hace presente cuando los dos discípulos caminan hacia la aldea. Él nos lo ha dicho: Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Después, prosigue el Evangelio, el caminante dialoga con los desilusionados discípulos y procura levantarles el ánimo explicándoles lo que de él decían las Escrituras. Este comentario de la Palabra de Dios fue para ellos tan importante que preparó y caldeó su corazón para el gran momento de partir el pan. Ellos mismos lo reconocieron cuando después se preguntaron: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Si la Liturgia de la Palabra era en verdad tan importante para las primeras comunidades cristianas, no parece, en cambio, serlo para muchos de nosotros ya que no somos puntuales al inicio de la celebración y vamos llegando pasada la primera lectura o la segunda o, incluso, la tercera, el Evangelio.

Cuando, por fin, llegan a Emaús, con el corazón preparado y ardiente, los discípulos suplican al caminante: Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Él entra y se sienta con ellos a la mesa y repite el gesto de la Última Cena: bendice el pan, lo parte y se lo da. Este gesto abre los ojos de los discípulos y reconocen que el caminante que estaba con ellos a la mesa era Jesús vivo y resucitado.

En la celebración de la Eucaristía Jesús, que siempre camina a nuestro lado, también se sienta con nosotros a la mesa, repite su gesto de la Última Cena y nos dice: “Tomad y comed…” “Tomad y bebed…”

Una sencilla pregunta: ¿Participar en la “fracción del pan” también nos abre los ojos y hace que sintamos a Jesús resucitado en medio de nosotros?

El reconocer al Señor al partir el pan no deja indiferentes a los discípulos de Emaús ni los sume en una dulce quietud interior, sino que los impulsa a retornar a toda prisa a Jerusalén para “evangelizar”, esto es, para comunicar a los demás la Buena Noticia de la resurrección del Maestro: Contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Al final de la misa se nos dice: Podéis ir en paz. Estas palabras no significan una despedida hasta el próximo encuentro ni son invitación a que nos vayamos tranquilos y nos crucemos de brazos como si todo hubiera acabado; al contrario, esta despedida es un envío a la misión de anunciar durante la semana que Jesús ha resucitado y que vive en medio de nosotros, como hicieron los discípulos de Emaús.

 
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